domingo, 15 de febrero de 2026

“No pienses en un elefante” - George Lakoff -: ¿Qué queda de la izquierda? o ¿Hacia dónde va la izquierda?

“No pienses en un elefante” - George Lakoff -: ¿Qué queda de la izquierda? o ¿Hacia dónde va la izquierda? 

Creo que va cobrando alguna actualidad una pregunta que fue muy debatida en los ámbitos académicos durante los años posteriores a la caída del muro de Berlín —los años del fin de las ideologías y de la hegemonía cultural del capitalismo neoliberal—, a saber: «¿Qué queda de la izquierda?», o al menos, «¿Hacia dónde va la izquierda?». 

A la pregunta «¿Qué queda de la izquierda?», uno puede empezar a responder, por poner un ejemplo, considerando los resultados de las recientes elecciones de las Comunidades Autónomas de Extremadura y de Aragón. Si es así, la respuesta casi podría ser «poco o nada». 

El decepcionante resultado de las izquierdas, junto con la ausencia casi total de cualquier narrativa reconocible como narrativa de izquierda, quizá podría ser la prueba fehaciente de que la izquierda está de capa caída… 

Y, sin embargo, este es un punto de vista profundamente erróneo. Y trato de explicarme. 

En primer lugar, hay que tener en cuenta que es imposible comprender el significado de «izquierda» sin entender lo que se entiende por «derecha» y viceversa: que cada uno de estos dos conceptos obtiene su significado del significado del otro. 

Al mismo tiempo, y este es el segundo punto, uno excluye al otro en el sentido de que no es posible ser, al mismo tiempo, de derecha y de izquierda. En otras palabras: si uno ocupa una posición de izquierda, no puede, al mismo tiempo, ocupar una posición de derecha, y viceversa. 

Algunos afirman la inutilidad de los conceptos de izquierda y derecha… Pero esto es un punto de vista fundamentalmente erróneo en cuanto que los ciudadanos siguen utilizando estas categorías para definirse y orientarse políticamente. 

Es cierto que tienen dificultades para precisar los dos términos, pero el hecho de que tengan un significado en su perspectiva queda demostrado por el hecho de que la mayoría sabe situarse en el eje derecha-izquierda cuando se le pregunta. 

Y el hecho de que «derecha» e «izquierda» sean conceptos que tienen un significado para los ciudadanos, que los ciudadanos los utilicen a diario, significa que la vida política sigue siendo, de hecho, una competencia entre la derecha y la izquierda, se diga lo que se diga, que la izquierda existe, que la izquierda está viva, aunque desde hace tiempo parezca que vaya perdiendo protagonismo en el plano político frente al auge de la derecha y extrema derecha. 

Quizá sea necesario recordar que el término «izquierda» significa dos cosas: en primer lugar, es una metáfora espacial que se remonta a la Revolución Francesa y que los ciudadanos utilizan para orientarse en el mundo político; en segundo lugar, en términos sustantivos, ser de izquierda implica compromiso, o al menos estar a favor de la lucha política por la igualdad: en primer lugar, por la igualdad civil (cuando la lucha entre la derecha y la izquierda era una lucha entre los defensores y los opositores de los derechos civiles, como la libertad de expresión, de asociación, etc.); luego, la igualdad política (a través del sufragio universal) y, desde principios del siglo XX, la igualdad económica y social. 

Y si se entiende la igualdad como un concepto universal —si la igualdad que nos interesa es la igualdad de la humanidad y no simplemente de los ciudadanos de una sola nación o de una parte circunscrita del globo—, la igualdad implica también el internacionalismo, es decir, la solidaridad internacional, la oposición a cualquier forma de racismo y xenofobia, etc. 

En un análisis pormenorizado, y aclarado qué es la izquierda y que, por lo tanto, la izquierda existe, habría que detenerse en la cuestión de qué partidos pertenecen a la izquierda y cuál es su estado de salud. En este aspecto yo no me siento con capacidad de entrar. 

Entiendo, por poner un ejemplo, que a los simpatizantes / votantes de la izquierda les atrae su compromiso con los derechos individuales, como los relacionados con las identidades sociales, como el género, la orientación sexual, la etnia, etc., un compromiso que es imprescindible para la izquierda, ya que está indisolublemente ligado al concepto de igualdad. 

E imagino que, al mismo tiempo, la mayoría de los partidos de izquierda han renunciado a la igualdad económica en parte porque la propia globalización ha privado a los gobiernos nacionales de los medios necesarios en términos de políticas públicas compatibles con las exigencias de los mercados internacionales y también con las de las instituciones supranacionales. 

Poco a poco vamos asistiendo a un cierto declive de los grandes partidos de masas; a la espectacularización, mediatización y personalización de la política; al declive de algunos antiguos vínculos políticos, incluso los de base territorial, y al consiguiente aumento de la volatilidad electoral… 

En este contexto, sospecho que algunos, abandonados por sus partidos tradicionales de referencia en el ámbito de la izquierda, se hayan sentido atraídos por formaciones xenófobas y populistas de derecha, ya que estos partidos se ofrecen como vehículos para la expresión de su resentimiento, adoptando además una retórica comunicativa caracterizada por la simplicidad de las soluciones propuestas a sus problemas y a las cuestiones del mundo globalizado, en mi opinión también erróneas (como la campaña contra los inmigrantes y los refugiados). 

