La Cuaresma como llamada de atención del cristiano
Tres «pilares» estructuraban y estructuran la vida religiosa de los judíos: la limosna, la oración y el ayuno.
El judío «justo» las practica con convicción, como
acciones marcadas por la bondad, pero lo cierto es que en cualquier
comportamiento religioso todo puede corromperse: los seres humanos sabemos
pervertir las buenas acciones en acciones animadas por otras intenciones, o
marcadas por un estilo inadecuado para ellas, y así acabamos realizando obras
perversas.
Es significativo que a veces Jesús no acuse ni nombre
a nadie en particular, sino que, en general, se refiera a quienes practican los
mandamientos de Dios con una intención y un estilo absolutamente incoherentes
con la voluntad del mismo Dios.
También los cristianos, también nosotros, somos presa
de la tentación de actuar según la Ley de Dios, pero buscando que nuestro
esfuerzo, nuestra bondad, sea visto por los demás, tal vez «con
buenas intenciones», para «dar buen ejemplo».
Así, ya no mantenemos la mirada fija en Dios, sino que
buscamos la mirada de los demás sobre nosotros, hacemos «espectáculo», religioso,
pero siempre espectáculo, y ya no somos dignos de ser mirados y recompensados
por Dios.
Ay de quien piense que es un modelo para los demás: no
solo es falta de humildad, sino también sentirse justo, lo que impide que el
Señor, que es médico de nuestras almas, se encuentre con nosotros para
sanarnos.
La verdad de nuestras acciones solo aparecerá en el
juicio, cuando Dios manifieste también los pensamientos de nuestro corazón.
Practicar la limosna, es decir, compartir los bienes con sentimientos de misericordia y compasión por los necesitados, es justicia según los sabios de Israel (cf. Sir 3,30), vale tanto como los sacrificios ofrecidos a Dios (cf. Sir 35,4), porque cerrar el corazón a los necesitados hace que Dios cierre su corazón a quienes no ven al hermano o a la hermana que sufre. Hacer limosna —decían también los sabios— significa obtener de Dios la remisión de los pecados (cf. Tb 12,9).
Jesús confirma esta práctica, pero advierte contra
toda ostentación: ¡no hay ninguna razón para hacerse ver cuando se hace el
bien! Por el contrario, es más necesario que nunca tener fe en un Dios que es
Padre, que ve lo que hacemos sin cálculos y en secreto, y que apreciará
nuestras obras.
Jesús exige la misma actitud en la oración. Existe una
oración pública para el Pueblo de Dios, la asamblea litúrgica, pero también en
ella hay un estilo propio del discípulo de Jesús.
En primer lugar, debe ser una oración sencilla,
sobria, convencida, seria. No se necesitan oraciones interminables, largas,
como si Dios exigiera ser adulado, rezado,…, como piensan y hacen los paganos.
También la religiosidad de los cristianos es juzgada
por su fe, que la norma y la purifica constantemente. Por lo tanto, no hay que
ostentar la propia devoción en medio de los demás, arrodillándose cuando todos
están de pie, o estando de pie cuando los demás están sentados, ni tampoco
ponerse a rezar en lugares públicos (esquinas, rincones de las plazas).
¡Hacerlo así es caricaturizar la oración cristiana!
De ahí la necesidad de verificar la calidad de la
oración común, realizada en la asamblea litúrgica, con la oración personal, en
la propia habitación, en la propia habitación, en el secreto y en la intimidad
del cara a cara con Dios. Sí, Dios ve, y eso debe bastar.
Lo mismo ocurre con el ayuno, una práctica esencial
para la vida espiritual, para grabar en toda nuestra persona, cuerpo y
espíritu, que «no solo de pan vive el hombre» (Dt 8,3; Mt 4,4; Lc 4,4), para
aprender a someter las necesidades y los impulsos, para ejercitarnos en decir
no a las tentaciones; pero si ayunamos para ser admirados en nuestra virtud,
incluso el buen contenido de esta acción se corrompe.
También la práctica de estas tres exigencias
espirituales reclama atención y vigilancia: si, por ejemplo, ayunamos pero
luego nos ponemos nerviosos, agresivos, y dejamos de ser mansos y joviales con
quienes nos rodean, mejor no ayunar.
Todo lo que hacemos —limosna, oración, ayuno— o nos
ayuda a ser más capaces de amar o, de lo contrario, no debe practicarse, porque
el amor, la caridad, es el sentido, el fin de toda ley y disciplina.
Somos discípulos de Jesús, que practican el
mandamiento nuevo y definitivo del amor mutuo (cf. Jn 13,34; 15,12), ¡no
discípulos de un maestro espiritual que solo nos ha enseñado disciplinas y
métodos para una vida de ascesis y perfección moral!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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