miércoles, 22 de enero de 2025

Evangelii gaudium en la Iglesia de Navarra.

Evangelii gaudium en la Iglesia de Navarra 

Estimado hermano y amigo en el Señor, Monseñor Don. Florencio Roselló Avellanas, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, le escribo esta reflexión con una propuesta para su consideración. 

El 24 de noviembre de 2023 se cumplió el décimo aniversario de la publicación de la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium. Documento programático de Francisco que recoge los trabajos de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos con el tema: «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana». 

Es posible hacer un balance de esta Exhortación que, dada su relevancia, nos ayude a reflexionar sobre el significado que este documento tiene en el pontificado de Francisco y, más en general, sobre sus efectos en la vida de la Iglesia. Mi impresión es que no todos hemos captado el significado del mensaje contenido en el texto que ha ayudado a devolver la evangelización al centro de la Iglesia. 

Evangelii gaudium aclaró inmediatamente cuál es la naturaleza de este pontificado y cuáles son las prioridades en la agenda del Papa Francisco. En particular, mostró cómo su intención es realizar una transformación evangelizadora y misionera de la Iglesia. 

Francisco será recordado, también, como un Papa evangelizador y misionero, incluso porque devolvió relevancia a un término que había caído en cierto desuso. En particular, interpretó la misión de una manera nueva e indicó las estrategias para una evangelización o reevangelización eficaz. La teología en su conjunto no podía dejar de tomar nota de las indicaciones contenidas en un texto tan autorizado. Después, incluso aquellos teólogos del campo dogmático que tendían a marginar la pastoral y la misión reconocieron que la teología ya no puede ignorar su implicación en la dinámica de una Iglesia "en salida". 

Por tanto, esta Exhortación debe leerse como un signo de los tiempos que busca responder al mandato misionero de Jesús (Mt 28,19-20), reconociendo que, en el contexto contemporáneo, la evangelización y la nueva evangelización son expresión de una única necesidad pastoral. Con este documento, Francisco ha actualizado lo que dice el Concilio Vaticano II sobre el carácter misional de la Iglesia, y lo ha hecho hablando no sólo de la Iglesia "en salida", sino también de su reforma sinodal. Las páginas de la Exhortación insisten en que todo el cuerpo eclesial está llamado a evangelizar, poniendo énfasis en las motivaciones que deben sustentar el compromiso misionero, en la importancia de la homilía y en la necesidad de incluir a los pobres cultivando la paz y el diálogo social. 

Al abarcar temas tan diferentes bajo el único paraguas de la evangelización, Francisco ha dado un nuevo enfoque efectivamente a la misionología tradicional. Esto se puede decir porque Evangelii gaudium nos hizo comprender que la globalización nos obliga a superar los parámetros geográficos tradicionales de la misión; porque incluyó cuestiones ético-sociales en la misionología; porque asoció la misión al diálogo; porque le dio a la misión un giro pastoral; y porque valoró los contextos y la descentralización teológica. 

Estimado D. Florencio, al comienzo de su labor pastoral en esta Iglesia de Navarra, le propongo a su consideración la posibilidad y la conveniencia de que, como Diócesis de Pamplona y Tudela, leamos y reflexionemos sinodalmente esta Exhortación Apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco. Fue su primera Exhortación Apostólica. Quizá, como le digo, un documento programático de su pontificado. ¿Por qué no leerla, orarla, reflexionarla, dialogarla, Usted y nosotros, al comienzo de su labor pastoral en esta Iglesia peregrina? Quizá sería una manera de ayudarnos a leer, comprender y asimilar esa Exhortación desde nuestro contexto y desde nuestra realidad navarra, y a imaginar y soñar nuestro futuro eclesial inmediato, próximo y lejano en diálogo con este pueblo y con esta sociedad en la que vivimos. 

Hace muchos años (allá por el año 2000) abandoné la lectura y la enseñanza de la teología dogmática pero, a propósito de esa mencionada Exhortación, he hecho un esfuerzo de refrescar algunas nociones. Fruto de ello es esta propuesta de algunas claves de lectura espiritual, pastoral, teológica que pueden añadirse y complementarse a otras claves/pautas de lectura del mencionado texto. Sin pretenderlo me han salido como 10 claves / pautas que le ofrezco a continuación: 

1.- Entre la Jihad y el Mundo 

Queriendo comentar una a una las inclusiones temáticas mencionadas, es necesario reconocer que la globalización, hija de la era digital y de las migraciones masivas, ha creado sociedades multiétnicas y polirreligiosas. 

De hecho, sus efectos han sido múltiples y variados, porque a él también se remontan el relativismo moral y el secularismo, que a su vez se manifiestan en expresiones incompatibles y opuestas entre sí, como la creciente indiferencia religiosa, el pluralismo religioso, sincretismo y reacciones fundamentalistas. 

Si bien por un lado la globalización ha acercado a las personas, en realidad no las ha unido y, de hecho, las ha fragmentado, creando nuevas desigualdades económicas. Esta es la razón por la cual, como escriben algunos, en la era de la globalización, el Evangelio debe honrar las culturas y contextos locales y tomar una posición decisiva del lado de la justicia. 

Cuando el Papa Francisco, en Evangelii gaudium, habló de la economía de la exclusión, de la idolatría del dinero, de la inequidad que genera violencia, de la protección del bien común, del diálogo como contribución a la paz, se inspiró en esta comprensión precisa de la misión y la desarrolló aún más. En resumen, ha quedado claro que hoy la misión debe reprogramarse en función de los objetivos enumerados por el Papa, cuyo cumplimiento la misionología se vuelve aún más inductiva e interdisciplinaria. 

En Evangelii gaudium, el Papa también habló insistentemente de diálogo, subrayando que la tarea principal de quien desea inculturar el Evangelio se reduce a la capacidad de construir relaciones dialógicas. Al hacer esta recomendación se retomaba el legado de San Pablo VI, quien en Evangelii Nuntiandi ya había instado a toda la Iglesia a entablar un diálogo. 

2.- El imperativo de evangelizar las culturas 

Vale la pena señalar que varios números de este documento misionero están dedicados al diálogo entre fe y ciencia, al diálogo ecuménico, a las relaciones con el judaísmo, al diálogo interreligioso e incluso al derecho a la libertad religiosa. 

Con esta Exhortación, en resumen, el Papa rediseñó la misionología y le dio una orientación pastoral y dialógica. De hecho, sus palabras subrayan la necesidad de pasar "de una simple pastoral conservacionista a una pastoral decididamente misionera", reiterando que la misión sigue siendo el mayor desafío de la Iglesia y el paradigma de toda su acción. 

El Papa define como "imperiosa" la necesidad de evangelizar no tanto la cultura, en singular, sino las culturas, en plural, demostrando así ser consciente de que las sociedades actuales tienen rostros culturales diferentes. 

Más que una invitación, el del Papa parece, pues, un llamamiento alarmado, porque, como escribe en la Exhortación, "ya no podemos permanecer tranquilos, esperando pasivamente, dentro de nuestras iglesias". 

En resumen, es como si Francisco dijera a cada cristiano que ya no tiene derecho a esconderse ni a postergar las cosas, invitando así a cada bautizado a reconocerse en una especie de "yo también soy una misión". En concreto, Evangelii gaudium diferencia tres niveles de pastoral misionera: la ordinaria; la de los bautizados que se han distanciado de la Iglesia; y la de aquellos que no conocen a Jesucristo. 

3.- Recomendaciones de métodos 

Además de estas distinciones programáticas, el Papa también incluyó en el texto dos recomendaciones metodológicas, subrayando que la Iglesia "no crece por proselitismo sino por atracción" y reiterando que la dinámica del anuncio requiere alegría. 

Sin hablar de contextualización, el término "contexto" vuelve muchas veces en las páginas de la Exhortación del Papa. El título mismo, subrayando que el documento magisterial tiene como tema la evangelización en el "mundo actual", indica que no trata el tema en abstracto, sino más bien ambientado en el mundo contemporáneo, evidentemente caracterizado por los efectos de la globalización. 

Francisco, sin embargo, habla también de "descentralización sana", aclaración que puede considerarse sinónimo de contextualización. Hacer énfasis de este tipo indica esencialmente que la misión no puede ejercerse en abstracto, sino que debe ejercerse siempre en relación con las diferentes realidades a las que se destina. Por lo tanto, especialmente en el mundo actual, la actualización no es una mera cuestión de cortesía, sino la condición básica para que la misión tenga éxito. 

Declarar que la misión es siempre y sólo contextual implica, sin embargo, que es el resultado de un encuentro y por tanto de un diálogo. Esto último, lejos de ser una mera estrategia, es en realidad una actitud ontológica que se explica a través de la dinámica de la antropología personalista. 

Cabe agregar que cuando el Evangelio es anunciado en un contexto particular, éste devolverá ese mismo mensaje transformado y enriquecido por la contribución que sólo ese contexto cultural específico puede ofrecer. Por eso el diálogo misionero contextual se concreta en reciprocidad en el don. 

4.- Por una transformación de la evangelización 

Calibrar el mensaje de la Iglesia a un contexto específico -ya sea social, cultural o religioso- requiere habilidades específicas. Por eso existe la misionología, que no es sólo una "teología de la misión", sino una verdadera facultad universitaria, que demuestra la interdisciplinariedad y la transversalidad de las competencias necesarias para implementar una acción misionera eficaz. 

Mejor dicho, lo que la misionología añade a la dogmática es su transformación en teología contextual. Esta disciplina, en efecto, no se limita a "defender" las verdades del cristianismo - como ya lo hace la teología fundamental - sino que también es responsable de ser "propositiva" y "constructiva", especialmente en los campos culturales aún no cristianizados, pero también en aquellos en el que el cristianismo ha perdido relevancia. Desde este punto de vista, la teología contextual implementada por la misionología no es menos conceptual que la teología clásica, y se distingue de ella por ser más pastoral y dialógica. 

Sin embargo, ninguna otra rama de la teología sistemática ha experimentado tantas fases de revisión como la teología de la misión, y esto se debe a que sus expertos han comprendido que la misión debe cambiar porque el mundo ha cambiado. 

Quienes se ocupan de la disciplina han comprendido que ya no tiene sentido utilizar categorías geográficas, y es más apropiado hablar de áreas de la experiencia humana, independientemente de dónde aparezcan. Sin embargo, sobre todo, lo que se ha vuelto más evidente en una era de secularismo y pluralidad religiosa es la necesidad de que la teología y la Iglesia adopten una transformación "misionera" general. 

Con esto nos referimos a una preocupación teológica que ponga en el centro la evangelización y una Iglesia en salida que vaya acompañada de una atención pastoral acorde a las necesidades espirituales de nuestro tiempo. 

Por otra parte, cierta misionología ha pasado a su fin y desde hace varias décadas la misión ya no está vinculada a la salvación de las almas ni siquiera a la plantación de nuevas iglesias. El verbo que más lo caracteriza, de hecho, es escuchar. Es decir, el misionólogo contemporáneo debe "escuchar" la voz del hombre posmoderno y sus necesidades existenciales y espirituales, proporcionándole las garantías y respuestas que busca. 

5.- Los pobres, la cultura y otras religiones 

Además de escuchar, la misión de nuestro tiempo debe basarse en el diálogo. Este último incluye diversas facetas dentro del mismo. El mundo misionero exige que el diálogo se dirija preferentemente hacia tres ámbitos específicos: los pobres, la cultura y las otras religiones. 

Algunos explican que la misión debe caracterizarse ante todo como un ejercicio de diálogo. De hecho, es el diálogo lo que nos permite conocer otras religiones no como sistemas abstractos, sino como formas de vida vividas. Además, a través de él, quien cree diferente todavía puede convertirse en un amigo con quien colaborar en la construcción de un mundo mejor. Por otro lado, desde la perspectiva del Reino de Dios, el diálogo no es sólo un medio, sino que ya es un fin en sí mismo. 

Junto al sustantivo diálogo se suele colocar el adjetivo "profético". Ambos, de hecho, insisten en el hecho de que la misionología contemporánea debe expresarse a través de un diálogo profético, es decir, la interpretación crítica de los signos de los tiempos. Sin embargo, como "profética", tal acción dialógica sólo puede ser "activa", y por lo tanto explica por qué la misionología contemporánea está experimentando un punto de inflexión pastoral. 

Además, adjetivar el diálogo como profético indica también que la misión debe tomar siempre un rostro de reconciliación, en todos los niveles: personal, familiar, cultural, político y eclesial. 

Pero el diálogo significa, ante todo, establecer relaciones con las culturas y las religiones. Esto se ha vuelto aún más inevitable en un mundo que, reducido por la globalización, ha manifestado toda su variedad religiosa y toda su complejidad. Una misión cristiana monótona, expresión de un solo punto de vista, de un solo lenguaje, de una sola perspectiva, de una sola sensibilidad, de una sola cultura, no sería capaz de dar a los seres humanos, que habitan un mundo tan articulado y complejo, esa plenitud de significado que buscan. 

Esta es la razón por la que la misionología actual critica abiertamente la misionología del pasado, que pretendía ser universal al universalizar una teología desarrollada sólo a nivel local, en este caso específico en el contexto de Europa. Hoy existe un mayor respeto por la alteridad, y con la reciente valoración de los valores del diálogo, surgió casi espontáneamente la necesidad de crear una teología intercultural. Sin él, además, será difícil que la Iglesia pueda defenderse de la acusación de neocolonialismo cultural. Entendemos, por tanto, por qué, mucho más que otras disciplinas, la misionología requiere una mezcla de humildad y audacia, pero también de espiritualidad profunda y auténtica, porque sólo el Espíritu abre horizontes inesperados y llega donde la dialéctica de la razón no puede llegar. 

6.- Una distinción fructífera 

Para desarrollar una teología intercultural y, más generalmente, una nueva teología de la misión, debe valorarse la distinción propuesta por Bernard Lonergan entre cultura clásica y cultura empírica. La teología, hasta ahora, ha estado anclada en una concepción clasicista de la cultura. La misionología contemporánea está aprendiendo a cultivar un concepto empirista de cultura, entendida como un complejo de significados y valores que informan una forma de vida. Está claro que si la cultura se concibe de manera empírica y no clásica, el diálogo se vuelve más fácil, porque ese modelo, a diferencia del clásico, es igualitario. No es normativo, no es universal y no considera una cultura específica como una especie de conquista permanente e inmutable. 

Una misionología basada en el modelo empirista de cultura es, por tanto, más dinámica y flexible, además de dialógica. Hace que la inculturación sea mucho más fácil porque no toma la forma de una imposición cultural, sino de una inserción y adaptación a las dinámicas de vida y significado que son específicas de otras sociedades. Respecto a este objetivo, la conciencia general que siempre debe acompañar la obra misionera es que el Evangelio nunca llega a un pueblo en el vacío, y es necesario entrar en la cultura de ese pueblo como en un jardín. 

Cómo inculturar el Evangelio, por tanto, no es un tema periférico o el cliché de un club de teólogos progresistas, sino el horizonte en el que se decide el destino de la Iglesia. Es la cuestión más relevante de la evangelización contemporánea, porque el futuro del cristianismo depende del fracaso o del éxito de la inculturación. Sin embargo, como escribió San Juan Pablo II, la inculturación no es sólo un camino lento, sino también un proceso difícil que produce sufrimiento. 

El término "inculturación" en los últimos años parece inadecuado y en vías de ser superado. El prefijo "en", de hecho, está influenciado por la preposición "ad", y se refiere a un "movimiento hacia" desde una determinada posición, obviamente representada por el cristianismo tal como se desarrolló en Occidente. Esta visión, sin embargo, aparte del hecho de que los fundamentos judíos no pueden relativizarse, ha fracasado tanto a nivel teológico como histórico. 

A nivel teológico, esta perspectiva ya no se sostiene desde que el Concilio Vaticano II afirmó que en otras civilizaciones religiosas hay semillas de la Palabra y rayos de la Verdad. Sin embargo, a nivel histórico, no se sostiene, ya que la mayoría de los católicos ya no están en Europa y la digitalización, la globalización y la inmigración han cambiado todas las sociedades del mundo. Por lo tanto, el término “ad-gentes” debe ser reemplazado por “inter-gentes”, mientras que el término “inculturación” debe ser reemplazado por “interculturalidad”. Este último concepto transmite mejor la idea de intercambio mutuo y beneficio silencioso, además de que, objetivamente, en las sociedades actuales vivimos desde hace mucho tiempo una mezcla étnica, lingüística, cultural, religiosa y teológica. 

Entendemos, por tanto, por qué la misionología vive esta triple evolución hacia el diálogo, la pastoral y la interculturalidad descrita anteriormente. De hecho, sólo a través de estas tres integraciones es posible responder adecuadamente a los desafíos, como diría el Papa Francisco, no de una era de cambio sino de un cambio de era. Éstas son también las razones por las que la misión se ha convertido hoy en una realidad estereofónica que, como explica Evangelii gaudium, se desarrolla en ámbitos y contextos muy diferentes. 

7.- Una teología para la evangelización 

En resumen, el texto programático del Papa Francisco debe considerarse el punto de partida para repensar la teología de la misión e incluso la Iglesia de una manera nueva, que invita a ser concebida no ya de manera centralizada sino de manera "sinodal". A partir de esta Exhortación, es posible pues volver a reflexionar sobre cuál podría ser la mejor teología para la misionología contemporánea, pero también cuál es la estrategia misionera más eficaz para una teología que pretende abrirse al mundo actual. 

Reflexionando sobre estos imperativos, es necesario reiterar que la misión, entendida como continuación de la misma misión de la Trinidad; como continuación de la misión de Jesús que anuncia el Reino; como continuación en la proclamación del anuncio de que Cristo es el salvador del mundo, nunca pasará. Sin embargo, las formas de pensamiento a través de las cuales se comunica el Evangelio varían, y deben variar, según las culturas a las que está destinado. La principal tarea de la misionología, por tanto, es establecer qué, cuánto y cómo los fundamentos de la doctrina pueden adaptarse a las diferentes civilizaciones humanas. 

El misionero, según las tres definiciones de misión citadas, es aquel que, respondiendo a su propia vocación, participa de la vida misma del Dios Trinitario; libre en la medida en que Cristo fue libertador; y salva en la medida en que da testimonio del misterio de la cruz. Sin embargo, al realizar estas actividades, se hace constantemente necesario que el misionero mantenga un "diálogo contextual". En efecto, sólo a través de él podrá entrar en una relación real con las sociedades que pretende evangelizar. No hay, pues, contraste entre misión -entendida como anuncio de la Revelación- y diálogo, porque el ser y la acción misma de Dios son dialógicos. 

Una relación dialógica, incluso con religiones muy alejadas de la tradición cristiana, siempre es teóricamente posible porque la presencia de la gracia salvadora de Dios no se limita a la Iglesia y a cada hombre se le da la oportunidad de entrar en contacto con el misterio pascual. La teología de las religiones, que en los últimos años ha redescubierto la pneumatología, ha reconocido que el Espíritu de Dios actúa constantemente en lugares inesperados y de maneras que sobrepasan la comprensión humana. Desde este punto de vista, salir al encuentro de los demás puede reservar sorpresas y abrir un nuevo modo de comprender la profundidad y el misterio de la propia fe. 

