Impresiones y apuntes de un cristiano de a pie sobre “Instrumentos del Alma” (Vic, Barcelona)
‘Instrumentos del alma’ es una imagen
de aquel deseo de recuperar la vida del Espíritu. De volver a aprender a vivir
en un mundo donde el corazón tenga voz: ese corazón donde cobran vida los
símbolos, donde los símbolos consiguen hacer oír su voz.
Y quien esté del lado del corazón hará suyas las
palabras del Evangelio de Tomás, que, parafraseando las de Jesús de Nazaret,
afirma: «Si me buscáis, me encontraréis debajo de una piedra, me encontraréis
debajo de una hoja, me encontraréis debajo de una rama de árbol».
O hará suyas las del místico peregrino que, en los ‘Relatos
de un peregrino ruso’, que es un texto místico, está convencido de que,
por muchos pecados que haya cometido un hombre, siempre encontrará a Cristo,
que lo considerará su hermano.
Porque Cristo —imagen del hombre perfecto, del hombre
total— es la imagen misma del corazón y, en nombre de este, abraza, idealmente,
al mundo entero y a todos los seres humanos: independientemente de que sean
pecadores o no.
Esta es la dimensión espiritual que hay que
reconquistar. La reconquista se produce emprendiendo un camino árido y difícil
que coincide con el aprendizaje de la contemplación y de la meditación, con un
estilo de fraternidad, de apertura, de tolerancia, de aceptación: en todas sus
formas.
Coincide con un habitus que expresa una forma de
afrontar el mundo. Que expresa una forma de ver el mundo no como algo opuesto
ni como un simple instrumento que podemos utilizar, sino como un fin. En este habitus,
el silencio interior reviste gran importancia.
Es significativa la película ‘El gran silencio’, que
narra la vida de la Gran Cartuja, donde los monjes deben rezar en silencio,
salvo los Domingos, en que pueden intercambiar algunas palabras. Pero es un
silencio que habla. Habla de su propio Espíritu: habla con y de su propia
interioridad.
El silencio representa la imagen de ese diálogo con
nuestra interioridad que hemos olvidado, pero que es necesario recuperar porque
nos permite mantener una relación verdadera y real de comprensión con el mundo.
En esta recuperación está inscrita la capacidad de
descubrir dentro de uno mismo lo infinitamente pequeño del propio yo y lo
infinitamente grande del propio ser, junto con la capacidad de vivir en
sintonía con la naturaleza (el mundo), la capacidad de pensar el todo como algo
que nos pertenece y la capacidad de leer los símbolos que nos rodean.
La pregunta que surge espontáneamente es si todo esto
es posible. La respuesta es afirmativa. Es el camino de regreso a esa unidad
primordial que probablemente sea solo un gran sueño del ser humano.
Una unidad que tal vez nunca haya existido, pero que
probablemente haya representado el deseo —el sueño, precisamente— del ser
humano de cultivar la humanidad, de buscar una totalidad con la que y en la que
finalmente reunirse.
Y representa una especie de ascensión visionaria hacia
una Montaña Sagrada que nos lleve al cielo. Hoy en día, tal vez, queda muy poco
de lo sagrado, como de lo espiritual: ni siquiera las montañas.
En el pasado, la Montaña Sagrada se consideraba uno de
los puntos de conexión espiritual entre el cielo y la tierra. Hoy en día, si se
va al Himalaya, la montaña considerada sagrada por excelencia, se encuentran
latas de carne, preservativos, botellas y todo tipo de basura. Es la señal de que el Espíritu ha abandonado el mundo. Precisamente por eso, no hay que rendirse, sino re-sacralizar la realidad y
redescubrir la Montaña Sagrada que hay en el ser humano.
Hay un libro precioso, ‘El monte análogo’, de
René Daumal (esoterista, filósofo, gran alpinista y discípulo de George
Ivanovich Gurdjieff), en el que se narra una expedición realizada por un grupo
de hombres capitaneados por Pierre Sogol, donde Pierre Sogol es el anagrama de
logos: es logos invertido.
Buscan una montaña análoga a la ya imposible de
encontrar Montaña Sagrada, partiendo de la premisa —que todos deberíamos hacer
nuestra— de que la Montaña Sagrada es inaccesible en su cima, pero accesible en
su base.
En esto reside el secreto (y la posibilidad) de la búsqueda
de la Montaña Sagrada: el camino hacia el Espíritu, inaccesible en su cima pero
accesible en su base.
