miércoles, 22 de enero de 2025

Hacia el misterio de la Navidad de la mano de Jean Paul Sartre.

Hacia el misterio de la Navidad de la mano de Jean Paul Sartre 

La Navidad es tan sorprendente que, a veces, incluso ateos empedernidos se rinden a ella, quizá no tanto para creer como para pensar, lamentando no poder creer

Es lo que le ocurrió a uno de los más grandes filósofos y exponente del existencialismo francés del siglo XX, Jean Paul Sartre, quien, en junio de 1940, tras ser detenido por los alemanes, fue trasladado a Alemania, al campo de prisioneros de Tréveris, donde permaneció hasta abril de 1941. 

Allí conoció a algunos sacerdotes, entre ellos el abad Marius Perrin, con quien entabló amistad. 

En este contexto nació la idea de una obra de teatro, que Sartre escribió para la Navidad de 1940: "Bariona, ou le Fils du tonnerre" (Bariona: el hijo del trueno). 

En esa época, Sartre seguramente ya tenía en la cabeza el esbozo de su obra mayor, El ser y la nada, verdadero fundamento del existencialismo francés, que no empezaría a redactar hasta 1943. 

Durante su encarcelamiento, Sartre quedó impresionado por la figura de María de Nazaret, especialmente por el valor de esta muchacha al desafiar los poderes de su época, las numerosas adversidades y pruebas para traer al mundo al niño que se creía el Mesías

En este relato emerge un Sartre inédito, muy alejado de la visión nihilista de Roquentin, el personaje de su novela más famosa, "La Náusea", que le valió el Premio Nobel de Literatura, que afirma que todo lo que existe es contingente, es decir, que no tiene razón de ser, ya que podría incluso no existir. 

Por el contrario, es un Sartre desarmado y desplazado por este acontecimiento del nacimiento de Jesús. 

El Sartre que en otras obras escribirá que "los otros son el infierno", o que "el hombre es una pasión inútil", o de nuevo que "el hombre es un dios extrañado", o peor aún que "el hombre es aquel a través de cuya libertad la nada entra en el mundo", durante su encarcelamiento experimentará la fragilidad humana pero también la solidaridad de la que es capaz el ser humano en momentos de dolor. 

Entre los presos verá de qué mal es capaz el ser humano, pero también de qué bien es capaz para salvar una vida. Experimentará en esa experiencia un atisbo de luz posible, que si bien no vence a todas las tinieblas, ciertamente no sucumbe del todo. 

Lo que llama la atención en este relato es la delicadeza con que describe la figura de María, la madre de Jesús. 

Es cierto, en efecto, que a veces los ateos están más cerca de Dios que muchos creyentes que afirmamos tener a Dios casi en el bolsillo

Quizá el ateísmo de Sartre, como tantas otras formas de ateísmo que han surgido en la historia de la filosofía, deba leerse más como un rechazo de cierto cristianismo equivocado que como una negación de Dios. 

En Sartre, como en tantos otros escritores que se han declarado ateos, hay una religiosidad fuera de la religión, una religiosidad sin fe que en el momento oportuno aflora y se expresa en las formas elevadas del espíritu humano. 

Porque Dios, al fin y al cabo, no es una evidencia que demuestra que existe, sino un Misterio que inquieta a los corazones pensantes, hechos buscadores. No es una respuesta, sino una pregunta que todos llevamos dentro. 

Una pregunta que la Navidad ayuda a mantener encendida, más allá de toda adhesión y más allá de toda negación. Más allá de toda explicación y más allá de toda convicción. 

La Navidad es vértigo, porque nos pone en contacto con lo imposible: que existe Dios y que también se hace hombre. ¿Dónde está la respuesta? No acabo de saberla del todo. 

Hoy intento encontrarla en la imagen humana y divina de la madre con el niño en brazos, metáfora y símbolo de toda madre y de su hijo. Porque, creyentes o no creyentes, una verdad es cierta: ¡que la vida es una larga pausa entre dos abrazos! 

Y si esto es cierto, entonces podría ser verdad que después de que fue Dios quien sostuvo al ser humano en sus brazos, es ahora el ser humano, a través de una mujer, esposa y madre, quien sostiene a Dios en sus brazos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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