Gestos de vida
Cuando el mundo sigue funcionando pero parece que deja de tener sentido no nos podemos limitar contentándonos con gestionar lo existente. Es necesario reabrir el espacio del pensamiento. No a través de grandes reformas o nuevos eslóganes, sino mediante gestos mínimos y radicales, capaces de devolver peso a las palabras, reconocer los límites, hacer visible la diferencia y reabrir el conflicto como forma de responsabilidad.
A partir de ahí puede renacer un mundo que ha dejado de creer en sí mismo.
Un gesto es devolver peso a las palabras. Tantas veces las palabras ya no dicen nada: simplemente circulan. No orientan, no fundamentan, no distinguen; producen presencia, no verdad.
Una forma de resistencia es, por tanto, lingüística, porque devolver la gravedad a las palabras significa sustraerse a la retórica de la reacción inmediata, a la inflación comunicativa, a la confusión entre promesa y responsabilidad.
Una palabra que pesa no es solemne, sino exigente: no ocupa espacio, lo abre; no sirve para mostrarse, sino para construir mundo. En una época en la que el lenguaje se ha convertido en un flujo sin memoria, devolver peso a las palabras es un acto primordial, la primera forma de romper el vacío.
Otro gesto es reconocer el límite como condición para
reconstruir mundo. El vacío no nace del exceso, sino de la ausencia de
límites: cuando todo es posible, nada es real; cuando todo está disponible,
nada tiene significado. El límite no es una restricción, sino lo que permite
que las cosas tengan forma, valor, duración.
Reconocerlo significa aceptar que no todo se puede
decir de la misma manera, que no todas las decisiones son equivalentes, que la vida
no es omnipotencia, sino medida.
Sin límites, la libertad se disuelve en capricho, el poder se transforma en ocupación, el mundo se convierte en una superficie sin profundidad. Reconstruir el mundo significa entonces reconstruir límites: fronteras simbólicas, criterios, distinciones, responsabilidades…
La diferencia no es un privilegio, sino una condición
de la realidad: permite decir «esto sí» y «esto no», «esto cuenta» y «esto no
basta». Sin diferencia, todo se vuelve intercambiable y, por lo tanto,
irresponsable; hacerla visible significa reabrir la posibilidad misma del juicio.
Otro gesto es reabrir el espacio del conflicto no
destructivo. La vida no es armonía, sino conflicto: no un conflicto que
apunte a la destrucción del otro, sino a la construcción de una vida y un mundo
comunes.
En el régimen del vacío, el conflicto ha sido
sustituido por dos formas patológicas: la polarización espectacular, que
incendia sin decidir, y la gestión técnica, que decide sin pensar.
Reabrir el espacio del conflicto significa reconocer
que el desacuerdo es un recurso, no una amenaza; aceptar que la pluralidad no
se resuelve, sino que se gobierna; comprender que la política no es la
eliminación del otro, sino la negociación del mundo;…
Un conflicto no destructivo no es un conflicto débil:
es un conflicto que reconoce al otro como interlocutor, no como obstáculo, y
que transforma la diferencia en responsabilidad, no en violencia. Sin
conflicto, la vida se reduce a gestión, el mundo se aplana, el vacío avanza.
Devolver peso a las palabras, reconocer el límite, hacer visible la diferencia, reabrir el conflicto: estos cuatro gestos no son programas, sino interrupciones.
No resuelven la disfunción pero la
rompen.
No reconstruyen inmediatamente el mundo pero reabren
la posibilidad de que exista un mundo.
En una época en la que todo funciona y nada significa,
estos gestos representan la forma mínima y necesaria de la vida humana.
No prometen un retorno a la normalidad, sino el
comienzo de algo que aún no existe: un mundo que no se limite a funcionar, sino
que vuelve a tener valor.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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