Significa que debemos intentar llegar a la base de
esta montaña ideal, de ese reino del Espíritu, sabiendo que probablemente nunca
llegaremos a su cima, pero seguros de que la puerta de lo invisible siempre es
visible: como pensaba Jean Servier.
De la contemplación a la exposición “Instrumentos del
alma” puede nacer la intuición de una expresión que podría definirse —con un
término ciertamente enfático, pero sin duda realista— como vertiginosa.
Es la expresión de un creyente, un cristiano de los primeros
tiempos llamado Pablo quien, después de invitar a practicar la Oración del
Corazón, pronuncia esta frase: «No vivo por mí mismo, solo por mí mismo: en
mí vive Cristo». Y continúa: «Él, como espíritu, postula, es decir, nos
llama, nos exige, reza también por nosotros, con expresiones inefables».
Quizá Pablo quería decir que dentro de nosotros no
vive nuestro yo, nuestro yo banal, nuestro yo interesado, nuestro yo cotidiano…
Dentro de nosotros vive el Espíritu, el Ser divino. Y es este Espíritu el que
sigue dialogando con nosotros y nosotros debemos ser capaces de responderle.
Debemos ser capaces de responder a este diálogo de nuestra interioridad, de
nuestro Ser profundo.
Me refiero a ese Ser que es nuestra verdadera
divinidad: una divinidad que no tiene nombre, que no tiene apariencia, pero que
es tan poderosa que engloba en sí misma todo el mundo.
En este diálogo interior se encierra lo absoluto. Se
encierra la esencia del Espíritu. En este sentido, aquella expresión de Jean Servier
—«La
puerta de lo invisible debe ser visible»— es cierta.
Somos nosotros quienes debemos buscar esta puerta,
somos nosotros quienes debemos pensar que existe una puerta y que debemos
acercarnos a ella, sabiendo que detrás de esta puerta —que para nosotros es un
limen, un umbral— hay un mundo por descubrir: el mundo del Espíritu.
Y que tal vez este mundo sea el mundo verdadero: el
único mundo al que un ser humano puede realmente desear acceder.
El Espíritu siempre remite a un concepto de totalidad
y por eso coincide con el Espíritu divino. Es el aliento animador del mundo —el
aliento que da vida al mundo— que es similar al estado de ánimo en el que se
encuentran las personas que se aman y experimentan, con su amor, una especie de
dimensión total: de inmersión total en el otro y con el otro. Se sienten
vivificadas por el aliento vital de su amor mutuo.
Precisamente por eso, en una famosa frase de ‘La
Eneida’ (VI, 726) se dice: «el espíritu sopla dentro de las cosas y la
mente se infunde por completo en los miembros».
Esta frase es también la que Giordano Bruno, en su ‘De
causa principio et uno’, utiliza para ilustrar su idea sobre el
intelecto creador del mundo. Para Giordano Bruno, este es el Espíritu que sopla
y que representa la totalidad que invierte con su Ser al ser humano y al mundo
entero, que se disuelven en él.
En esta hermosa imagen, el Espíritu se convierte en
sinónimo de esa Anima Mundi, tan querida por los alquimistas y de la que el ser
humano es parte integrante. Anima Mundi que da vida a la
creación y permite comprender los vínculos que mantienen unido todo lo
existente. Vínculos que serían incomprensibles sin ella y que remiten, a su
vez, a una totalidad.
El Espíritu es una totalidad que crea totalidad: el
Espíritu es, efectivamente, el Anima Mundi. Y esto se puede
experimentar en la vida cotidiana: por ejemplo, comprendiendo a quienes nos
rodean, abrazándolos y comunicando a los demás lo que hay en nuestra alma.
Cuando esto ocurre, cuando ofrecemos a los demás esa
unidad que forma parte de nosotros, entonces se percibe una perfecta
correspondencia con el otro. Esta correspondencia, casi como si fuera una
presencia espiritual, crea una nueva relación, una dimensión fuerte, una
dimensión unitaria, una dimensión total.
Se trata de una dimensión que, cuando se produce, no
se rompe por ningún motivo ni acontecimiento. A menudo, sin darnos cuenta,
vivimos esta extraordinaria experiencia espiritual. Y esto, si somos personas de
espíritu, ocurre porque vivimos dentro de nosotros una dimensión espiritual tan
real como profunda. Y esto crea vínculos poderosos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF