domingo, 15 de febrero de 2026

Levántate, vete - San Mateo 17, 1-9 -.

Levántate, vete - San Mateo 17, 1-9 -


Sal, vete, marcha, muévete. 

Deja de estar anclado en el pasado. 

Y de compadecerte de ti mismo. No te hagas la víctima. 

No esperes a que otros resuelvan tus problemas. 

Abraham es un hombre maduro cuando recibe esta llamada interior. 

Ha muerto su padre y su hermano, y se ha hecho cargo de Lot, su sobrino. 

Y no tiene hijos. Game over!, su vida ha terminado, las cartas que tenía las ha jugado todas. Y es precisamente en ese momento, cuando ya no se espera nada, cuando Dios interviene. 

Irrumpe. Sacude. Mueve. Y habla a su corazón. 

¡Leck leckà! ¡Ve por tu cuenta! 

Es el movimiento de la Cuaresma, del desierto en el que elegimos entrar, en compañía del Maestro y Señor, para no tomar atajos, como hicieron Adán y Eva. Para aprender a elegir, a discernir, a reconocer la obra del divisor, el diabolos, en nuestras vidas. Y derrotarlo. 

Decidir, finalmente, elegir dejando de dejarse elegir, de dejarse llevar, de dejarse arrastrar, mirando nuestra vida con la Palabra como criterio de discernimiento. 

Decidir, finalmente, qué personas ser. Qué hombres y mujeres llegar a ser. 

Descubrirse amados, elegir amar, en lo cotidiano, a través de pequeños pasos posibles. 

No es un esfuerzo que hay que hacer, recuerda Pablo a su discípulo Timoteo, una empresa titánica, un acto de voluntad, sino la iniciativa de Dios que llama a nuestra puerta. 

Abraham podría haber objetado que era demasiado viejo, que no tenía suficientes indicaciones para emprender el viaje, que estaba desmotivado y cansado. 

Como hacemos nosotros. 

En cambio, escucha y se va. 

Siempre Él 

Suben a la montaña, a una montaña alta. 

En realidad es una colina, pero el amor lo hace todo inmenso. 

Son apartados, somos apartados, porque el Señor quiere compartir con nosotros la gloria que impregna (su) vida. El amor ama poder amar, compartir su alegría. 

Y allí, en la montaña, Jesús se transfigura. Revela su naturaleza profunda, su verdadera identidad. 

No se quita el traje barato bajo el que se esconde Superman, no. 

Es la mirada de los discípulos la que cambia. Porque la belleza, como el enamoramiento, como la fe, está en nuestra forma de ver. Cuando estoy enamorado, encuentro a mi amada la más bella de todas. Cuando amo un deporte, estoy dispuesto a sudar y a esforzarme para practicarlo. Cuando consigo orientar mi mente hacia mis emociones, capto la deslumbrante belleza de un paisaje. 

Muchas cosas concurren en la belleza. Una de ellas, sin duda, es la mirada interior capaz de captar la verdad, la armonía, la plenitud en un objeto, en un paisaje, en una persona. 

Podemos estar con Jesús toda la vida, frecuentarlo, creer en él y seguirlo. 

Pero hasta que nuestra mirada interior no se rinda a su belleza, nunca quedaremos definitivamente marcados por Él. 

Sinaí 

Ocurre como en el Sinaí, cuando Dios se manifiesta a Moisés en toda su gloria: las nubes, los relámpagos, la voz, la sombra, el miedo. Miedo que proviene de la intensidad de la belleza, de lo insoportable de la visión interior. 

Moisés y Elías conversan con Jesús: la Ley y los Profetas se inclinan ante el revelador del Padre. 

Pedro se siente abrumado: la belleza ha llenado su corazón. 

¡Cuánta belleza necesitamos para afrontar la parte difícil del desierto! ¡Cuánto debemos recordar para encontrar el valor de emprender el viaje hacia lo desconocido! 

El Dios hermoso, misterioso y presente, respetuoso de nuestros tiempos, seductor y libre, nos empuja a partir, a ascender, a crecer. 

A abandonar la llanura de la mediocridad, donde el smog de las palabras y los pensamientos violentos nos contamina y enrarece el aire. Y a ascender, a desprendernos, a partir. 

Es hermoso para nosotros 

Si logramos contener, si nos tomamos en serio este viaje interior, si logramos abandonar nuestras resistencias y ceder al cortejo de Dios, experimentamos su inmensa belleza. 

Allí donde se suman la belleza, la verdad y la bondad. 

Momentos en los que se revela la realidad, se quita el velo que nos impide ver y comprender. 

Es hermoso creer. Hermoso ser cristianos. Hermoso descubrir que somos amados y que amamos. 

Por eso soy discípulo: es lo más hermoso que me ha pasado en la vida. 

En el Tabor descubrimos que somos amados en el Hijo. 

Jesús es el amado. Y solo el amor cambia, convierte, da alas. 

Los discípulos caen al suelo, tan poderosa es la gloria y la belleza. Ceden, se rinden. 

En Cristo glorioso, ellos también descubren que son amados. 

Levantaos, no temáis 

La transfiguración, la metamorfosis, el cambio ahora se interrumpe. 

Como bien sabe la Biblia, la belleza de Dios solo se puede acoger en pequeñas dosis. 

Nuestra vida se convierte entonces en un entrenamiento para la alegría, la preparación atlética para el infinito. 

Y Jesús anima a los suyos: «Levantaos, no temáis». 

Levántate, hermano. Levántate, hermana. 

Sé amado. ¿Qué puede asustarte si Dios está tan cerca, tan accesible, tan benévolo? 

Volvemos a la llanura, entonces, pero con el corazón marcado, herido de belleza, con el rostro transfigurado como Moisés cuando bajó de la montaña después de encontrarse con su Dios. 

Habrá un tiempo de fatiga y de muerte, sin duda. 

Un tiempo necesario, en el que el grano debe pudrirse en la tierra para dar fruto. 

Jesús lo sabe. Los discípulos aún lo ignoran. 

Pero ese Tabor ilumina el Gólgota. 

Ese Tabor es el destino de nuestra peregrinación. 

De esta Cuaresma, sí. Pero sobre todo es la meta de nuestra vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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