viernes, 13 de febrero de 2026

Gestos de vida.

Gestos de vida 

Cuando el mundo sigue funcionando pero parece que deja de tener sentido no nos podemos limitar contentándonos con gestionar lo existente. Es necesario reabrir el espacio del pensamiento. No a través de grandes reformas o nuevos eslóganes, sino mediante gestos mínimos y radicales, capaces de devolver peso a las palabras, reconocer los límites, hacer visible la diferencia y reabrir el conflicto como forma de responsabilidad. 


A partir de ahí puede renacer un mundo que ha dejado de creer en sí mismo. 


Un gesto es devolver peso a las palabras. Tantas veces las palabras ya no dicen nada: simplemente circulan. No orientan, no fundamentan, no distinguen; producen presencia, no verdad. 


Una forma de resistencia es, por tanto, lingüística, porque devolver la gravedad a las palabras significa sustraerse a la retórica de la reacción inmediata, a la inflación comunicativa, a la confusión entre promesa y responsabilidad.


Una palabra que pesa no es solemne, sino exigente: no ocupa espacio, lo abre; no sirve para mostrarse, sino para construir mundo. En una época en la que el lenguaje se ha convertido en un flujo sin memoria, devolver peso a las palabras es un acto primordial, la primera forma de romper el vacío.

 

Otro gesto es reconocer el límite como condición para reconstruir mundo. El vacío no nace del exceso, sino de la ausencia de límites: cuando todo es posible, nada es real; cuando todo está disponible, nada tiene significado. El límite no es una restricción, sino lo que permite que las cosas tengan forma, valor, duración.

 

Reconocerlo significa aceptar que no todo se puede decir de la misma manera, que no todas las decisiones son equivalentes, que la vida no es omnipotencia, sino medida.

 

Sin límites, la libertad se disuelve en capricho, el poder se transforma en ocupación, el mundo se convierte en una superficie sin profundidad. Reconstruir el mundo significa entonces reconstruir límites: fronteras simbólicas, criterios, distinciones, responsabilidades…



Otro gesto es volver a hacer visible la diferencia. En el régimen de la indiferencia estructural, las diferencias no desaparecen: simplemente pierden peso. Todo puede ponerse al mismo nivel porque nada importa realmente. Pero sin diferencia no hay responsabilidad, no hay juicio, no hay vida.

Hacer visible la diferencia no significa restablecer jerarquías, sino devolver al mundo su articulación, distinguiendo lo que es opinión de lo que es decisión, lo que es interés de lo que es bien común, lo que es visibilidad de lo que es valor.

 

La diferencia no es un privilegio, sino una condición de la realidad: permite decir «esto sí» y «esto no», «esto cuenta» y «esto no basta». Sin diferencia, todo se vuelve intercambiable y, por lo tanto, irresponsable; hacerla visible significa reabrir la posibilidad misma del juicio.

 

Otro gesto es reabrir el espacio del conflicto no destructivo. La vida no es armonía, sino conflicto: no un conflicto que apunte a la destrucción del otro, sino a la construcción de una vida y un mundo comunes.

 

En el régimen del vacío, el conflicto ha sido sustituido por dos formas patológicas: la polarización espectacular, que incendia sin decidir, y la gestión técnica, que decide sin pensar.

 

Reabrir el espacio del conflicto significa reconocer que el desacuerdo es un recurso, no una amenaza; aceptar que la pluralidad no se resuelve, sino que se gobierna; comprender que la política no es la eliminación del otro, sino la negociación del mundo;…

 

Un conflicto no destructivo no es un conflicto débil: es un conflicto que reconoce al otro como interlocutor, no como obstáculo, y que transforma la diferencia en responsabilidad, no en violencia. Sin conflicto, la vida se reduce a gestión, el mundo se aplana, el vacío avanza.


Devolver peso a las palabras, reconocer el límite, hacer visible la diferencia, reabrir el conflicto: estos cuatro gestos no son programas, sino interrupciones.

 

No resuelven la disfunción pero la rompen.

 

No reconstruyen inmediatamente el mundo pero reabren la posibilidad de que exista un mundo.

 

En una época en la que todo funciona y nada significa, estos gestos representan la forma mínima y necesaria de la vida humana.

 

No prometen un retorno a la normalidad, sino el comienzo de algo que aún no existe: un mundo que no se limite a funcionar, sino que vuelve a tener valor.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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