En particular, las salidas misioneras, y por tanto la confrontación directa con múltiples contextos humanos, culturales y religiosos, exigen siempre a la teología de la misión repensar de una manera nueva las cuestiones centrales que caracterizan al cristianismo. Esto último, de hecho, se puede resumir en algunas nociones básicas: el misterio de Cristo, la naturaleza de la Iglesia, el futuro del hombre según las Escrituras bíblicas o la naturaleza de la salvación anunciada por el Evangelio. 

Quienes se ocupan de la misionología, impulsados ​​por la sensibilidad, el lenguaje y la cultura religiosa o filosófica a la que se encuentran enviados - a menudo muy diferentes e incompatibles con la cultura religiosa y filosófica cristiana - tienen, por tanto, la tarea de "formar". Mejor dicho, si bien la sustancia (de la doctrina) permanece invariable, debe darle forma para darle al mensaje cristiano una presentación formal que sea significativa y atractiva para la cultura en la que opera. 

Esta nueva narración de los misterios cristianos, o más bien esta exposición contextualizada de los mismos, puede ser realizada por la teología según tres sensibilidades diferentes. Aunque en dos mil años de historia la iglesia ha sido testigo de una proliferación de teologías, siempre ha habido, de hecho, tres sensibilidades diferentes en la transmisión de la doctrina cristiana: una más tradicionalista; uno más liberal; y uno más orientado a la liberación histórica. 

La preocupación del primero era y es de carácter puramente soteriológico, porque siempre ha estado encaminada a comunicar que Cristo es el único y verdadero salvador del mundo. La orientación del segundo, que se distingue claramente del anterior, se proyecta en cambio hacia la consecución de una verdad que nunca es total y claramente revelada. Al fijarse este objetivo, esta línea teológica recupera, al menos en parte, la contribución potencial que las culturas y las religiones pueden dar, con miras, sino a una evolución del dogma, al menos a un necesario y continuo desarrollo de la doctrina. La tercera perspectiva, sin embargo, siempre ha mirado con mayor atención a la historia, a sus dramas y a sus necesidades de liberación, paz y justicia, optando así por una orientación más ortopráctica. 

8.- La importancia de pensar en diferentes modelos 

Una evangelización y una misión que operan en el mundo de hoy deben preguntarse, por tanto, cuál es el mejor enfoque teológico para nuestro tiempo y para sus diversos y variables contextos. Sin embargo, ninguna de estas tres sensibilidades programáticas puede ignorarse totalmente, e incluso es posible combinarlas entre sí. 

El teólogo, por tanto, después de haber analizado las necesidades y particularidades del contexto, está llamado a elegir cuáles deben ser las prioridades y estrategias de su acción misionera. El único error que debe evitar es el de utilizar un modelo único de misión y teología para todos los contextos, como si todas las realidades culturales y sociales fueran iguales y cada una de ellas no requiriera ajustes específicos. 

Sin embargo, independientemente de las diferentes sensibilidades con las que se pueda abordar la misión, ésta debe mantener siempre cuatro imperativos: anuncio, diálogo, liberación de los pobres e inculturación. En los últimos años, cada uno de estos cuatro ámbitos ha sido objeto de reflexión teológica, sin duda, sin embargo, lo que estuvo en el centro del replanteamiento más radical fue sobre todo el último: la inculturación. 

