jueves, 29 de enero de 2026

La tentación fascista.

La tentación fascista

Leí una vez que el ‘fascismo’ comienza con las palabras.

 

Por ejemplo, la palabra “nuestro”. Una palabra que describe una comunidad humana en la que el aislamiento se confunde con la identidad. En la que la pertenencia mutua se convierte en un muro frente a lo que viene de fuera. Nuestras tradiciones, nuestro pueblo, nuestras raíces…

 

La obsesión por la posesión defensiva revela la idea de un adversario, de un enemigo, no de una comunidad. En sí misma, «nuestro» no es una palabra negativa. Por supuesto. Lo es en algunos discursos en los que hay que asustar a la gente contra alguien y hacerles creer que todo lo que es nuestro nos lo van a quitar.

 

No, no me refiero al fascismo histórico,… sino al riesgo que corremos en los tiempos presentes. Vivimos en tiempos racistas, xenófobos,...: ¿qué más  qué otra cosa tiene que pasar para llamarlo “fascismo”?

 

No sé si se trata de un fascismo ideológico… pero ciertamente hay quien piensa, siente y actúa… a modo fascista.

 

No creo que hoy haya un manifiesto fascista… con documentos programáticos, leyes raciales,… Incluso la gran mayoría de la gente se ofende cuando se le llama “fascista”.

 

Pero sí existe una forma antidemocrática de pensar dentro de la democracia. Y eso es “fascismo”.

 

La burla del adversario hasta su aniquilamiento, la costumbre de imaginar un enemigo que nos amenaza, la condición perpetua de peligro y la idea de que un líder único y fuerte puede resolverlo todo son elementos, entre otras prácticas, fundamentales de este método “fascista”.


En noviembre de 2024 me publicaron en una página web un artículo titulado “El fascismo eterno”: https://www.naiz.eus/es/iritzia/articulos/el-fascismo-eterno

 

Me da respeto, lo confieso, que se niegue la palabra “fascismo”. Porque suele ocurrir que cuando se niega la palabra… se acaba negando el fenómeno… Y cuando se niega el fenómeno… este puede desarrollarse sin rendir cuentas a nadie…

 

Hubo un tiempo en el que el “fascismo” enviaba al exilio a sus adversarios o construía campos de concentración o ejecutaba la pena capital o...

 

Ahora, se le deja a sus anchas, por ejemplo, en las redes sociales para que exprese su opinión en una especie de ruido incansable de intensidad variable. A estas alturas, las redes sociales son una de las formas de “fascismo” que es la des-democratización.

 

Como considero que el “fascismo” es un método las formas de actuar de algunos políticos me parecen formas expresamente “fascistas”. Y a esos modos manifiestos se añade la complacencia de otros políticos afines a esos modos.

 

No, no creo que nuestra sociedad sea “fascista”. Los verdaderos “fascistas” son seguramente muy pocos. Pero sí puede haber un conjunto de la sociedad cercana a la tentación fascista en la manera de pensar, de sentir, de actuar… Y esa deriva me da respeto. Y mucho.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 28 de enero de 2026

Sabéis que se dijo… pero Yo os digo: las bienaventuranzas.

Sabéis que se dijo… pero Yo os digo: las bienaventuranzas

Aquí está todo el Evangelio.

 

Por eso, vale la pena siempre detenerse un momento en estas bienaventuranzas.

Jesús no exalta la condición en sí misma. No dice: «Eres alguien a quien todo le sale mal, estás enfermo, eres pobre, te hacen mal... ¡qué suerte!». A veces ha habido esta interpretación en la historia de la Iglesia, pero no es así.

 

Jesús no está diciendo: «Bienaventurados los pobres». Si no, diríamos: «Esperemos que todos se vuelvan pobres, afligidos, pongámonos todos a llorar...». No, no es eso.

 

¿Nos hemos dado cuenta de que Jesús, con una afirmación, una síntesis, dice: «Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados...»?

