Recuperar el Belén
Hay muchos belenes.
También está el Belén de las palabras: las de los más pequeños en sus poemas, las que escribimos (o reciclamos) en Whatsapp, las palabras rezadoras que quizá hayamos perdido, pero que sin embargo son imprescindibles para dar sentido a lo que vivimos en estos días, como cristianos, pero también como personas que quieren vivir bien unas fiestas que ya no son sólo cristianas.
Porque no hay nada más empalagoso que la retórica de las grandes ocasiones, de repetir los deseos de Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo con palabras gastadas.
Hay un pesebre de palabras. Las que se quedan con nosotros como un eco de estos últimos meses del presente año, vividos en medio de preocupaciones y temores tanto locales como globales, a menudo ligados al dolor y al sufrimiento.
El Belén tiene entonces las palabras de la crisis... de todas y de cada una: vidas humanas rotas, violencia contra los niños y las mujeres, guerras de mafias del norte y del sur (incluida las mafias del "capital"), luchas de poder y corrupción, sofismas políticos, intereses económicos, rabia y odio hacia los pobres y los emigrantes, medidas financieras tantas veces fruto de políticas de "equilibrio" y políticas sociales poco auténticas. Palabras a veces lejanas, otras veces tan cercanas.
Quienes soñamos para que el mundo y la historia se libren de estas palabras no querríamos recordarlas en Navidad, pero también sabemos que olvidarlas convierte el Belén en una coreografía utópica e ilusoria.
La Navidad es también estas palabras, es más, en muchos sentidos es más verdadera la Navidad cuando las asume, les da sentido, les aporta realismo, verdad y fuerza, las redime.
Hay un pesebre de palabras. Las personales, las que entretejen mente y corazón en nuestras historias cotidianas de afecto y trabajo, de amistad y soledad, de serenidad y tristeza.
En el pesebre, quisiéramos esconderlas o compartirlas con muy pocos, porque sólo quien las vive sabe lo que cuestan, sólo quien las sufre conoce el dolor, sólo quien las disfruta conoce la alegría.
Son las palabras que dicen la medida de la Navidad, que hacen brillar el Belén con una luz sana y serena. Son las palabras que defendemos con pasión y que quisiéramos ver preservadas y vigorizadas por el Belén de aquella primera Navidad.
Depositarlas en él y recoger sus frutos cada día asegura la continuidad de la fiesta en lo cotidiano, la rescata de la retórica o de la melancolía, haciendo que la Navidad sea tan sencilla como sobria.
Hay un pesebre de palabras, o más bien de silencio. El de Belén.
Allí, el silencio es una advertencia para todo abuso y uso instrumental del lenguaje, para la política gritona y vulgar, para los propagadores del odio y de la maldad, para los que usan el nombre de Dios para engañar y ofender, para los que disparan o siembran dolor y muerte aquí o en otros lugares.
En aquel primer Belén el Niño reina sin pronunciar una palabra más alta que la otra. Y a Él le gusta mucho el silencio, el balbuceo y la sonrisa. Todo ello con complicidad e inocencia elocuentes.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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