sábado, 24 de enero de 2026

Nosotros, discípulos del Evangelio, gente que acaricia la vida - San Mateo 5, 13-16 -.

Nosotros, discípulos del Evangelio, gente que acaricia la vida - San Mateo 5, 13-16 -

Jesús acaba de proclamar el punto culminante de su mensaje, las bienaventuranzas, y añade, dirigiéndose a sus discípulos y a nosotros: si vivís esto, sois «la sal y la luz de la tierra».

 

Una afirmación que nos sorprende: hemos oído que Dios es la luz del mundo, el Evangelio de Juan lo ha repetido, lo creemos; pero oír —y creer— que también el hombre es luz, que tú y yo lo somos, con todas nuestras limitaciones y nuestras sombras, esto es sorprendente.

 

Y no se trata de una exhortación de Jesús: sed, esforzaos por ser luz, sino: sabed que ya lo sois.

 

La vela no tiene que esforzarse, si está encendida, por dar luz, es su naturaleza, así como vosotros. La luz es el don natural del discípulo que ha respirado a Dios. Es increíble la estima, la confianza en los hombres que Jesús comunica, la esperanza que deposita en nosotros.

 

Y nos anima a tomar conciencia de ello: no te detengas en la superficie de ti mismo, en la aspereza del barro, busca en lo profundo, hacia la celda secreta del corazón, desciende a tu centro y allí encontrarás una lámpara encendida, un puñado de sal.

 

Vosotros que vivís según el Evangelio sois un puñado de luz arrojado a la cara del mundo. Y lo sois no con la doctrina o las palabras, sino con las obras: que vuestra luz brille en vuestras buenas obras.

 

¡Tú puedes realizar obras de luz! Y son las de los mansos, los puros, los justos, los pobres, las obras alternativas a las elecciones del mundo, la diferencia evangélica ofrecida al florecimiento de la vida.

 

Cuando sigues como única regla de vida el amor, entonces eres Luz y Sal para quienes te encuentran. Cuando dos personas en la tierra se aman, se convierten en luz en la oscuridad, lámpara para los pasos de muchos. En cualquier lugar donde nos amamos se esparce la sal que da buen sabor a la vida.

 

Isaías sugiere el camino para que la luz se ponga sobre el candelero y no bajo el celemín. Y todo es una sucesión de verbos: Rompe tu pan, introduce al extranjero en tu casa, viste al desnudo, no apartes los ojos de tu pueblo. Entonces tu luz brillará como la aurora, tu herida se curará rápidamente.

 

Ilumina a otros y te iluminarás, cura a otros y te curarás. No te quedes encorvado sobre tus historias y tus derrotas, sino ocúpate de la tierra, de la ciudad del otro, de lo contrario nunca te convertirás en un hombre o una mujer radiantes. Quien solo se mira a sí mismo nunca se ilumina.

 

Entonces serás una lámpara sobre el candelero, pero según las modalidades propias de la luz, que no hace ruido y no viola las cosas. Las acaricia y hace emerger lo bello que hay en ellas. Así, nosotros, discípulos del Evangelio, somos personas que cada día acariciamos la vida y revelamos su belleza oculta.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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