 

Dios va más allá. Dios ve la situación de miseria y pobreza y ya ve la realización del reino. Como, por ejemplo, cuando tenemos reservado un regalo precioso para alguien, un regalo que esa persona lleva esperando toda la vida y luego le gastáis una broma y le dais, no sé, un caramelo. La persona nos mira decepcionada y nosotros ya nos regocijamos por dentro porque sabemos la cara que pondrá cuando le demos el regalo de verdad...

 

Jesús es así. Está diciendo que bienaventurado es el pobre, que es feliz, que ha encontrado el tesoro, que ha encontrado la plenitud: porque suyo será el reino, porque será consolado, porque heredará la tierra, porque será saciado, porque encontrará misericordia, porque verá a Dios, porque será llamado hijo de Dios, porque suyo es el reino de los cielos.

 

Y veremos que a estas ocho bienaventuranzas, Jesús añade otra más. ¿Recordamos cuando, apareciéndose a Santo Tomás después de la resurrección, dice: «Bienaventurados los que creen sin haber visto»?

 

La situación de pobreza, por lo tanto, no se exalta en sí misma, sino que es fuente de alegría porque lleva a tener una actitud de acogida hacia el Señor (no siempre es así, ¡pero puede suceder!).


Jesús dice:

 

Bienaventurados los pobres de espíritu...

 

La pobreza de espíritu es la actitud de sencillez interior, de autenticidad, de quien no tiene demasiada apariencia, de quien no se construye demasiado.

 

Es la bienaventuranza que realiza la alabanza de Jesús: «Te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los inteligentes y las has revelado a los pequeños y a los pobres. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien...». Es extraordinario este Dios tan accesible a todos.

 

Mateo comienza el discurso de la montaña recordándonos que Dios no está reservado a los especialistas, que no está reservado a los filósofos, teólogos, doctores,…, sino que Dios es para todos los que son pobres de espíritu. Dios es para los que conocen sus límites, que saben su finitud, que no se creen Dios. ... Bienaventurados todos ellos porque descubrirán el reino de los cielos.

 

Bienaventurados los afligidos...

 

Esta es la revelación de un Dios que consuela. A mí me emociona cada vez que la leo. No sé si nos ha pasado alguna vez, creo que sí, encontrarnos con personas desesperadas, sin esperanza, a las que la vida les ha pasado una factura muy cara. ... Bienaventurados todos ellos porque serán consolados.

 

Bienaventurados los mansos...

 

Los mansos son la contraposición de los violentos, que no son necesariamente los que van por ahí con palos. Nosotros también podemos ser muy violentos: en nuestro lenguaje, en nuestro juzgar a los demás,… Manso significa alguien que está en paz interiormente, alguien que dice en su interior: «Bueno, razonemos, hablemos, miremos más allá...». Bienaventurados ellos porque heredarán la tierra.

 

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia...

 

Los que ven la injusticia a su alrededor y no dicen: «¡Siempre ha sido así!», sino que tienen hambre y sed y dicen: «¿Pero por qué? ¿Por qué el ser humano es tan necio, tan tonto, tan violento...? Esto nos quema por dentro... ¡Pongámonos manos a la obra, arremanguémonos!». Bienaventurados ellos porque serán saciados en su deseo de paz.

 

Y aquí me gusta pensar en “aquellos cuya fe solo Tú conociste” que se dice en la Liturgia de la Eucaristía, es decir, en aquellos hombres y mujeres que buscan el bien de la humanidad sin conocer a Dios. Qué bonito será, algún día, encontrarnos todos ante la presencia de Dios. Porque Dios no se preocupa: cada vez que servimos al hombre, sentiremos que estamos sirviendo al Todopoderoso. Es el sacramento del «hacer» del cristiano...

 

Jesús dice: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia», porque nuestro deseo no quedará desilusionado, sino que será colmado por la presencia de aquella justicia que habéis alumbrado en vuestro hacer.


Bienaventurados los misericordiosos...

 

No está escrito: «Bienaventurados los que juzgan con equidad»; «Bienaventurados los que, en nombre de Cristo, piensan que los demás deben comportarse de cierta manera...». No está escrito: «Bienaventurados los que se escandalizan con razón por el pecado de sus hermanos...».

