miércoles, 18 de febrero de 2026

Mi Ramadán.

Mi Ramadán

Muchos lo ven solo como hambre, sed, cansancio. 

Un sacrificio que no tiene sentido.

 

Y, sin embargo, es la única forma de no perderse por completo.

 

Uno se puede alejar de la fe. No porque no se crea en ella. Sino porque a veces la vida te cansa, te doblega, te confunde.

 

Uno se mira al espejo, y tal vez no se reconoce.

 

Y poco a poco me va perdiendo a sí mismo.

 

Pierde valores.

 

Pierde la persona que era.

 

Y uno se convierte solo en alguien que sigue adelante por costumbre, para sobrevivir, no para vivir de verdad.

 

El Ramadán es el único momento en el que uno puede detenerse de verdad.

 

Es hambre, sí.

 

Es sed, sí.

 

Es cansancio, sí.

 

Pero también es ese silencio interior. Es ese momento en el que uno se queda solo consigo mismo y ya no puede escapar.

 

 

Es el mes en el que uno comprende lo que realmente vale un sorbo de agua.

 

Es el mes en el que un gesto de amabilidad no es solo un gesto: es como respirar después de haber estado demasiado tiempo bajo el agua.

 

Es el mes en el que el sufrimiento del ayuno se une al que se tiene dentro... y por primera vez no se siente solo.

 

No se ayuna solo por la religión.

 

Se ayuno porque uno teme convertirse en una persona vacía.

 

Se ayuna para recordar quién se es.

 

Se ayuna para volver a lo esencial.

 

Se ayuna para dejar de sentirse perdido incluso cuando todo alrededor parece ir bien.

 

El Ramadán enseña a escuchar el cuerpo, porque uno siente todas sus necesidades.

 

Enseña a comprender a los demás, porque se siente su fatiga.

 

Enseña a mirarse por dentro sin huir, incluso cuando duele.

 

Y quizás, la verdad es esta:

 

No es el hambre lo que me asusta.

 

No es la sed lo que me asusta.

 

Es la idea de vivir toda la vida sin reconocerse más a sí mismo.

 

Sin saber en quién se ha convertido.

 

Sin saber dónde se he perdido.

 

Por eso el Ramadán no es una obligación.

 

Es la forma más dura, más verdadera y más sincera para intentar volver a casa.

 

Es un momento que no se espera.

 

Sino que se busca.


 

Porque uno necesita recomponerse. 

Porque se necesita sentir que uno va a alguna parte.

 

Porque se recuerda las cosas sencillas.

 

Un sorbo de agua que parece un milagro.

 

Una sonrisa después del ayuno que vale más que mil palabras.

 

Un gesto bueno hecho sin motivo, solo porque es lo correcto.

 

El Ramadán recuerda lo que realmente importa.

 

Si todavía existe un camino para volver a ser uno mismo... uno lo puede buscar dentro de sí cada día del Ramadán.

 

En silencio.

 

Con paciencia.

 

Con esfuerzo.

 

Con miedo, tal vez.

 

Para que a final uno se abra a la gracia de caminar poniendo el corazón en lo esencial.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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