La sociedad del riesgo
¿Cerrar los ojos y apagar la atención puede ser una actitud posible cuando
la mirada sobre el presente se vuelve insostenible?
Creo que puede ser un obstáculo el recuerdo de las
efervescencias pasadas del pensamiento y de la acción, en obediencia a un tótem
generacional que probablemente aún resuena en nuestras cabezas, el conocido
adagio marxista de las «Tesis sobre Feuerbach», que dice más
o menos así: «Los filósofos han interpretado el mundo, ahora se trata de cambiarlo».
Otros tiempos. Perdidos. El mundo ha cambiado sin
avisarnos. Y no solo ha cambiado, sino que se ha volcado sobre sí mismo,
saliendo de la órbita de su propia historia.
Seguramente la única acción posible que nos queda por
realizar es mantenernos en lo humano,
sabiendo que los supuestos éticos, a nuestro alrededor y en nosotros, han ido
estallando. ¿Pero tenemos una idea de lo humano?
Si no queremos reducirnos a recitar la ecuación de «Dios,
Patria, Familia», debemos reconocer que la ética y sus limitaciones ya
no son una evidencia. El «cielo estrellado sobre nosotros» del
epitafio kantiano se ha ido nublando, y la «ley moral dentro de mí»
se ha ido desvaneciendo. Todo esto no es nada nuevo, por mucho que nos parezca
nuevo todo lo que vivimos en primera persona.
Como hace el Mendel del “Job” Joseph Roth, hay que «quemar las escrituras», todas las «escrituras». Y ni siquiera es necesario cometer un acto transgresor, porque las «escrituras», todas las «escrituras», han caído en un profundo silencio, ya no nos hablan o ya no somos capaces de interrogarlas.
Avanzamos a ciegas, en la oscuridad, y es paradójico
que esto ocurra en una sociedad como la nuestra, que considera la imagen, y por tanto el ver, como un axioma indudable.
La literatura ha mostrado que la ceguera no niega
necesariamente el ver. Hay
proximidad entre la ceguera y la visión, y tal vez para agudizar la vista sea
necesario cerrar los ojos.
Tantas veces avanzamos a tientas, a ciegas y con
riesgo. El riesgo nos acecha y nos domina. Hoy en día en las sociedades
desarrolladas existe una especie de destino de riesgo en el que se nace y al
que, por muchos esfuerzos que se hagan, no se puede escapar.
El riesgo no es eliminable. Quizás se pueda calcular,
o incluso, al menos parcialmente, prever, se puedan limitar sus consecuencias,
pero el riesgo nos acompaña constantemente a lo largo del camino de nuestra
vida. Acompaña y envuelve la base de nuestras decisiones. Su rostro nos resulta
casi familiar.
Ahora nos movemos en un espacio-entorno sin fronteras, entramos y salimos de los sistemas y subsistemas, giramos en sus intersticios, tantas veces virtuales; además, en una sociedad flexible, nos vemos obligados a adoptar identidades fungibles según las necesidades y las exigencias.
Toda afirmación causal remite implícitamente al
infinito desde diferentes puntos de vista. De hecho, todo efecto tiene un
número infinito de causas, al igual que toda causa tiene un número infinito de
efectos.
El infinito es el largo aliento de cada lugar de
nuestra experiencia, donde las causas, al multiplicarse, se han vuelto
inaccesibles. El infinito nos
rodea, se mueve dentro de nosotros y se extiende dentro de nosotros. Le
tememos, como se teme a algo que no se puede delimitar ni contener.
El miedo puede frenar el pensamiento, incapaz ya de
describir el mundo, de abrirse camino entre los nombres que han caído en
ruinas. Pero precisamente a través del miedo, el mundo puede volver a
inquietarnos, como si fuera la señal ambigua de su presencia. A través del
palpitante estremecimiento de las emociones, los intermitentes temblores del
corazón, podemos percibir nuestro ser en el mundo, y tal vez también su
sentido.
El miedo nos permite sentir la vida en medio del riesgo que nos atraviesa
y nos conduce, y tantas veces nos golpea confundiéndonos con la luz repentina y
fulgurante de un relámpago.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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