 

Está escrito: «Bienaventurados los misericordiosos» porque Jesús es compasivo y misericordioso, porque todos nosotros, todos, desde el primero hasta el último, desde el más grande de los santos hasta el último de los pecadores, todos, no merecemos nada: es la misericordia de Dios la que llena nuestro corazón de salvación.

 

La misericordia no significa debilidad. La misericordia significa creer, a pesar de todo, que el ser humano no es un error, sino que comete errores. Y Jesús nos dice: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». Precioso: alcanzarán la misericordia que dan. La alcanzaremos si somos capaces de tener un corazón un poco parecido al de Dios, que ve el bien en el otro.

 

Bienaventurados los puros de corazón...

 

Los puros de corazón: los que no calculan. Bienaventurados ellos los puros de corazón. La gratuidad, la generosidad, la sencillez, sin dobleces... es aquella bienaventuranza que nos abre el camino a la belleza de un corazón que no es astuto sino humilde y sencillo.

 

Bienaventurados los pacificadores...

 

No los que solo hablan de paz: bienaventurados los pacificadores. La paz que se construye desde mí, desde mi corazón. Por eso creo que las grandes guerras no son más que la suma de las pequeñas guerras que tenemos entre nosotros y creo que los pequeños gestos de paz, de misericordia y de fe cambian el mundo: lo creo. Bienaventurados ellos porque serán llamados hijos de Dios.

 

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia...

 

¿Sabemos cuánta gente muere por causa de la justicia? El magistrado que salta sobre la bomba porque se ha metido en los asuntos del narcotráfico; el sindicalista latinoamericano al que matan porque ha intentado dar un poco de dignidad a la gente... Bienaventurados ellos porque de ellos es el reino de los cielos.


Mateo parte de lo concreto: comienza su evangelio de manera muy clara, lo primero que hace decir a Jesús es esto: ser cristiano significa vivir con una cierta actitud, vivir con una cierta disposición interior. Como si dijera: si eres demasiado complicado y te has dado demasiadas vueltas a la cabeza, si eres violento, si eres alguien a quien no le importa nada la justicia (que los demás se las arreglan solos,...), si eres alguien que emite juicios de valor a todo lo que se mueve, si eres alguien que no es puro de corazón, no puedes ser feliz...

 

Y me gusta pensar que aquí también hay una referencia autobiográfica, porque Mateo había vivido un poco todo esto: el trabajo que hacía le daba poder y dinero… ¡pero no felicidad! Las bienaventuranzas no exaltan la condición en sí misma, sino que dicen que esa condición puede ser la premisa para una apertura al Señor: es una indicación precisa de actitud de una felicidad mayor (más abundante, más plena,…).

 

Todo esto para decir que la novedad del Evangelio, el viento que trae el Evangelio, es el viento del Espíritu que cambia la situación desde dentro. Tomemos las bienaventuranzas, leámoslas dentro de vosotros mismos. Si nos sentimos un poco inadecuados… seguramente hasta nos parezca lo mínimo. ¡No nos desanimemos! ¡Es el Señor quien nos cambia por dentro!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Negacionismo.

Negacionismo

Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas” (Mariano José de Larra).

 

El negacionismo es una herramienta política utilizada para conquistar y/o mantener el poder.

 

Negar la realidad, especialmente aquella realidad que provocaría un cambio en las actitudes políticas adoptadas por un poder determinado, es una necesidad intrínseca de los poderes totalitarios, que tienden a imponer su propia visión del mundo. Y ésta es la esencia del problema.

 

Los partidos políticos de extrema derecha, que por naturaleza son conservadores, tienden a tomar el poder para imponer una visión del mundo, una forma de pensar la realidad. Todo lo que pueda interferir en el cambio de esta visión se convierte en un obstáculo que hay que superar.

 

En este punto, el negacionismo es una herramienta de persuasión de las masas, porque su objetivo es mantener su visión del mundo declarando falso todo lo que pueda obstaculizarla.