En este sentido, son diversos los modelos de inculturación que se han desarrollado. De hecho, se pueden privilegiar o enfatizar diferentes caminos de acción, desde el que se centra en la traducción rígida de la tradición dogmática, hasta la ortopraxis de quienes favorecen la liberación y los valores del Reino de Dios, optando por un enfoque más antropológico, especialmente en contextos no estructurados culturalmente, o, por el contrario, adoptando una actitud contracultural, especialmente adecuada en contextos secularizados en los que es necesario examinar críticamente, a la luz del Evangelio, ciertas exasperaciones del relativismo ético y religioso contemporáneo. Algunos misioneros pueden optar por un posicionamiento dialógico o trascendental, enfatizando el encuentro y la relación, mientras que otros pueden evaluar un enfoque más sintético, para establecer, de vez en cuando, cuál puede ser la expresión más apropiada del cristianismo para una situación específica cultural. 

Sin embargo, ninguno de estos modelos es absoluto, porque la misión requiere flexibilidad, creatividad, imaginación y adaptabilidad al contexto. La enseñanza doctrinal desarrollada por el teólogo debe, por tanto, ser filtrada por el misionólogo, consciente de que no existe una única manera de evangelizar que se adapte a todos los contextos. Ésta es la tarea de la misionología, y la naturaleza última que distingue a esta disciplina de la teología, precisamente porque su primera tarea es conocer los diferentes entornos histórico-sociales y culturales, calibrando luego el anuncio de la doctrina en esos contextos particulares. 

9.- Poner la doctrina en contexto 

Por tanto, la teología necesita la misionología para volverse misionera. Sin este vestido, seguiría siendo monocromático, monovisual y monocultural. Sería como estar aprisionado en un monólogo que realmente no encuentra al otro y no hace que el cristianismo sea comprensible y significativo. Sin misionología, podríamos decir, la teología correría el riesgo de perder relevancia histórica y no podría abordar mejor las cuestiones y necesidades del hombre contemporáneo, independientemente de la cultura a la que pertenezca. 

Un anuncio teológico que sólo repite una tradición nacida en Occidente y formulada con lenguaje y categorías occidentales, ignorando la diversidad de lenguas, culturas, precomprensiones y cosmovisiones, tiene pocas esperanzas de arraigar en civilizaciones distintas a la occidental. Si bien es necesario preservar los fundamentos de la doctrina (católica), de nada serviría esa rica herencia dogmática si fuera expresión de un particularismo cultural y de una autorreferencialidad que no involucra ni dialoga. 

El servicio que la misionología presta a la teología y a la Iglesia en su conjunto es precisamente el de contextualizar la doctrina, asegurando que el anuncio sea vital, creíble y significativo. Sin embargo, precisamente porque asume la tarea de adaptar, releer y representar dogmas en función de los contextos, la obra del misionero ha sido a veces leída como un ataque a la "identidad". 

Al enfrentarse a esta sospecha, la misionología –más que otras disciplinas sistemáticas– cuestiona qué es la identidad cristiana, en qué consiste y a qué debe anclarse esencialmente. En la Iglesia son muchos los que reivindican la necesidad de mantener los fundamentos de la doctrina en la forma en que fueron concebidos y expresados ​​por Occidente. Ésta es la tarea del teólogo dogmático. El misionero, por su parte, no lo sería si ignorara que la doctrina de la Iglesia es en realidad la expresión de una única cultura y que, después de dos mil años, el cristianismo sigue esperando ser repensado según categorías no occidentales. . 

Una auténtica universalización del cristianismo – tan necesaria como siempre en el mundo poscolonial – pasa también por la apropiación de otros lenguajes y la reformulación de la fe a través de ellos, como también nos invitó a hacerlo San Juan Pablo II. De hecho, hay que reiterar que si bien la Palabra de Jesús puede ser absoluta, no es así con las coordenadas y categorías a través de las cuales se ha transmitido a lo largo de los siglos, especialmente en los países occidentales o en los países colonizados occidentales. 

Semejante operación es posible porque el misiólogo está siempre llamado a distinguir entre un núcleo inmutable - evidentemente el Evangelio - y la forma externa y accidental a través de la cual ha sido pensado a lo largo de los siglos, especialmente en ciertos ámbitos culturales. Al querer definirla a través de su trabajo conceptual, el misiólogo es pues quien se pregunta "¿qué es la Tradición?"; “¿cuánto es fundamental y cuánto es accidental?”; “¿qué se puede modificar o adaptar?”; “¿Qué superestructuras se han creado al occidentalizar (o latinizar) el Evangelio?”. 

