Levántate y camina: siempre hay una nueva oportunidad
La Biblia enseña que las cosas importantes no se buscan, se reciben como un regalo. Cuando caemos, alguien o algo nos devuelve al camino.
La Biblia es un libro de infinitos nuevos comienzos.
No traza ningún camino completamente lineal y progresivo; no habla de ningún
personaje que, algún día, por amor o por miedo, no haya tomado el camino
equivocado.
Pero su fuerza reside en lo nuevo que ocurre como
sorpresa, no como maduración esperada y razonable de las elecciones humanas,
sino como floración de una semilla de otro lugar. Así, la novedad bíblica surge
de los pantanos, del desierto, de la esclavitud, del exilio, del error.
Un modelo emblemático de esto es el itinerario de los
Reyes Magos (Mateo 2): su largo camino está salpicado de cometas, pero también
de errores; llegan a Jerusalén en lugar de a Belén; preguntan por el niño a un
asesino de niños; lo buscan en un palacio y lo encuentran en una casa
cualquiera.
Pierden la estrella un día... pero los Reyes Magos
tienen la infinita paciencia de volver a empezar, de preguntar, de levantar la
mirada.
Su drama, como el nuestro, no es equivocarse o caer,
sino detenerse y no volver a empezar.
Los nuevos comienzos y las nuevas partidas de los personajes bíblicos son una de las formas que adopta la profecía a lo largo de la historia sagrada: el Espíritu del Señor utiliza oráculos e imágenes, signos y símbolos, huracanes y suaves brisas para no dejar que el polvo se asiente. Y recalcula el camino. Incansablemente.
Siempre son caminos parciales, un mapa marcado por
líneas discontinuas, una geografía de caídas y callejones sin salida. Pero
precisamente esto transmite la gran esperanza.
Pienso en todas las historias de piedras descartadas
que llenan el Evangelio y que han servido, mejor aún que las demás, en las
manos de Jesús: Pedro, María Magdalena, Mateo, Zaqueo, Pablo,…: los que vuelven
a empezar.
Todos podríamos contar la historia de nuestro
desierto, cuando nos parecía morir de sed, o vagar sin camino y sin destino. Y
entonces llegó algo: una intuición, un amigo, un mensaje, un ángel, que hizo
que la vida volviera a empezar.
Las cosas más importantes no son fruto de nuestra
búsqueda, sino un don inmerecido, la sorpresa de una gracia, una mano que nos
tomó de la mano cuando nos parecía que nos hundíamos como Pedro en la tormenta
del lago.
«Las cosas más importantes no hay que buscarlas,
hay que esperarlas» - Simone Weil -. Llegan. Por un regalo, una gracia,
una iluminación interior, una misteriosa fuerza buena que nos alcanza. Para que
la gracia sea gracia y no mérito o cálculo.
Creo que a todos nos ha pasado alguna vez acabar en una zanja, con la cara en el polvo o en el barro, sin futuro: por una enfermedad, una crisis, una relación rota, una violencia sufrida. Entonces sucedió algo.
Quizás me sentía como Lázaro de Betania, cerrado,
apagado, con los ojos vendados. Y llegó una voz, entró una luz, una lágrima
cayó de los ojos de alguien que me quería.
Y la lágrima es cálida, hierro al rojo vivo, lava
volcánica que quema las vendas, derriba las puertas de la tumba, arrastra el sol
hacia tu interior. Y hace que la vida vuelva a empezar.
Contemplo Betania, aquella casa en duelo por un joven
con el hermoso nombre de «Aquel-a-quien-amas», encerrado en un
agujero en la roca. Lázaro regresa como símbolo universal de todo nuevo
comienzo.
Puedo ver en él a alguien que se ha encerrado para
lamerse las heridas de la vida, alguien devorado por la depresión, alguien
acosado por el dolor. Puedo reconocerme en su nombre. Y cuando pensaba que ya
no podía más, una gota de luz se abrió paso entre las sombras, una voz me tocó
con el estremecimiento de una caricia: «¡Amigo, sal! ¡Hay mucho sol!».
Ha sucedido muchas veces, lo sé bien. Y doy gracias:
me gustaría apoyar la cabeza en ese pecho, esa voz clara, que me ha vuelto a
poner en pie, que ha recalculado el camino por mí.
En la Biblia no existen caminos lineales. Precisamente
por eso es el libro infinito de la vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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