 

Y la mentira es otro aspecto fundamental de los sistemas de extrema derecha.

 

El negacionismo contemporáneo, especialmente evidente en los movimientos de extrema derecha, trasciende la mera ignorancia o el escepticismo. Es una estrategia política deliberada para consolidar y mantener el poder, imponiendo una visión monolítica del mundo y combatiendo las realidades que desafían esta narrativa.

 

La negación de la realidad factual, junto con el uso sistemático de mentiras, se convierte en un pilar fundamental de estos regímenes y movimientos.

 

La necesidad de negar hechos concretos surge cuando la realidad amenaza las actitudes políticas adoptadas por un poder concreto.


Como observa la filósofa política Hannah Arendt en su ensayo Verdad y política, los regímenes totalitarios muestran un profundo desprecio por los hechos objetivos. Para Hannah Arendt, «el sujeto ideal del régimen totalitario no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para las que la distinción entre hecho y ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre verdadero y falso (es decir, los estándares del pensamiento) ya no existe» (Hannah Arendt, Entre pasado y futuro).

 

La imposición de una «visión del mundo» exige que todo lo que pueda interferir o modificar dicha visión del mundo sea declarado falso.

 

El sociólogo y filósofo Jürgen Habermas sostiene que la comunicación política debe basarse en supuestos de veracidad y racionalidad. El negacionismo, al subvertir estos supuestos, corrompe la propia esfera pública democrática.

 

El negacionismo sirve como herramienta para persuadir a las masas, con el objetivo de mantener la cohesión en torno a la ideología dominante.

 

La negación del consenso científico (como el cambio climático o, en su momento, la eficacia de las vacunas) o de hechos históricos (como el Holocausto) no es un debate racional, sino un ataque a la autoridad del conocimiento compartido.

 

En este contexto, la mentira es un aspecto fundamental de los sistemas de extrema derecha. El historiador Robert Ower Paxton, en Anatomía del fascismo, describe cómo los movimientos fascistas utilizaban la «banalización de la mentira» y la manipulación de la información para crear una realidad paralela que sirviera a sus propósitos.

 

El filósofo político Leo Strauss, al analizar la naturaleza de la disimulación política, sugirió que la mentira puede utilizarse para proteger el orden social, pero en los regímenes modernos y totalitarios se emplea para destruir el orden social existente e imponer uno nuevo.

 

El negacionismo, alimentado por mentiras y manipulaciones, es, por lo tanto, una herramienta intrínseca de los poderes totalitarios o autoritarios. No busca el debate ni la verdad, sino más bien la sumisión de la realidad a los dictados ideológicos, con el objetivo de mantener el poder a cualquier precio, como lo demuestra el auge y la actuación de los partidos políticos de extrema derecha en la época contemporánea.

 

Negar un hecho es lo más fácil del mundo. Mucha gente lo hace, pero el hecho sigue siendo un hecho” (Isaac Asimov).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 27 de enero de 2026

¿Y si simplemente volvemos al Evangelio?

¿Y si simplemente volvemos al Evangelio?

Pienso que la Biblia es sobre todo una narración, es decir, un relato.

 

¿De qué manera podemos redescubrir los Evangelios como una narración contada? ¿Podemos leer los Evangelios como una narración alrededor de la mesa? ¿Qué ganamos al leer los Evangelios así? ¿Qué posibilidades nos abre para una catequesis más viva y eficaz?

 

A veces me pregunto, si pudiera elegir a uno de los Evangelistas para llevarlo conmigo, ¿a quién elegiría? ¿Prefiero tener a Marcos, Mateo, Lucas o Juan conmigo?

 

Por supuesto, los cuatro evangelios tienen su belleza y su propio carácter.

 

Juan tiene una riqueza de palabras y de teología que es formidable para la catequesis —basta pensar en el Prólogo, Jn 1,1-18—, pero a menudo habla mucho para decir algo (¡aunque sea teológicamente profundo y sugerente!).

