miércoles, 4 de febrero de 2026

Los sonámbulos.

Los sonámbulos

La figura del «sonámbulo», portador involuntario de un estado de conciencia reducido o alterado, está muy arraigada y parece traspasar sus límites temporales. Incluso en el siglo XXI el «sonámbulo» todavía nos representa.

 

Hay una figura que me ayuda a acercarme a la del «sonámbulo». Una figura generada por el entramado del siglo XX: son los «hombres huecos» de T. S. Eliot (el poema «Los hombres huecos» es de 1925): https://cmsantillana.org/wp-content/uploads/2014/09/eliot.pdf  

 

Los «hombres huecos» («los hombres rellenos de paja, que se apoyan unos en otros, con la cabeza llena de paja») no tienen forma, sostenidos por una «fuerza paralizada». Ninguna acción los saca de su letargo. Caen en la grieta que se ha abierto «entre la idea y la realidad, entre el gesto y el acto», vencidos por la impotencia.

 

Ciertamente sorprende encontrar la figura del «sonámbulo» varias décadas después, en un marco muy diferente, en un mundo que ha cambiado de piel, como si nunca hubiera abandonado su posición, pasando más o menos indemne por transformaciones inusuales.

 


En definitiva, los «sonámbulos» están entre nosotros, sacados a la luz, o devueltos a la vida. No es una novela o una obra de poesía, capaces de percibir el «latido del mundo», no: la novela y la poesía también están en letargo, son «células durmientes», participantes en su mayor parte de la glaciación dulce y plácida que nos envuelve desde hace tiempo.

Lo que vigila nuestros ritmos entumecidos es el sonambulismo. Es una imagen de lo que se mueve en nuestra sociedad, y en su subsuelo, y también lo que se resiste al cambio. La sociedad parece afectada por un sonambulismo generalizado, sumida en el sueño profundo del ensimismamiento de la pantalla.

 

Uno fija y se fija clavando los ojos en una pantalla. Quizás soñando en otra parte, o ni siquiera soñando, acariciando otros deseos y, para reparar su propia necesidad o vulnerabilidad, persiguiendo el rastro de otras imágenes, buscando otras presencias, anhelando otros acompañantes, para calmar la inquietud y sanar la ausencia del vacío.

 

Y así, el sonámbulo, incapaz no solo de comunicarse, flota entre lo real y virtual, lo cercano y lo lejano, lo presente y lo ausente, lo que le rodea y lo distante,…, la vida y la pantalla… mientras se tambalea esquivando a su paso a otros sonámbulos como él.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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