La austeridad como cultura
La crisis económica nos ha obligado a aceptar lo que es esencial y lo que no lo es. Es cierto que algunas renuncias han sido, y serán cada vez más, dolorosas en términos de gratificación individual y colectiva. Pero pensar en nosotros como usuarios, y ya no sólo como consumidores, no es necesariamente algo malo. Por supuesto, nadie es tan insensato como para cambiar sobriedad por pobreza: quienes pretenden avanzar por ese camino se ejercitan en una demagogia despreciable cuyos efectos no son difíciles de identificar en una depresión generalizada con la consecuencia inevitable de hacer retroceder a la sociedad a un estadio casi bárbaro. Es posible, sin embargo, avanzar en tiempos de vacas flacas por la vía de la austeridad de las costumbres y del consumo, del estilo de vida en suma, después de haber persistido durante tanto tiempo en torno a una complacencia narcisista sobre nosotros mismos alimentada por la certeza de poder contar con recursos inagotables, aunque sea a costa del medio ambiente y de las relaciones humanas.
Casi todos coinciden -economistas, sociólogos, estudiosos de los cambios sociales e individuales, observadores de tendencias- en que el consumismo y sus efectos asociados deben considerarse relegados a una época que difícilmente revivirá. Añaden que conviene equiparse psicológicamente, sobre todo, para los nuevos tiempos si no queremos seguir siendo prisioneros de un pasado que, por decirlo con un mínimo de honestidad intelectual, ha estado más atravesado por las sombras que por la luz. Y, tal vez, sea precisamente por eso por lo que hemos acabado tan mal.
Seguramente no es malo que el exceso de materialismo práctico, representado por el consumismo compulsivo, nos enfrente a nuestro destino de despilfarradores de recursos y codiciosos destructores de la naturaleza y de nuestra propia alma en relación con la belleza, la cultura, la reflexión sobre el tiempo, la fugacidad de lo que como sucedáneo debería llenar nuestras existencias no teniendo nada más a lo que recurrir que a la devastadora abundancia de lo superfluo sólo para sumergirnos en algo que dé sentido al paso de nuestras vidas.
Al margen de las consideraciones que serían (y son) legítimas sobre la irremediable brecha entre zonas muy ricas del planeta y otras (mucho mayores) muy pobres, imagino que ha llegado el momento de ajustar cuentas con nosotros mismos redescubriendo el placer de vivir sin excedernos y de no morir cubiertos de la escalofriante inutilidad que llena nuestros armarios y nuestras casas, que, lejos de ser objetivamente bellas y confortables, son en su mayoría almacenes en los que amontonamos de todo sólo porque nos mueve un insano impulso de posesión.
El redescubrimiento del placer de las pequeñas cosas, de las cosas que dan auténtica alegría, puede incluso ayudar a reconectarnos con una visión austera, pero no gris ni mortal, de la existencia. Consciente de formar parte de una minoría y de atraer las críticas de los "desarrollistas", creo que cierta cultura y ritmo de vida han devastado a individuos, familias y comunidades.
Lo que me gustaría subrayar en las circunstancias actuales es el desconcierto ante las obscenas catedrales del consumo donde uno encuentra de todo y descubre, al volver a casa, que ha comprado lo irrelevante, lo inútil, lo inesencial. La alegría de poder elegir por fin, limitándose a incursiones donde uno sabe lo que va a encontrar, y no dejándose elegir por el guiño de la oferta, debería hacer que el consumidor volviera a ser árbitro de sí mismo, responsable de sus gustos y tendencias, protagonista de un mercado que nadie debería condicionar, y sobre todo animarle a preferir la calidad a la cantidad. Todos hemos experimentado el deambular por fríos hipermercados donde de las estanterías salen solicitaciones que mueven la mano del comprador que casi nunca es consciente del gesto realizado. ¿Qué se llevan sino una ilusión de abundancia que la mayoría de las veces es innecesaria?
La austeridad por la que quizá debamos abogar es una forma de vida que, por muy apremiada que esté por las contingencias, no sólo no hace daño, sino que produce una pequeña revolución interior que si coincide con una disminución de las ilusiones consumistas, no creo que sea mala. La austeridad, en otras palabras, bien entendida, debería hacernos redescubrir la sencillez de las pequeñas cosas e introducirnos en una dimensión más natural y comunitaria, en la que incluso la lentitud se convierte en un valor mientras que hasta ahora se veía como un hándicap. Y, sobre todo, debería limitarse el despilfarro de recursos espirituales en favor de una mayor autoconciencia dentro de un universo complejo que ha sido perversamente injusto y cruel reducir a una simple "cosa" para sugerir el máximo de placer efímero, cediendo al señuelo de las agencias de consumo y las culturas de la materialidad y el relativismo para las que la máxima de las pasiones a las que dedicarse debería ser el acaparamiento de bienes.
De la "producción" de codicia a la de prodigalidad y frugalidad, el paso es sin duda largo. Pero eso no quiere decir que no pueda hacerse. Si no se comprende, saldremos de cualquier crisis abrazando una sutil revolución destinada a durar y a cambiar nuestro modo de vida que nadie puede imaginar peor que el que hemos conocido, venerado, santificado durante los últimos años.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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