 

Lucas es refinado, con un bonito acento en la misericordia: ¿quién no conoce las parábolas de la misericordia de Lc 15 (la oveja y la dracma perdidas, y el hijo pródigo), o las palabras de Jesús en la cruz al buen ladrón (Lc 23,39-43)?

 

Mateo nos presenta al Jesús que enseña (por ejemplo, las bienaventuranzas en Mt 5,3-10, por citar solo una), pero luego es muy seco en varios de los relatos.

 

Marcos, por otro lado, es bueno contando historias, muy realista, dando una vivacidad a lo que dice que a menudo se pierde cuando encontramos el mismo relato en los otros Evangelios.

 

Muchos estudiosos piensan que el Evangelio según Marcos es el más antiguo de los cuatro, al menos en la forma en que nos ha llegado.

 

En muchos aspectos es un Evangelio casi crudo, con un Jesús más humano, más inmediato que los demás, y los discípulos presentados de forma poco halagüeña…

 

Tal vez si tuviera que elegir a un Evangelista para que me hablara de Jesús, probablemente votaría por Marcos.

 

Sin embargo, es importante recordar que una de las primeras decisiones de la Iglesia - como dice San Ireneo - fue conservar los cuatro Evangelios, o mejor dicho, a los cuatro Evangelistas, porque el Evangelio es uno, el Evangelio (= la Buena Nueva) de Jesucristo según Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

 

Casi como para subrayar que el misterio de Jesús, el Cristo, no se puede agotar con una sola presentación.

 

Pero, ¿por qué insistir en el Evangelio como relato?

 

Porque, si no, perdemos su frescura. Estamos tan acostumbrados a hablar de los Evangelios, a leer los Evangelios, a hacer catequesis sobre los Evangelios, que nos olvidamos de contar o narrar los Evangelios.

 

Incluso en la Iglesia, muchas veces nos distraemos con todas las hojas de cantos y lecturas, moniciones a diestro y siniestro, moralina espiritualoide,…, que no escuchamos la Palabra.

 

Y parece que los Evangelios nacieron así: no como escritos sino como relatos contados.

 

Si leemos el Evangelio según Marcos, en particular, se puede ver claramente que es una serie de relatos, de historias que apuntan a Jesús, pero que no nacen como un único relato unitario, sino como viñetas.

 

Y Marcos, el Evangelista, fue más que nada un redactor que recopiló estas historias —la tradición dice que era discípulo de San Pedro— y las reunió para hacer un relato unificado.

 

Volviendo al relato contado, entonces, podemos vincularnos de alguna manera a ese antiguo kerygma (= predicación) de la Iglesia primitiva.

 

No a teologías complejas y refinadas, tampoco a moralismos, ni siquiera a prolijas nociones espirituales,…, sino el encuentro con la persona de Jesucristo a través del relato evangélico.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Impresiones y apuntes de un cristiano de a pie sobre “Instrumentos del Alma” (Vic, Barcelona).

Impresiones y apuntes de un cristiano de a pie sobre “Instrumentos del Alma” (Vic, Barcelona) 

Instrumentos del alma’ es una imagen de aquel deseo de recuperar la vida del Espíritu. De volver a aprender a vivir en un mundo donde el corazón tenga voz: ese corazón donde cobran vida los símbolos, donde los símbolos consiguen hacer oír su voz.

 

Y quien esté del lado del corazón hará suyas las palabras del Evangelio de Tomás, que, parafraseando las de Jesús de Nazaret, afirma: «Si me buscáis, me encontraréis debajo de una piedra, me encontraréis debajo de una hoja, me encontraréis debajo de una rama de árbol».

 

O hará suyas las del místico peregrino que, en los ‘Relatos de un peregrino ruso’, que es un texto místico, está convencido de que, por muchos pecados que haya cometido un hombre, siempre encontrará a Cristo, que lo considerará su hermano.

 

Porque Cristo —imagen del hombre perfecto, del hombre total— es la imagen misma del corazón y, en nombre de este, abraza, idealmente, al mundo entero y a todos los seres humanos: independientemente de que sean pecadores o no.


