¿Y si simplemente volvemos al Evangelio?
Pienso que la Biblia es sobre todo una narración, es
decir, un relato.
¿De qué manera podemos redescubrir los Evangelios como
una narración contada? ¿Podemos leer los Evangelios como una narración
alrededor de la mesa? ¿Qué ganamos al leer los Evangelios así? ¿Qué
posibilidades nos abre para una catequesis más viva y eficaz?
A veces me pregunto, si pudiera elegir a uno de los Evangelistas
para llevarlo conmigo, ¿a quién elegiría? ¿Prefiero tener a Marcos, Mateo, Lucas
o Juan conmigo?
Por supuesto, los cuatro evangelios tienen su belleza
y su propio carácter.
Juan tiene una riqueza de palabras y de teología que
es formidable para la catequesis —basta pensar en el Prólogo, Jn 1,1-18—, pero
a menudo habla mucho para decir algo (¡aunque sea teológicamente profundo y
sugerente!).
Lucas es refinado, con un bonito acento en la
misericordia: ¿quién no conoce las parábolas de la misericordia de Lc 15 (la
oveja y la dracma perdidas, y el hijo pródigo), o las palabras de Jesús en la
cruz al buen ladrón (Lc 23,39-43)?
Mateo nos presenta al Jesús que enseña (por ejemplo,
las bienaventuranzas en Mt 5,3-10, por citar solo una), pero luego es muy seco
en varios de los relatos.
Marcos, por otro lado, es bueno contando historias,
muy realista, dando una vivacidad a lo que dice que a menudo se pierde cuando
encontramos el mismo relato en los otros Evangelios.
Muchos estudiosos piensan que el Evangelio según
Marcos es el más antiguo de los cuatro, al menos en la forma en que nos ha
llegado.
En muchos aspectos es un Evangelio casi crudo, con un
Jesús más humano, más inmediato que los demás, y los discípulos presentados de
forma poco halagüeña…
Tal vez si tuviera que elegir a un Evangelista para
que me hablara de Jesús, probablemente votaría por Marcos.
Sin embargo, es importante recordar que una de las primeras
decisiones de la Iglesia - como dice San Ireneo - fue conservar los cuatro Evangelios,
o mejor dicho, a los cuatro Evangelistas, porque el Evangelio es uno, el Evangelio
(= la Buena Nueva) de Jesucristo según Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Casi como para subrayar que el misterio de Jesús, el Cristo,
no se puede agotar con una sola presentación.
Pero, ¿por qué insistir en el Evangelio como relato?
Porque, si no, perdemos su frescura. Estamos tan
acostumbrados a hablar de los Evangelios, a leer los Evangelios, a hacer
catequesis sobre los Evangelios, que nos olvidamos de contar o narrar
los Evangelios.
Incluso en la Iglesia, muchas veces nos distraemos con
todas las hojas de cantos y lecturas, moniciones a diestro y siniestro,
moralina espiritualoide,…, que no escuchamos
la Palabra.
Y parece que los Evangelios nacieron así: no como escritos
sino como relatos contados.
Si leemos el Evangelio según Marcos, en particular, se
puede ver claramente que es una serie de relatos, de historias que apuntan a
Jesús, pero que no nacen como un único relato unitario, sino como viñetas.
Y Marcos, el Evangelista, fue más que nada un redactor
que recopiló estas historias —la tradición dice que era discípulo de San Pedro—
y las reunió para hacer un relato unificado.
Volviendo al relato contado, entonces, podemos
vincularnos de alguna manera a ese antiguo kerygma
(= predicación) de la Iglesia primitiva.
No a teologías complejas y refinadas, tampoco a
moralismos, ni siquiera a prolijas nociones espirituales,…, sino el
encuentro con la persona de Jesucristo a través del relato evangélico.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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