jueves, 19 de febrero de 2026

La Cuaresma como llamada de atención del cristiano.

La Cuaresma como llamada de atención del cristiano

Tres «pilares» estructuraban y estructuran la vida religiosa de los judíos: la limosna, la oración y el ayuno.

 

El judío «justo» las practica con convicción, como acciones marcadas por la bondad, pero lo cierto es que en cualquier comportamiento religioso todo puede corromperse: los seres humanos sabemos pervertir las buenas acciones en acciones animadas por otras intenciones, o marcadas por un estilo inadecuado para ellas, y así acabamos realizando obras perversas.

 

Es significativo que a veces Jesús no acuse ni nombre a nadie en particular, sino que, en general, se refiera a quienes practican los mandamientos de Dios con una intención y un estilo absolutamente incoherentes con la voluntad del mismo Dios.

 

También los cristianos, también nosotros, somos presa de la tentación de actuar según la Ley de Dios, pero buscando que nuestro esfuerzo, nuestra bondad, sea visto por los demás, tal vez «con buenas intenciones», para «dar buen ejemplo».

 

Así, ya no mantenemos la mirada fija en Dios, sino que buscamos la mirada de los demás sobre nosotros, hacemos «espectáculo», religioso, pero siempre espectáculo, y ya no somos dignos de ser mirados y recompensados por Dios.

 

Ay de quien piense que es un modelo para los demás: no solo es falta de humildad, sino también sentirse justo, lo que impide que el Señor, que es médico de nuestras almas, se encuentre con nosotros para sanarnos.

 

La verdad de nuestras acciones solo aparecerá en el juicio, cuando Dios manifieste también los pensamientos de nuestro corazón.



Practicar la limosna, es decir, compartir los bienes con sentimientos de misericordia y compasión por los necesitados, es justicia según los sabios de Israel (cf. Sir 3,30), vale tanto como los sacrificios ofrecidos a Dios (cf. Sir 35,4), porque cerrar el corazón a los necesitados hace que Dios cierre su corazón a quienes no ven al hermano o a la hermana que sufre. Hacer limosna —decían también los sabios— significa obtener de Dios la remisión de los pecados (cf. Tb 12,9).

 

Jesús confirma esta práctica, pero advierte contra toda ostentación: ¡no hay ninguna razón para hacerse ver cuando se hace el bien! Por el contrario, es más necesario que nunca tener fe en un Dios que es Padre, que ve lo que hacemos sin cálculos y en secreto, y que apreciará nuestras obras.

 

Jesús exige la misma actitud en la oración. Existe una oración pública para el Pueblo de Dios, la asamblea litúrgica, pero también en ella hay un estilo propio del discípulo de Jesús.

 

En primer lugar, debe ser una oración sencilla, sobria, convencida, seria. No se necesitan oraciones interminables, largas, como si Dios exigiera ser adulado, rezado,…, como piensan y hacen los paganos.

 

También la religiosidad de los cristianos es juzgada por su fe, que la norma y la purifica constantemente. Por lo tanto, no hay que ostentar la propia devoción en medio de los demás, arrodillándose cuando todos están de pie, o estando de pie cuando los demás están sentados, ni tampoco ponerse a rezar en lugares públicos (esquinas, rincones de las plazas). ¡Hacerlo así es caricaturizar la oración cristiana!

 

De ahí la necesidad de verificar la calidad de la oración común, realizada en la asamblea litúrgica, con la oración personal, en la propia habitación, en la propia habitación, en el secreto y en la intimidad del cara a cara con Dios. Sí, Dios ve, y eso debe bastar.



Lo mismo ocurre con el ayuno, una práctica esencial para la vida espiritual, para grabar en toda nuestra persona, cuerpo y espíritu, que «no solo de pan vive el hombre» (Dt 8,3; Mt 4,4; Lc 4,4), para aprender a someter las necesidades y los impulsos, para ejercitarnos en decir no a las tentaciones; pero si ayunamos para ser admirados en nuestra virtud, incluso el buen contenido de esta acción se corrompe.

 

También la práctica de estas tres exigencias espirituales reclama atención y vigilancia: si, por ejemplo, ayunamos pero luego nos ponemos nerviosos, agresivos, y dejamos de ser mansos y joviales con quienes nos rodean, mejor no ayunar.

 

Todo lo que hacemos —limosna, oración, ayuno— o nos ayuda a ser más capaces de amar o, de lo contrario, no debe practicarse, porque el amor, la caridad, es el sentido, el fin de toda ley y disciplina.

 

Somos discípulos de Jesús, que practican el mandamiento nuevo y definitivo del amor mutuo (cf. Jn 13,34; 15,12), ¡no discípulos de un maestro espiritual que solo nos ha enseñado disciplinas y métodos para una vida de ascesis y perfección moral!



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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