Esta es la dimensión espiritual que hay que reconquistar. La reconquista se produce emprendiendo un camino árido y difícil que coincide con el aprendizaje de la contemplación y de la meditación, con un estilo de fraternidad, de apertura, de tolerancia, de aceptación: en todas sus formas.

 

Coincide con un habitus que expresa una forma de afrontar el mundo. Que expresa una forma de ver el mundo no como algo opuesto ni como un simple instrumento que podemos utilizar, sino como un fin. En este habitus, el silencio interior reviste gran importancia.

 

Es significativa la película ‘El gran silencio’, que narra la vida de la Gran Cartuja, donde los monjes deben rezar en silencio, salvo los Domingos, en que pueden intercambiar algunas palabras. Pero es un silencio que habla. Habla de su propio Espíritu: habla con y de su propia interioridad.

 

El silencio representa la imagen de ese diálogo con nuestra interioridad que hemos olvidado, pero que es necesario recuperar porque nos permite mantener una relación verdadera y real de comprensión con el mundo.


En esta recuperación está inscrita la capacidad de descubrir dentro de uno mismo lo infinitamente pequeño del propio yo y lo infinitamente grande del propio ser, junto con la capacidad de vivir en sintonía con la naturaleza (el mundo), la capacidad de pensar el todo como algo que nos pertenece y la capacidad de leer los símbolos que nos rodean.

 

La pregunta que surge espontáneamente es si todo esto es posible. La respuesta es afirmativa. Es el camino de regreso a esa unidad primordial que probablemente sea solo un gran sueño del ser humano.

 

Una unidad que tal vez nunca haya existido, pero que probablemente haya representado el deseo —el sueño, precisamente— del ser humano de cultivar la humanidad, de buscar una totalidad con la que y en la que finalmente reunirse.

 

Y representa una especie de ascensión visionaria hacia una Montaña Sagrada que nos lleve al cielo. Hoy en día, tal vez, queda muy poco de lo sagrado, como de lo espiritual: ni siquiera las montañas.

 

En el pasado, la Montaña Sagrada se consideraba uno de los puntos de conexión espiritual entre el cielo y la tierra. Hoy en día, si se va al Himalaya, la montaña considerada sagrada por excelencia, se encuentran latas de carne, preservativos, botellas y todo tipo de basura. Es la señal de que el Espíritu ha abandonado el mundo. Precisamente por eso, no hay que rendirse, sino re-sacralizar la realidad y redescubrir la Montaña Sagrada que hay en el ser humano.


Hay un libro precioso, ‘El monte análogo’, de René Daumal (esoterista, filósofo, gran alpinista y discípulo de George Ivanovich Gurdjieff), en el que se narra una expedición realizada por un grupo de hombres capitaneados por Pierre Sogol, donde Pierre Sogol es el anagrama de logos: es logos invertido.

 

Buscan una montaña análoga a la ya imposible de encontrar Montaña Sagrada, partiendo de la premisa —que todos deberíamos hacer nuestra— de que la Montaña Sagrada es inaccesible en su cima, pero accesible en su base.

 

En esto reside el secreto (y la posibilidad) de la búsqueda de la Montaña Sagrada: el camino hacia el Espíritu, inaccesible en su cima pero accesible en su base.

 

Significa que debemos intentar llegar a la base de esta montaña ideal, de ese reino del Espíritu, sabiendo que probablemente nunca llegaremos a su cima, pero seguros de que la puerta de lo invisible siempre es visible: como pensaba Jean Servier.

 

De la contemplación a la exposición “Instrumentos del alma” puede nacer la intuición de una expresión que podría definirse —con un término ciertamente enfático, pero sin duda realista— como vertiginosa.

 

Es la expresión de un creyente, un cristiano de los primeros tiempos llamado Pablo quien, después de invitar a practicar la Oración del Corazón, pronuncia esta frase: «No vivo por mí mismo, solo por mí mismo: en mí vive Cristo». Y continúa: «Él, como espíritu, postula, es decir, nos llama, nos exige, reza también por nosotros, con expresiones inefables».


