jueves, 12 de febrero de 2026

Archivos Epstein: sintomatología de un sistema enfermo.

Archivos Epstein: sintomatología de un sistema enfermo

Cuando se habla de los archivos Epstein se entra como en una zona gris entre la justicia, el poder y la opinión pública. Esos archivos cuentan mucho más que una simple historia. Muestran cómo el sistema puede proteger o exponer a figuras en el centro de acusaciones muy graves.

 

Los archivos Epstein recogen años de documentos sobre Jeffrey Epstein, financiero acusado de abusos sexuales y tráfico de menores. No son solo documentos procesales: son el mapa de una red de relaciones, favores, omisiones...

 

En estos documentos se cruzan testimonios, declaraciones juradas, correos electrónicos, registros de vuelo, acuerdos confidenciales... Por eso, cada nueva publicación reaviva las preguntas sobre quién sabía, quién guardó silencio y quién debería haber intervenido.

 

Entender lo que realmente representan estos expedientes significa cuestionarse la relación entre la crónica judicial, la responsabilidad pública y el derecho a la información.

 

Este mosaico, fragmentario pero denso de información, es como una prueba de un sistema que da la imagen de un poder que, a menudo, intenta permanecer en la sombra, y en el que la influencia y el dinero frenan la plena y transparente rendición de cuentas.

 

Algunos documentos revelan detalles sobre encuentros en lugares exclusivos, como la isla privada de Jeffrey Epstein, a menudo descrita como un lugar de lujos desenfrenados y acceso reservado a unos pocos.

 

Además, los correos electrónicos muestran cómo la red de contactos se extendía a figuras destacadas del mundo de la política y de otros mundos, poniendo de relieve una trama de relaciones que ha suscitado numerosas preguntas sobre la influencia ejercida. Estos elementos ofrecen una visión por lo menos inquietante de las dinámicas de poder ocultas.


Los nombres que surgen de los archivos Epstein muestran la decadencia ética y moral de cierta élite financiera, política, económica, mediática, académica... que ha participado en esa orgia... No todos están acusados de delitos, pero la proximidad a Jeffrey Epstein plantea preguntas incómodas. La línea entre la relación social y la responsabilidad ética-moral se vuelve difusa.

 

Es verdad. Nada, por sí solo, prueba un delito. Sin embargo, el panorama general alimenta la sospecha de una complicidad sistémica, compuesta también por silencios y falta de controles. 


Los archivos Epstein describen cenas privadas, donaciones cruzadas, becas concedidas a figuras vinculadas a la red… Quienes frecuentan ciertos círculos suelen conocer información sensible, pero optan por no hablar de ella.


Considerar los archivos Epstein solo como crónica negra sería seguramente reduccionista. En esos expedientes se entrelazan dinámicas de responsabilidad, poder, información y fragilidad de las víctimas. Para quien observa desde fuera queda la sospecha de esas zonas oscuras en torno a algunos centros de decisión. Es difusa la frontera entre la justicia y la opacidad.

 

Si una imagen vale más que mil palabras, tal vez no hay una imagen más nítida para reflejar las miserias de cierta élite (financiera, política, económica, mediática, académica,…) en su expresión más abominable, que las imágenes procedentes de los archivos Epstein.

 

El grado de complacencia sexual, de exhibición descarada del poder masculino, blanco, sobre el cuerpo de las mujeres, procedente no de hombres cualquiera… sino de una élite mundial super seleccionada recuerda a aquella película de 1975 de Pier Paolo Pasolini “Saló o los 120 días de Sodoma” (https://es.wikipedia.org/wiki/Sal%C3%B3_o_los_120_d%C3%ADas_de_Sodoma).


Una asamblea de hombres poderosos, capaces de gobernar y condicionar, en el plano político, económico, cultural e imaginario, las vidas de miles de millones de personas, que se ha unido, cerrado filas y compactado en la humillación de las mujeres.

 

En los archivos Epstein no se trata solo de información relacionada con el tráfico sexual, sino que también hay documentos financieros de sus clientes, intercambios de correos electrónicos y mensajes de texto personales, vídeos y fotos. La relación entre el poder y la violencia (sexual y de cualquier otro tipo imaginable o no) no podría ser más explícita. Es una imagen que revela el muestrario más retrógrado y humillante.

 

Una historia de poder sexual masculino entrelazado con el poder económico, financiero, político y cultural. Desde este punto de vista, si se observan los hechos y los archivos a través de esta lente, hasta quizá no sorprende la larga lista de hombres conocidos y de aquellos que se autodenominan demócratas, progresistas...

 

Todo ellos amigos, conocidos, íntimos,…, del círculo de Jeffrey Epstein unidos por una única identidad: ser hombres de la élite. Todos en fila para rendir homenaje a Jeffrey Epstein, independientemente de sus convicciones y valores que exhiben en su discurso público y que, en cambio, se someten a una de las formas más retrógradas y humillantes que es la violencia... también sexual.


Si una imagen vale más que mil palabras, esta imagen demuestra cómo funciona cierta sociedad de cierta élite en todo el mundo. Revela cómo el dinero, independientemente de cómo se gane, atrae la atención de la gente, lo que a su vez atrae más dinero y más atención y más poder. 


Y revela cómo ciertas personas de cierta sociedad elitista consideran a las mujeres. En todo esto siempre hay un fuerte componente de clase. Las chicas eran vistas, básicamente, como objetos, si no para usar sexualmente, al menos para tener cerca, casi como muebles. Eran vistas como consumo de usar y desechar.

 

El harén de Jeffrey Epstein parece una película de terror, una historia de abusos, y obviamente lo es. Pero por el tipo de personas involucradas, por el papel de cantores del sistema dominante que desempeñaban los protagonistas, esa historia se convierte en símbolo de una casta y de una jerarquía tristemente tan bien conocidas como siempre actuales.

 

Está por ver si los archivos de Epstein van a perturbar demasiado a una sociedad que se aferra a un imaginario consolidado e interiorizado hasta el punto de convertirlo en algo anecdótico, banal... Ciertamente, y en la mayoría de los comentarios que yo he escuchado, no falta la indignación...

 

Pero está por ver, creo, si esa indignación desestructura formas inveteradas de dominio, esquemas consolidados de poder, relaciones enquistadas de superioridad, imaginarios de casta y de jerarquía de no se sabe qué moralidad…, incluso con su grado de violencia y humillación. 


Me refiero a todo eso que trasciende la jet set creada por Jeffrey Epstein y que puebla nuestro imaginario y el caldo espeso en el que se cultiva hasta crecer y retroalimentarse cierto sistema. Y que a menudo no rechazamos, y sobre todo no desmantelamos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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