sábado, 24 de enero de 2026

Jesús se puso en camino - San Mateo 4, 12-23 -.

Jesús se  puso en camino - San Mateo 4, 12-23 -

Cuando le dicen que han arrestado al Bautista y logra vislumbrar su entrega amorosa; cuando siente el dolor por otro profeta condenado a muerte, pero en su corazón se alegra por el testimonio que estalla en el vientre del mundo; cuando siente el buen aroma del Padre incluso en medio de la violencia y la dureza de la vida; cuando ve la luz de Su presencia empujando desde dentro las cosas como si la vida solo esperara brotar como agua de la roca; cuando siente el latido vital marcar el tiempo de lo real; cuando siente que todo es un seno preñado de espera, incluso las desgracias, que parecen condenadas a mostrar solo la muerte; cuando siente la vida naciente incluso allí entonces, exactamente en ese momento, Jesús comprende que ha llegado el momento, que los treinta años están despertando, y lo ve, y lo verá para siempre, está impreso luminoso en las pupilas de sus ojos, está tatuado en las paredes del corazón, está y estará siempre grabado en ti, vivirá solo para él: el Reino de los Cielos.

 

Ahora lo ve, y nunca más lo perderá de vista, está cerca, está dentro de las cosas, es ahora y lo será para siempre, incluso cuando sea el nuevo Bautista, y le matarán, pero se entregará logrando liberar la vida incluso de la traición, cuando incluso en el corazón de la muerte brillará el Reino de los Cielos y no podrá hacer otra cosa que mostrarlo, resucitando la vida incluso de las tumbas, incluso la fosa desprenderá luz.

 

Así que se marcha de Nazaret, en dirección a Cafarnaúm. Es hijo de un arameo errante que siempre se puso en camino porque a Dios se le encuentra y se le reconoce, Padre, presente y ligado a todo, solamente en el camino. Vivir en Cafarnaúm es cumplir el deseo que Dios tiene sobre Zabulón, sobre Neftalí, sobre ese territorio pagano y confuso, porque ya no hay lugar donde Él no esté, agazapado dentro de las cosas, esperando ser revelado y mostrado.

 

Un Dios escondido en cada cosa, un Dios que juega a dejarse encontrar y descubrir. Ya no hay nada abandonado, el Reino de los Cielos está cerca, está dentro, está aquí. Está en todas partes, esta luz en cada cosa es la omnipotencia de Dios.


 

El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz, esto es creer, esta es su tarea, Jesús, el hombre errante, el hombre despierto, el hombre de mirada profunda y liberadora, se sumerge, bautismo existencial, en las tinieblas del mundo para mostrar que estamos hechos, que cada uno de nosotros está hecho, para venir a la luz. Para nacer. No podemos hacer otra cosa, estamos condenados a la luz. Oponer resistencia no logrará impedir su obsesiva fidelidad. Él ya está en todas las cosas.

 

Convertíos, dice, porque para Él ya está claro, todo converge en Él, todo se está convirtiendo hacia la luz eterna, basta con aceptarlo, darse cuenta, todo converge, incluso el dolor si sabes habitarlo, incluso las derrotas, incluso el mal, pero esto hay que decirlo en voz baja y cada uno solo puede decirlo por sí mismo, que incluso allí no estamos abandonados por Él, que podemos encontrarlo, que podemos nacer y renacer. Tal vez sobre todo allí.

 

Así camina Jesús, porque todo está en movimiento, todo está en éxodo hacia su plenitud, estamos vivos para caminar hacia el Padre, para hundirnos en el corazón de las cosas y caer en sus brazos. Así camina Jesús, no puede hacer otra cosa, como si llevara las cosas a su corazón y, caminando, llamara a todos por su nombre. Camina y llama a cada uno por su nombre. Jesús nos entrega a nuestro nombre, a nuestra identidad profunda.

 

Para reconocer la Luz en cada cosa hay que ser capaz de vivir por lo que podemos, como podemos, cada instante de la vida como una llamada de nuestro yo profundo, a nuestra verdadera identidad. La vida nos llama por nuestro nombre, nos llama a la luz, cada cosa es una posibilidad de nacimiento.

 

Es inútil lamentarse por las cosas que suceden, porque suceden de todos modos, y lo hacen sin pedirnos permiso; es inútil buscar culpables, es inútil apelar a la suerte; la verdadera fe es descubrir que el Reino de los Cielos está en todas partes y, por lo tanto, preguntarse cómo los acontecimientos pueden acercarnos aún más a nuestra verdadera identidad. Todo puede acompañarnos a convertirnos en lo que estamos llamados a ser, todo puede acompañarnos a permitir el desvelamiento de la imagen de Dios que habita en nosotros.

 

La vida sucede, y cada acontecimiento es pescar buena humanidad, porque siempre se puede pescar buena humanidad, porque Dios es la luz que hace buena toda humanidad que experimenta lo divino. Os haré pescadores de hombres, dice, porque faltan obreros, porque Dios está en todas las cosas y ya no podemos permitirnos vivir como si Él no existiera, os haré pescadores de hombres porque faltan quienes saben ver, quienes saben reconocer, quienes saben suscitar vida. Faltan ojos contemplativos.


 

Todo comenzó con un camino, en el corazón de la vida que se ilusionaba con detener la profecía, Jesús se puso en camino, y lo que hacía era acariciar la vida y permitir que Dios se mostrara. Que estuviera en todas las cosas, puras o impuras, buenas o malas, santas o profanas, que estuviera realmente en todas las cosas será la verdadera razón por la que será condenado a muerte. Pero él mostrará la luz incluso desde la cruz.

 

Al principio caminaba y enseñaba, porque se necesitan palabras capaces de conmover los corazones, porque con las palabras se pueden iniciar procesos transformadores, se puede convertir la oscuridad en luz.

 

Y luego curaba enfermedades y dolencias. No para sorprender, sino para mostrar, siempre y solo para mostrar que incluso la enfermedad estaba habitada por Él y que podía convertirse en una posibilidad de verdad.

 

Y que no había dolencia que pudiera impedir la carrera hacia la luz. Él veía la luz, no veía más que la luz, y suscitaba vida en todas las cosas, esa vida que ya habita el mundo. Bastaría con esto, solo con esto, y la vida sería siempre y en todas las cosas solo una gran oportunidad para reconocer lo divino. En todas partes. En cada parte.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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