Quizá Pablo quería decir que dentro de nosotros no vive nuestro yo, nuestro yo banal, nuestro yo interesado, nuestro yo cotidiano… Dentro de nosotros vive el Espíritu, el Ser divino. Y es este Espíritu el que sigue dialogando con nosotros y nosotros debemos ser capaces de responderle. Debemos ser capaces de responder a este diálogo de nuestra interioridad, de nuestro Ser profundo.

 

Me refiero a ese Ser que es nuestra verdadera divinidad: una divinidad que no tiene nombre, que no tiene apariencia, pero que es tan poderosa que engloba en sí misma todo el mundo.

 

En este diálogo interior se encierra lo absoluto. Se encierra la esencia del Espíritu. En este sentido, aquella expresión de Jean Servier —«La puerta de lo invisible debe ser visible»— es cierta.

 

Somos nosotros quienes debemos buscar esta puerta, somos nosotros quienes debemos pensar que existe una puerta y que debemos acercarnos a ella, sabiendo que detrás de esta puerta —que para nosotros es un limen, un umbral— hay un mundo por descubrir: el mundo del Espíritu.

 

Y que tal vez este mundo sea el mundo verdadero: el único mundo al que un ser humano puede realmente desear acceder.

 

El Espíritu siempre remite a un concepto de totalidad y por eso coincide con el Espíritu divino. Es el aliento animador del mundo —el aliento que da vida al mundo— que es similar al estado de ánimo en el que se encuentran las personas que se aman y experimentan, con su amor, una especie de dimensión total: de inmersión total en el otro y con el otro. Se sienten vivificadas por el aliento vital de su amor mutuo.


Precisamente por eso, en una famosa frase de ‘La Eneida’ (VI, 726) se dice: «el espíritu sopla dentro de las cosas y la mente se infunde por completo en los miembros».

 

Esta frase es también la que Giordano Bruno, en su ‘De causa principio et uno’, utiliza para ilustrar su idea sobre el intelecto creador del mundo. Para Giordano Bruno, este es el Espíritu que sopla y que representa la totalidad que invierte con su Ser al ser humano y al mundo entero, que se disuelven en él.

 

En esta hermosa imagen, el Espíritu se convierte en sinónimo de esa Anima Mundi, tan querida por los alquimistas y de la que el ser humano es parte integrante. Anima Mundi que da vida a la creación y permite comprender los vínculos que mantienen unido todo lo existente. Vínculos que serían incomprensibles sin ella y que remiten, a su vez, a una totalidad.

 

El Espíritu es una totalidad que crea totalidad: el Espíritu es, efectivamente, el Anima Mundi. Y esto se puede experimentar en la vida cotidiana: por ejemplo, comprendiendo a quienes nos rodean, abrazándolos y comunicando a los demás lo que hay en nuestra alma.

 

Cuando esto ocurre, cuando ofrecemos a los demás esa unidad que forma parte de nosotros, entonces se percibe una perfecta correspondencia con el otro. Esta correspondencia, casi como si fuera una presencia espiritual, crea una nueva relación, una dimensión fuerte, una dimensión unitaria, una dimensión total.

 

Se trata de una dimensión que, cuando se produce, no se rompe por ningún motivo ni acontecimiento. A menudo, sin darnos cuenta, vivimos esta extraordinaria experiencia espiritual. Y esto, si somos personas de espíritu, ocurre porque vivimos dentro de nosotros una dimensión espiritual tan real como profunda. Y esto crea vínculos poderosos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 26 de enero de 2026

Las bienaventuranzas: recuperar la semejanza divina.

Las bienaventuranzas: recuperar la semejanza divina

Aquel día, en aquella montaña, Jesús repitió el proyecto de los comienzos: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Sí. Y es el que el problema, de hecho, era precisamente cómo recuperar la semejanza perdida.

 

Sabemos, de hecho, que la imagen permanece siempre impresa en nosotros: yo sigo siendo hijo de Dios, siempre, de cualquier manera. No así la semejanza: vivir como hijo de Dios. Siempre por recuperar.

