jueves, 15 de enero de 2026

Fijar la mirada en Jesús - San Juan 1, 29-34 -.

 Fijar la mirada en Jesús - San Juan 1, 29-34 -

El pasaje evangélico de este domingo nos sitúa en el tercer día de la semana inaugural del ministerio de Jesús, semana que culminará con la manifestación de la gloria de Jesús en Caná ante sus discípulos que «creyeron en él» (Jn 2,11).

El pasaje evangélico comienza con Juan «fijando la mirada» en Jesús y diciendo: «He aquí el Cordero de Dios». Se trata de una mirada intensa, una mirada profunda, un discernimiento de la identidad de una persona. La vocación no es solo una llamada, sino también una mirada. La mirada, al igual que la voz, crea un puente, es comunicación, es paso.

Los Evangelios han tenido interés en narrar una cualidad de la mirada también de Jesús: su dulce violencia, la dulce violencia del amor. La que el hombre rico evitará cuando Jesús, fijando su mirada en él, lo amó (Mc 10,21); la que llevará a Pedro a llorar, cuando Jesús, volviéndose, fijó su mirada en él, que acababa de negar por tercera vez que lo conocía (Lc 22,61); la que expresará la exigencia de una entrega que se asemeja a un perderse cuando, fijando su mirada en sus discípulos y respondiendo a su pregunta sobre quién puede salvarse, dirá: «Imposible para los hombres, pero no para Dios» (Mc 10,27). 

La mirada de Jesús no se limita a constatar, sino que remodela vidas convirtiendo a pescadores de peces en pescadores de hombres (Mc 1,17): poder de la mirada que ama y de dejarse ver y amar. Poder del amor que se manifiesta en la mirada. 

Pero también Jesús, sugiere nuestro pasaje evangélico, para desplegar el poder de su mirada, necesitó ser visto, conocido y amado. Incluso Jesús necesitó una mirada, y no solo la mirada de un padre o una madre, sino la de otro, la de un maestro, la de un hombre de Dios que lo reconociera: «He aquí el Cordero de Dios». Es la mirada de la que se encargó Juan. 

En ese paso que es la mirada se produce una transmisión, una herencia. Para Juan, este paso se convierte en un pasar el testigo a aquel ante quien él disminuye, se convierte en un dar testimonio a aquel que viene después de él y al que deben seguir aquellos que eran sus discípulos. 

La mirada de Juan no se apropia, no posee, no envidia, sino que cede el paso a aquel a quien ve; indica a sus discípulos a quien deben seguir y los orienta hacia el seguimiento del Mesías; se recuerda a sí mismo que su tarea ya está cumplida: «Él debe crecer, yo, en cambio, disminuir» (Jn 3,30). La mirada de Juan encuentra en Jesús su punto de llegada, su horizonte último. 

Juan Bautista conduce a sus discípulos al encuentro personal con Jesús: realiza una labor de mediación. 

La búsqueda de la voluntad de Dios necesita mediaciones humanas y, sobre todo, mediadores humanos: maestros, es decir, personas capaces de hacer y ser signo, capaces de orientar el camino de una persona, y padres, es decir, personas capaces de engendrar a la vida según el Espíritu. 

Se podría interpretar el gesto de Juan Bautista como un ejercicio de paternidad espiritual hacia sus dos discípulos. 

La fe no se transmite por vía intelectual, sino en el seno de las relaciones humanas. El padre espiritual es una persona humilde que no se-duce, no atrae hacia sí, no mantiene a los discípulos cerca de sí, sino que los e-duce, los conduce a la adhesión teologal, se convierte en maestro de libertad guiándolos hacia la relación personal con el Señor. 

El padre-madre espiritual es una persona consciente de la importancia de los límites, que sabe imponerlos a quien guía y respetarlos él mismo. Solo quien vive no para sí mismo, sino para el Señor, podrá ayudar a otros a vivir para el Señor y a liberarse de su propia voluntad. 

«He aquí el Cordero de Dios». Al oír esta revelación, los discípulos de Juan comenzaron a seguir a Jesús, entrando en la dinámica del discipulado. 

La vocación aquí no responde a una orden imperiosa (cf. Mc 1,17; 2,14), sino que es la acogida de una revelación comunicada por un testigo. La fuerza, la credibilidad y la radicalidad del testigo suscitan vocaciones. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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