jueves, 19 de febrero de 2026

Levántate y camina: siempre hay una nueva oportunidad.

Levántate y camina: siempre hay una nueva oportunidad

La Biblia enseña que las cosas importantes no se buscan, se reciben como un regalo. Cuando caemos, alguien o algo nos devuelve al camino.

 

La Biblia es un libro de infinitos nuevos comienzos. No traza ningún camino completamente lineal y progresivo; no habla de ningún personaje que, algún día, por amor o por miedo, no haya tomado el camino equivocado.

 

Pero su fuerza reside en lo nuevo que ocurre como sorpresa, no como maduración esperada y razonable de las elecciones humanas, sino como floración de una semilla de otro lugar. Así, la novedad bíblica surge de los pantanos, del desierto, de la esclavitud, del exilio, del error.

 

Un modelo emblemático de esto es el itinerario de los Reyes Magos (Mateo 2): su largo camino está salpicado de cometas, pero también de errores; llegan a Jerusalén en lugar de a Belén; preguntan por el niño a un asesino de niños; lo buscan en un palacio y lo encuentran en una casa cualquiera.

 

Pierden la estrella un día... pero los Reyes Magos tienen la infinita paciencia de volver a empezar, de preguntar, de levantar la mirada.

 

Su drama, como el nuestro, no es equivocarse o caer, sino detenerse y no volver a empezar.


Los nuevos comienzos y las nuevas partidas de los personajes bíblicos son una de las formas que adopta la profecía a lo largo de la historia sagrada: el Espíritu del Señor utiliza oráculos e imágenes, signos y símbolos, huracanes y suaves brisas para no dejar que el polvo se asiente. Y recalcula el camino. Incansablemente.

 

Siempre son caminos parciales, un mapa marcado por líneas discontinuas, una geografía de caídas y callejones sin salida. Pero precisamente esto transmite la gran esperanza.

 

Pienso en todas las historias de piedras descartadas que llenan el Evangelio y que han servido, mejor aún que las demás, en las manos de Jesús: Pedro, María Magdalena, Mateo, Zaqueo, Pablo,…: los que vuelven a empezar.

 

Todos podríamos contar la historia de nuestro desierto, cuando nos parecía morir de sed, o vagar sin camino y sin destino. Y entonces llegó algo: una intuición, un amigo, un mensaje, un ángel, que hizo que la vida volviera a empezar.

 

Las cosas más importantes no son fruto de nuestra búsqueda, sino un don inmerecido, la sorpresa de una gracia, una mano que nos tomó de la mano cuando nos parecía que nos hundíamos como Pedro en la tormenta del lago.

 

«Las cosas más importantes no hay que buscarlas, hay que esperarlas» - Simone Weil -. Llegan. Por un regalo, una gracia, una iluminación interior, una misteriosa fuerza buena que nos alcanza. Para que la gracia sea gracia y no mérito o cálculo.


Creo que a todos nos ha pasado alguna vez acabar en una zanja, con la cara en el polvo o en el barro, sin futuro: por una enfermedad, una crisis, una relación rota, una violencia sufrida. Entonces sucedió algo.

 

Quizás me sentía como Lázaro de Betania, cerrado, apagado, con los ojos vendados. Y llegó una voz, entró una luz, una lágrima cayó de los ojos de alguien que me quería.

 

Y la lágrima es cálida, hierro al rojo vivo, lava volcánica que quema las vendas, derriba las puertas de la tumba, arrastra el sol hacia tu interior. Y hace que la vida vuelva a empezar.

 

Contemplo Betania, aquella casa en duelo por un joven con el hermoso nombre de «Aquel-a-quien-amas», encerrado en un agujero en la roca. Lázaro regresa como símbolo universal de todo nuevo comienzo.

 

Puedo ver en él a alguien que se ha encerrado para lamerse las heridas de la vida, alguien devorado por la depresión, alguien acosado por el dolor. Puedo reconocerme en su nombre. Y cuando pensaba que ya no podía más, una gota de luz se abrió paso entre las sombras, una voz me tocó con el estremecimiento de una caricia: «¡Amigo, sal! ¡Hay mucho sol!».

 

Ha sucedido muchas veces, lo sé bien. Y doy gracias: me gustaría apoyar la cabeza en ese pecho, esa voz clara, que me ha vuelto a poner en pie, que ha recalculado el camino por mí.

 

En la Biblia no existen caminos lineales. Precisamente por eso es el libro infinito de la vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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