Inercialmente veloces y velozmente vacíos
La inercia tiene una larga historia. Larga y accidentada. Por escribir. No es solo un objeto de análisis o un tema de reflexión. La inercia nos compete. Estamos dentro, formamos parte de ella.
Son muchos sus nombres: pereza, melancolía,
aburrimiento, apatía,… y se ha instalado desde siempre en el recinto de la
experiencia humana.
Hablaron de ella unos monjes del desierto en los
primeros siglos de la era cristiana. Exploradores del alma y de sus movimientos
más ocultos e insidiosos, los monjes vivían en una soledad apartada y
silenciosa, pero parecían estar familiarizados con la vida de los hombres. Su
mirada sabía atravesar los pantanos de la psique humana atrapada en la inercia.
Los monjes la llamaban acedia. Evagrio Póntico, en el siglo III, se ocupa de
la acedia porque la tiene en
casa. Es el monstruo que acecha en la quietud solitaria de las celdas, tomando
la forma de una inquietud indomable o, por el contrario, de torpor, tedio,
indolencia, melancolía o tristeza atormentada. En los pequeños monasterios, el
mundo rueda en la acedia, y en la acedia se deshace. «No
hay peor pasión», se lee en la Vida
y dichos de los Padres del desierto.
Alrededor de la acedia crece el frente móvil de una durísima guerra espiritual.
Demonio
meridiano, así se llama también a
la acedia, porque asedia al
monje en la hora más calurosa. El día parece una extensión sin límites, como el
desierto que rodea el monasterio. Una luz opresiva atrapa el espíritu, lo
debilita, lo vacía.
Es en esa hora cuando la pereza libera sus venenos, infecta los cerebros, contagia las
almas hasta provocar su parálisis. Asfixia el espíritu. Y el espíritu,
«vencido, agotado», «atormentado por el vértigo», experimenta todos los matices
del tedio. De sus desmayos germina la apatía, muerte en vida.
La inercia ha recorrido un largo camino en el hombre y
a través del tiempo. Sale del desierto, entra en las ciudades. Desde los
primeros siglos de la era cristiana, ha avanzado, rápida como una epidemia,
hacia el corazón de nuestra posmodernidad.
Y aquí la encontramos, con otros nombres, pero
peligrosamente intacta, tal y como la diagnosticaron los Padres del desierto.
El paisaje ha cambiado, la luz abrumadora del desierto se ha apagado. En el
tumulto de la vida metropolitana, ahora circula una luz debilitada.
No hay historia, no hay progreso, hay repetición. Nada avanza, todo se repite. Hay una enfermedad melancólica que todo lo hechiza: la inercia. Pequeñas sacudidas de inquietud apenas arañan la placa de la inercia en una civilización «agotada» - una «sociedad del cansancio», según la expresión del filósofo coreano Byung Chul Han -.
Entramos en la era de la glaciación suave, de la
anestesia continua y ligera, con entretenimientos organizados, pensamientos y
emociones teledirigidos por algoritmos, guiados con un contorno de objetos
desordenados y de experiencias al límite para aturdirnos, para impedir el
asombro.
Puede sorprender evocar la inercia en un contexto de aceleración del tiempo social, de
cambios vertiginosos en las formas de vida y de pensamiento, de nuevas experiencias
del tiempo y el espacio.
El mundo, casi sobra decirlo, va rápido y parece arrollar todo lo que parece frenar su carrera, en medio del estruendo de idiomas divergentes, como puede ocurrir en una Babel en convulsa efervescencia.
Es totalmente legítimo preguntarse dónde está la inercia. Solo se percibe cuando se
está dentro, demasiado dentro... Como en un pantano… Uno no señala nada
anómalo, uno sigue adelante, como si tal cosa, y solo cuando el pie resbala por
primera vez, uno se da cuenta de que está bien metido… en el pantano de la
inercia.
El miedo al estancamiento absoluto y la pasión por la alta
velocidad han acompañado a la sociedad moderna. Y han motivado enfermedades
culturales como la pereza, la melancolía, el
aburrimiento y la neurastenia,
o, en la actualidad, diversas formas de la
depresión.
La experiencia de la inercia surge o se intensifica cuando nuestras dinámicas no se
viven dentro de una cadena de desarrollo dotada de sentido y dirección, es
decir, como elementos de progreso, sino como un cambio sin dirección y
frenético... las cosas cambian, pero no se desarrollan, porque no van a ninguna parte.
La inercia es, por tanto, el fondo sobre el que se
apoya la frenética actividad de la época, es la parte oculta de su activismo.
La inercia no se sitúa en el extremo opuesto a la velocidad, sino que camina a
su lado, es su complemento. Inercialmente veloces y velozmente vacíos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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