Hermana muerte
San Francisco de Asís llamó hermano al lobo que mataba, al alcalde que oprimía, al bandolero que saqueaba, y antes de morir añadió un nuevo verso a su Cántico de las Criaturas que hablaba de la muerte, para cambiarla y quitarle el aguijón de la desesperación.
No soy quién para aproximarme a las delicadas cuestiones de la dignidad de la vida y de la muerte en la cultura contemporánea. Es decir, en una sociedad individualizada, secularizada, que casi podría calificarse de engañada. No es inteligente una sociedad que dice que vales si eres independiente. El poeta anglicano John Donne decía, al contrario: "nadie es una isla, todos estamos conectados".
En un país como el nuestro en el que, por ejemplo, la media de edad es decididamente alta, incluso el tema de la muerte adquiere fácilmente una valencia que ya no es metafísica sino fuertemente corporal y humana, que requiere, por ejemplo, el compromiso de permanecer cerca de los ancianos y los enfermos, y el esfuerzo de elegir palabras para ayudarles a sentirse mejor. El de acompañar a los ancianos es, de hecho, uno de los logros que la sociedad debe alcanzar: exactamente lo contrario de los tiempos de Esparta, cuando arrojaban a los niños discapacitados por el acantilado. Y hoy la misma lógica es con los ancianos: no producen, consumen, son una carga, hacen colapsar la economía del país y no pueden hacernos progresar.
Sin embargo la muerte no es de un grupo, no es religiosa, sino que es de todos, de los que vinieron antes y de los que vendrán después. Un problema es que apenas se habla de la muerte, cuando hay que tratarla no encontramos las palabras, y esto la ha convertido como en una nueva pornografía. Yo siempre digo que no creo en la otra vida porque cuando recito el Credo esta palabra no está. En cambio, digo que creo en la vida eterna, que no termina, y la muerte no la bloquea, si acaso la transforma. De hecho, cuando Jesús resucita, no es el alma, sino el cuerpo en carne y hueso, con las señales de los clavos en sus manos y de la lanzada en su costado. Los cristianos no son los que creen en la inmortalidad del alma, sino en la resurrección de la carne. Y esta reflexión es propedéutica para la comprensión de nuestra sociedad y de esos modelos con los que tenemos que lidiar cada día. Si se hace propaganda diciendo que sólo se vive si se está sano y fuerte, se acaba convenciendo de la dignidad de la así llamada ‘buena muerte’.
Creo que es necesario reflexionar sobre la dignidad de la muerte y el valor de la vida no como una opinión para elegidos y creyentes, sino como un tema de debate abierto y sustancialmente compartido con todos, de carácter laico. El paraíso o la vida eterna es cuando nos damos la mano y nos amamos, cuando visitamos a los ancianos en el hospital o a los que están en la cárcel. Su sonrisa es el paraíso o la vida eterna, cuando están en una situación dramática y tú, con tu vida, les cambias la cara. A los que hablan de una vida después de la muerte en la que, convenientemente, sólo se puede pesar una vez terminada la vida terrenal, hay que recordarles que el juicio comienza cuando negamos el agua, la acogida, la vida, el amor, la cercanía… El juicio no llega al final, sino hoy, cuando el cielo ya está en la tierra.
Cuál debiera ser el compromiso me pregunto a veces. Creo que estaría en la línea de acompañarnos siempre, de principio a fin. La dirección correcta es la belleza y la fascinación de ir siempre de la mano. Por supuesto, no para ir a saltar al vacío sino para acompañarnos. Ahí, estoy convencido de que ir de la mano en el último momento de la vida es una gracia que todos deberíamos tener, y ese apretón de manos ni siquiera la muerte lo borra. De hecho, la borramos después de haber muerto y no antes. Ese es el secreto de un bien morir y de la felicidad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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