Las manos fuera de la Navidad
En medio de toda la algarabía, "Manos fuera de la Navidad".
Como si las fiestas fueran cosa comercial y sólo fuera eso lo que reluce en los escaparates. Más que la Navidad, en los últimos años vamos viviendo el carnaval del consumismo y la ostentación.
Hay
que reconocerlo. Hoy no hay tertulia televisiva o telediario en el que la
fiesta más profunda y espiritual de la fe y la tradición cristianas no se
esgrima como una presa a la que cebar para luego consumir a final de año. Entre
el bullicio de las calles comerciales en los centros comerciales, las
aglomeraciones en los restaurantes o los supermercados.
La ya lejana en el tiempo pandemia bastaría para inducirnos a una toma de conciencia más cautelosa y a un comportamiento más prudente, en cualquier caso diferente de lo que ha ocurrido en años anteriores.
Por el contrario, asistimos al mismo frenesí, a las mismas ganas de evasión y "locura". A una reivindicación colectiva (no sólo por parte de los comerciantes) del derecho a gastar, a regalar, a consumir. Hasta un más que cuestionable derecho al derroche en todos los sentidos.
Los minoristas se encuentran en una situación desesperada, es cierto. Muchos de ellos atraviesan una crisis que en muchos casos pone en serio peligro su supervivencia en el mercado.
Estamos viviendo una glaciación económica que afecta a la cesta de la
compra del cada día. Y es justo que, tomando todas las medidas necesarias, el
gobierno permita las compras.
Dicho esto, el dramático momento que atraviesa la humanidad entera no puede dejarnos insensibles.
La Navidad es quizás, y no sólo
para los creyentes, el momento más íntimo y espiritual, una oportunidad única
para reflexionar sobre el sentido de la vida. Y para recordar, en el caso de
los creyentes cristianos, la venida de Jesucristo a la tierra, para traer la Buena Nueva, su mensaje de salvación y esperanza.
Y Dios sabe que lo necesitamos, al final de cada año.
Unas palabras del Papa Francisco dichas en su momento parecen una vez más
proféticas y deberían iluminar el complicado camino en el que nos encontramos.
"Una vez superada la crisis, la
peor reacción sería caer aún más en un consumismo febril".
No podemos, no debemos volver atrás, éste era el
corazón de su mensaje. En este sentido, la epidemia del dolor y sufrimiento, en
cualquiera de sus múltiples y diversas formas (es suficiente con asomarse cada
día a los medios de comunicación) - kayros, lo llamaban los griegos -
podría ser como una llamada a tratar de renacer a una nueva vida. Posiblemente
a una mejor.
Los muchos, los nuevos o no tanto, y diferentes virus, enemigos de la humanidad, quizá nos "obliguen" a volver al verdadero sentido de la Navidad. El que está hecho de oración, de recogimiento, de afecto familiar.
No más júbilo con regalos, sino un paréntesis aún más íntimo para
redescubrirnos a nosotros mismos y nuestros seres queridos. Eso sí que sería un
buen regalo para nosotros mismos.
Lo necesitamos, ahora y siempre, en un difícil
renacimiento que tendría que ser individual, personal, antes incluso de ser
colectivo. Si lo conseguimos, si redescubrimos nuestra alma, será uno de los
legados positivos de la Navidad de hoy y mañana.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



No hay comentarios:
Publicar un comentario