10.- Posiciones avanzadas, pioneras y profecía 

En resumen, pues, aunque la misionología desempeña un servicio delicado y difícil, y a veces ambiguo, es ella la que decide el destino de la Iglesia, así como la misión crea las premisas para su expansión y crecimiento futuro. Podemos decir, por tanto, que la misionología nace de la teología, pero luego la lleva hacia horizontes que ella desconoce. 

Su pensamiento teológico es siempre una avanzada, un pionero y una profecía. Además, es claro que al tener un ritmo inductivo y una dirección saliente, la reflexión del misiólogo va como por delante, exponiéndose así a posibles riesgos e insuficiencias, a veces incluso errores. Este es, podríamos decir, el precio inevitable del anuncio, que sin embargo no debe frenar la inventiva del misionólogo, al que nunca le debe faltar una gran dosis de coraje. Por otra parte, si la "adaptación" puede ser a veces "riesgosa" para la identidad cristiana, un riesgo aún más grave sería para la Iglesia seguir repitiendo fórmulas que ya no significan nada para el hombre secularizado de la vida contemporánea, y mucho menos para lo que viene de otras culturas religiosas. 

Una teología -sin misión- que no "sale" corre el riesgo de convertirse en expresión de una visión eclesial solipsista, que no "encuentra" ni "enfrenta". Sería la expresión de una Iglesia que corre el riesgo de aislarse porque sigue "incomprendida" y "no progresa". En otras palabras, un miedo excesivo a perder o contaminar la identidad tradicional puede resultar en irrelevancia pública. 

Por el contrario, para ser significativa en el contexto actual, la misión debe pasar por una acomodación que tenga una forma doble y opuesta: la del desarrollo de la doctrina, en la línea de las frecuentes referencias del Papa Francisco a Vicente de Lerins; o la de la simplificación, tras los numerosos misioneros que han reiterado que una misión eficaz exige un retorno a la esencia del anuncio y a su referencia bíblica. Cristo y su evangelio, de hecho, no pueden parecer ajenos a ningún hombre, pero ciertas institucionalizaciones derivadas de la cultura romana o ciertas formulaciones lingüísticas ligadas a la filosofía occidental pueden resultar incomprensibles. 

Además de la simplificación, una misión adecuada a nuestro tiempo requiere también un replanteamiento real de las estructuras de la Iglesia, así como la exposición de sus doctrinas a través de una gramática actualizada y actualizada. Así se crean las condiciones para un auténtico desarrollo de la doctrina. 

De hecho, la guerra contra el secularismo, incluida la confrontación con la pluralidad religiosa, no puede ganarse con una estrategia de "trinchera". Para vencer este desafío, por el contrario, la Iglesia tendrá que "comunicarse" de una manera nueva y, más aún, "repensarse". El camino sinodal actual va exactamente en esta dirección y es funcional a las necesidades de un cristianismo que redescubre la importancia de la misión para volver a ser significativa en Occidente y penetrar allí donde aún hoy, por diversas razones, no ha llegado. 

La transformación misionera esperada por el Papa Francisco en Evangelii gaudium, sin embargo, no puede encontrar cumplimiento y realización sin una espiritualidad adecuada. Él mismo, en su Exhortación, lo destaca. El Espíritu, de hecho, crea puentes y diálogo incluso allí donde la dialéctica teológica parece no encontrar apoyo. Una espiritualidad misionera consciente ayuda porque nos enseña a "dejarlo ir" y a "hablar claro". Solamente en y a través del Espíritu Santo es posible abandonar las superestructuras y los complejos de superioridad ilusorios, desarrollando al mismo tiempo la confianza en la fuerza de la simple evidencia del Evangelio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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