¿Qué hacer entonces? 

Creo que ningún proyecto para el renacimiento de la izquierda puede prescindir de la cuestión ideológica.   

Uno de los problemas, si no el problema fundamental de algunas izquierdas es que carecen de una ideología sólida… o no la explicitan como se debe. Una ideología —entendida aquí como un conjunto de ideas descriptivas y explicativas de carácter general que orientan la acción de un partido porque expresa un proyecto y una visión de la sociedad— es, para un partido político, una especie de sine qua non. 

Un partido que carece de ideología carece de ese elemento que le permite organizar y dar coherencia a las ideas y principios que informan su programa con sus políticas. De ahí se derivan una serie de incapacidades y obstáculos: 

  • Como mucho, los partidos pueden funcionar como unos partidos que lo aceptan todo, proporcionando una especie de foro para la expresión de los intereses manifestados por la sociedad civil, en lugar de funcionar como partidos capaces de representar intereses específicos y tratar así de realizar una visión para toda la sociedad. 
  • En consecuencia, tienen grandes dificultades para dictar la agenda política y, por lo tanto, para orientar la opinión pública, ya que se ven obligados a apoyar u oponerse a las visiones expresadas por otros actores, condenados siempre a seguir o adaptarse a la opinión pública. 
  • Por último, tienen grandes dificultades para consolidar una base de seguidores dispuestos a votar por ellos independientemente de los altibajos, con la consecuencia de verse condenados a tener que recrear continuamente su base de consenso, en cada elección. 

La cuestión ideológica plantea el problema de qué ideología deberían adoptar los partidos de izquierda, y aquí hay que observar cómo, tras las recientes elecciones políticas a las que me he referido, hemos asistido a —por usar una frase ya famosa— tanto bla, bla, bla por parte de muchos comentaristas mediáticos. 

No pocos se han quejado de que los partidos de izquierda expresan de hecho un vacío y de que es indispensable llenarlo; pero hasta ahora nadie se ha comprometido a explicar con qué debe llenarse ese vacío. En otras palabras, si la izquierda tiene futuro, lo decisivo es que sepa cómo hacerlo realidad. 

Algunos expertos dicen que, desde hace décadas, la comunicación de la izquierda presenta características que se han mantenido bastante constantes a lo largo del tiempo e independientes de la subjetividad de los líderes de turno. Y se ha movido en dos jaulas fundamentales: la primera lingüística, la segunda más amplia, conceptual y de valores. 

En primer lugar, mientras que a principios de los años noventa el lenguaje utilizado por la derecha logró desmarcarse rápidamente de cierto lenguaje para acercarse a la forma en que la gente habla todos los días, la izquierda ha tenido más dificultades para hacerlo.

 

¿Cuáles son los rasgos lingüísticos de los que se ha liberado la derecha?

 

En cuanto al léxico: uso preferencial de palabras abstractas en lugar de concretas (es decir, referidas a experiencias ordinarias); uso frecuente de expresiones prolijas, perífrasis y circunloquios en lugar de expresiones más breves y directas; preferencia por palabras cultas, tecnicismos y jerga política, en lugar de expresiones comunes y coloquiales.

 

En cuanto a la sintaxis: prevalencia de frases largas (más de 35-40 palabras) sobre las cortas (menos de 20 palabras); preponderancia de verbos pasivos e impersonales (más indirectos) sobre los activos (más fáciles de comprender); predominio de la hipótesis y de las frases subordinadas sobre las coordinadas.

 

En política, la principal diferencia se da entre la derecha y la izquierda: mientras que la derecha adopta un lenguaje más sencillo y «popular», la izquierda sigue anclada en un registro elevado y a menudo confuso. Lo cual es paradójico, ya que, en principio, la izquierda debería velar por los intereses de los más débiles económica, social y culturalmente.

 

La segunda jaula sitúa a esta izquierda en un marco internacional que, aunque la hace sentir menos sola, no es consolador.


En el libro de 2004 No pienses en un elefante, el lingüista y científico cognitivo estadounidense George Lakoff explicó que la primera regla en política es construir una visión propia del mundo, un modelo propio de valores e ideas (lo que George Lakoff llama «marcos»), del que luego derivar estrategias y programas concretos.

 

En resumen, la primera regla para una formación política es no limitarse a negar el marco de conceptos y valores de los adversarios: si le ordeno a una persona que «no piense en el elefante», inmediatamente se imagina un elefante, y una vez que he activado esta idea en su mente, será muy difícil borrarla.

 

George Lakoff decía a los demócratas estadounidenses: dejad de pensar en el elefante republicano, sed activos y no reactivos, jugad al ataque y no a la defensa, construid vuestros marcos, no os limitéis a negar los de los demás. La lección que George Lakoff dio al Partido Demócrata en 2004 fue asimilada por Barack Obama, que ganó las elecciones presidenciales en 2008 y 2012.

 

Llegados a este punto, qué visión propia quiere tener, liderar y ofrecer una izquierda hoy en nuestro país.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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