El objetivo de la Ley - San Mateo 5, 17-37 -
Otro de los Evangelios «imposibles»: si todos los que llaman loco o estúpido a un hermano
en un arrebato de ira fueran llevados a los tribunales o acabaran en el
infierno, no habría ningún hombre libre en la tierra y, en el cielo, Dios
estaría solo, entristecido en su paraíso vacío.
El mismo Jesús parece contradecirse: afirma la
inviolabilidad de la ley hasta en los más mínimos detalles y transgrede la
norma más importante, el descanso del sábado. Pero cada una de sus palabras converge
hacia un objetivo: hacer aflorar el alma secreta, ir al corazón de la norma.
El Evangelio no es un manual de instrucciones, con
todas las reglas ya listas para su uso, ya definidas y aplicables. El
Evangelio es maestro de humanidad, no nos permite dejar de pensar con nuestra
propia cabeza, convoca nuestra conciencia y la responsabilidad de nuestros
actos, que no debemos delegar en ningún legislador.
Por eso hay que tratar de leer más profundamente y ver
que Jesús cumple la ley en dos líneas: la línea del corazón y la línea de la
persona.
- La
línea del corazón. Se dijo: no matarás; pero yo os digo:
cualquiera que se enoje con su hermano, es decir, cualquiera que alimente
dentro de sí ira y rencor, ya es en su corazón un homicida. Jesús va a
la fuente, al laboratorio donde se forma lo que luego saldrá al exterior como
palabra y gesto: vuelve a tu corazón y cúralo, entonces podrás curar toda la
vida. Va a la raíz que genera la muerte o la vida: «El
que no ama a su hermano es un asesino» (1Jn 3, 15). La
falta de amor mata. No amar a alguien es quitarle la vida; no amar es para ti
una muerte lenta.
- La
línea de la persona. Si miras a una mujer con deseo, ya eres
adúltero... No dice: si tú, hombre, deseas a una mujer; si tú, mujer,
deseas a un hombre. No es el deseo lo que se condena, sino ese «para», es
decir, cuando te esfuerzas con gestos y palabras con el fin de seducir y poseer
al otro, cuando tramas para reducirlo a tu objeto, pecas contra la grandeza y
la belleza de esa persona. Es un pecado de adulterio en el sentido
original del verbo adulterar: tú alteras, falsificas, manipulas, empobreces a
la persona. Le robas el sueño de Dios, la imagen de Dios. Porque
reduces a un cuerpo anónimo a él o ella, que en cambio son abismo y cielo,
profundidad y vértigo. Pecas no tanto contra la moral, sino contra la persona,
contra la nobleza, la singularidad, lo divino de la persona.
El objetivo de la ley moral no es otro que custodiar,
cultivar, hacer florecer la humanidad del hombre.
Con este fin, Jesús propone un único salto de calidad:
el retorno al corazón y a la persona. Entonces el Evangelio es fácil, muy
humano, feliz, incluso cuando dice palabras que dan vértigo. No añade fatiga,
no busca héroes, sino hombres y mujeres verdaderos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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