Y la orquesta
del Titanic seguía tocando...: una imagen del colapso
Sí, el título de mi reflexión se debe a esta imagen que te propongo que vuelvas a ver: https://www.youtube.com/watch?v=Z-jMxFtS4LQ
El tema del fin,
del colapso del tiempo histórico, no es algo nuevo, ni es el fruto
venenoso del siglo XX y sus catástrofes.
A partir de Hiroshima, se perfecciona la imagen del fin,
se definen los detalles. Al ofrecer su representación visual (la nube en forma
de hongo, la luz cegadora, el viento), se nos muestra cómo puede suceder. Con
Hiroshima, el fin de toda la humanidad se vuelve casi familiar, aunque
mantiene su carácter disruptivo.
Pero la imagen del fin es la compañera inseparable de la civilización humana y de
su desarrollo, como si ambas avanzaran en paralelo y la propia idea de
desarrollo ocultara su reverso oscuro.
El fin está
al principio: la humanidad hace su debut en la escena de la historia con un
«diluvio».
En el relato bíblico del Génesis, seis breves
capítulos separan el grandioso inicio de la creación («En el principio, Dios creó el
cielo y la tierra») de la ruinosa manifestación de la destrucción: la
creación se repliega sobre sí misma, su espacio, apenas desplegado, se disuelve
en un apocalipsis líquido.
Según el relato del Génesis, la infección del mal ha
afectado las raíces de la «planta humana», y no hay otro
remedio que la cirugía radical de la aniquilación de «toda carne en la que hay aliento
de vida». Y Dios, que había sido un creador amoroso, se dispone a
deshacer su diseño, convirtiéndose en el despiadado ejecutor de la humanidad
obstinadamente dedicada al ejercicio del mal.
Cuanto más se acerca el fin, más cuesta tomar conciencia de ello.
Un ejemplo de ello puede ser el constatar fácilmente al observar la actual incapacidad de los Estados para hacer frente a los efectos del calentamiento global. Sus pasos son lentos y torpes, mientras que la catástrofe avanza a zancadas largas y dramáticamente incisivas. La catástrofe parece tener prisa, mientras que los hombres que gobiernan los Estados se dispersan en mediaciones y largas y agotadoras negociaciones.
Jared Diamond, en un libro “Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen”, señala la opacidad que envuelve la mirada del ser humano al considerar la inminencia de la catástrofe, «una especie de cortina cognitiva cae sobre sus ojos y lo vuelve lento e impotente».
También en este caso, podemos pensar en un ejemplo: la
pandemia del Covid-19.
¿Cuánto nos costó reconocer su gravedad? Cuando
apareció por primera vez, ilustres científicos declararon que el virus nunca
podría propagarse en Europa. Y no por negacionismo, sino por algo más escurridizo
que acabó entorpeciendo la respuesta sanitaria hasta la llegada de las vacunas.
Al menos al principio, nuestros científicos no lograban seguir el avance del
virus. Tenían en mente un orden natural que el virus, excéntrico en sus
movimientos, seguía transgrediendo, sin dejarse encontrar nunca donde pensaban
que estaba.
Esta es la «cortina cognitiva» a la que se
refiere Jared Diamond, la niebla que envuelve nuestra mirada y nubla nuestra
capacidad de juicio. Hacemos todo lo posible por no romper el
estado de normalidad en el que vivimos, aunque se trate de una normalidad al
borde del abismo. Es la «gran ceguera» de la que habla Amitav
Ghosh en uno de sus libros.
Se está produciendo una transformación, pero no
conseguimos identificar sus contornos. El pensamiento del que disponemos no
alcanza a abarcar lo que está sucediendo. Si resulta imprevisible es porque el tiempo, desajustado, no alcanza a
medir sus efectos. La racionalidad calculadora de nuestra cultura occidental se
ve aquí en apuros.
La orquesta del Titanic tocaba hasta un momento antes
de que el barco se hundiera, probablemente para consolar a los pasajeros o simplemente
para no romper con la costumbre.
Todos nosotros nos hemos embarcado en el Titanic en su
último viaje, no podemos bajar, la brecha en el casco ya se ha producido y los
botes salvavidas escasean.
¿Cabe preguntarse si todavía hay un mundo por venir, como hacen Deborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro en su libro “¿Hay un mundo por venir?: ensayo sobre los miedos y los fines” en medio de esta densa niebla en la que seguimos vagando, perdidos, desorientados? La pregunta de Deborah Danowski y Eduardo de Viveiros hace tambalearse ese plano de continuidad histórica del que somos prisioneros.
Reflexionar sobre el fin puede permitirnos revisar el curso de esa epopeya que
pensamos que es indiscutible. Reflexionar sobre el fin puede minar la corteza de certezas con la que nos protegemos
hablando del progreso.
Después de quemar las escrituras («¡Dios,
quiero quemarlas!») que en el pasado le habían orientado, Mendel, el
protagonista de “Job” de Joseph Roth, exclama una afirmación desolada, pero
liberadora: «¡Estoy solo y quiero estar solo!», dice Mendel.
Seguramente cabe releer el Job bíblico, no solo bajo
la categoría del «dolor inocente» que, a lo largo de los siglos, ha sofocado su
figura. Hoy, Job me parece el hombre que ha agotado el pensamiento y es incapaz de explicar el mundo que le rodea, ya
no es el soberano de su propia
vida, sino que queda a merced de un Dios caprichoso o de una fuerza que se
mueve fuera de toda explicación posible.
Es un naufragio de la racionalidad occidental. Es más
que probable que ya le estén siguiendo otros naufragios.
Como Mendel, estamos solos, sin protección, inútiles
las escrituras, los
conocimientos, los códigos polvorientos que han regulado lo humano. Solo queda
esta pregunta, impaciente,
inquieta, pronunciada en el temblor del corazón: «¿Existe todavía un mundo por
venir?».
¿Hay una respuesta? ¿O solo una secuencia cerrada de
preguntas, como le ocurre a Job? ¿Podría ser de otra manera?
Llega un momento en que la orquesta del Titanic termina de tocar su
repertorio… pero siempre acude a la escena una orquesta dispuesta a mitigar la llegada de lo
peor...
«Hoy la Tierra gira, de nuevo, pero esta vez
sobre sí misma y por su cuenta,
y nosotros nos encontramos en su centro, insertados, confinados, atrapados en
la zona crítica... Mi impresión es que somos como la ropa que gira en el tambor
de una lavadora, ¡bajo presión y a altas temperaturas! Hay que reinventarlo
todo desde cero: el derecho, la política, las artes, la arquitectura, las
ciudades, pero lo que es aún más extraño, hay que inventar absolutamente el
movimiento mismo, el vector de nuestras acciones» (Bruno Latour “¿Dónde
estoy? Una guía para habitar el planeta”).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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