 

Y así, aquel día, antes incluso de adoptar un estilo, Jesús esbozó ante todo los rasgos de su rostro, ese rostro según el cual reconstruir nuestra identidad personal.

 

Las bienaventuranzas son las «otras» palabras. Palabras recogidas en los Evangelios y leídas en la Iglesia, pero arrancadas de la vida, donde tienen libre curso otras palabras, otras lógicas, otros criterios que nos hacen perder la semejanza de los comienzos.



Esas palabras pronunciadas por Jesús son su biografía, la biografía de Aquel tras quien hemos elegido seguir nuestros pasos:

 

- Él es el pobre de espíritu y el puro de corazón: se vació de todo, incluso de su igualdad con Dios, para hacer espacio a Dios y a nosotros en su corazón; acogió en ese corazón incluso al amigo que le traicionaba y al que le negaba;

 

‐ un día lloró por Jerusalén al hacerse cargo de su corazón obstinado en cerrarse a la visita de Dios; lloró por su amigo Lázaro, atestiguándole, incluso así, lo mucho que le quería;

 

‐ sufrió en carne propia la persecución y la injusticia hasta el punto de ser tratado como un malhechor, él que había pasado sanando y beneficiando a quienes estaban prisioneros del mal; no dudó en ser contado entre los impíos muriendo entre dos de ellos;

 

‐ su solidaridad con nosotros le llevó a asumir todos nuestros males para que en ninguna circunstancia viéramos la maldición cernirse sobre nuestra existencia;

 

‐ aunque podía imponerse, nunca recurrió a la violencia ni a la venganza, ni siquiera cuando se trataba de defender el buen nombre de Dios, olvidando el mal que le habíamos hecho y devolviendo, en cambio, bien por mal (Padre, perdónalos...);

 

- siempre dispuesto a esperar con paciencia cada vez que me detengo o incluso me pierdo: así lo atestigua su perdón, ofrecido una y otra vez (setenta veces siete...);

- anhelaba ardientemente relaciones auténticas; desterró la hipocresía y la falsedad, pagando en carne propia para construir relaciones de armonía y paz (el que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos...).



Este es el rostro del Maestro esbozado por las bienaventuranzas. Y mientras lo contemplo, veo en él los rasgos de mi rostro, tal y como él desearía que yo fuera. Una persona:

 

‐ pobre de espíritu, para acogerlo en mi vida sin ceder a la tentación de construirme un ídolo vano; pobre, no amo, dispuesto a servir a la vida de los demás sin aprovecharse nunca de ella; con un corazón que siempre respeta el misterio del otro sin querer reducirlo nunca a su propia medida;

 

- capaz de llorar, pero no por sí mismo, en inútiles repliegues, sino con quien sufre, atestiguando así que compartir es asumir la fatiga del otro;

 

- capaz de amar incluso hasta cubrir la descortesía del otro, dispuesto a creer que el otro puede cambiar gracias a una confianza ofrecida de nuevo;

 

- incansable tejedor de nuevas relaciones, sin sentirse nunca realizado mientras haya alguien a nuestro alrededor que sufra injusticias.


Ese Rostro del Maestro indica luego el rostro de la comunidad cristiana:

 

‐ una Iglesia que no busca apoyos en el poder y que no pone su confianza en lo que no tiene consistencia;

 

‐ una Iglesia capaz de compartir las angustias de los últimos, porque solo así se atestigua que Dios se ha hecho cercano a cada hombre;

 

‐ una Iglesia que no busca el aplauso, el consenso, la adulación;

 

- una Iglesia que rechaza toda arrogancia y, por lo tanto, acoge a todos, camina con todos, sirve a todos sin distinción;

 

- una Iglesia que está del lado de quienes sufren injusticias y se expone para la construcción de la paz.

 

Solo una Iglesia así anuncia y da testimonio de que vale la pena no temer acercarse al Señor Jesús y seguir sus pasos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La tentación fascista.

La tentación fascista Leí una vez que el ‘fascismo’ comienza con las palabras.   Por ejemplo, la palabra “nuestro”. Una palabra que desc...