Tabor, esa luz divina bajo la superficie del mundo - San Mateo 17, 1-9 -
La Cuaresma nos sorprende: la consideramos un tiempo penitencial, de sacrificios, de renuncias, y en cambio hoy nos desconcierta con un Evangelio lleno de sol y luz, que nos da energía y alienta nuestra esperanza.
Jesús tomó consigo a tres discípulos y subió a una
montaña alta. Las montañas son
como índices que apuntan hacia el misterio y las profundidades del cosmos,
cuentan que la vida es un ascenso hacia más luz, más cielo: y allí se transfiguró
ante ellos, su rostro brilló como el sol y sus vestiduras como la luz.
La exclamación asombrada de Pedro: qué bonito es aquí,
no nos vayamos... es propia de quien ha podido echar un vistazo por un momento
al Reino. No solo Jesús, no solo su rostro y sus vestiduras, sino que en la
montaña todo está iluminado.
San Pablo escribe a Timoteo una frase preciosa: Cristo
ha venido y ha hecho resplandecer la vida. No solo el rostro y las vestiduras,
no solo los discípulos o nuestros sueños, sino la vida, aquí, ahora, la de
todos.
Ha reavivado la llama de las cosas. Ha puesto en las
venas del mundo fragmentos de estrellas. Ha dado esplendor y belleza a la
existencia. Ha dado sueños y canciones hermosas a nuestra peregrinación de
hombres y mujeres.
Bastaría con repetir sin cansarnos: ha hecho
resplandecer la vida, para reencontrar la verdad y la alegría de creer en este
Dios, fuente inagotable de canto y de luz. Fuerza suave y poderosa que presiona
sobre nuestra vida para abrirle ventanas al cielo.
Nosotros, que somos una gota de luz guardada en una
cáscara de arcilla, ¿qué podemos hacer para dar paso a la luz? La respuesta la
ofrece la voz: Este es mi hijo, escuchadlo. El primer paso para contagiarse
de la belleza de Dios es escuchar, dar tiempo y corazón a su Evangelio.
El entusiasmo de Pedro nos hace comprender además que
la fe, para ser fuerte y viva, debe descender de un asombro, de un
enamoramiento, de un «¡qué hermoso!» gritado con todo el
corazón.
¿Por qué creo? Porque Dios es lo más hermoso que he encontrado,
porque creer es adquirir la belleza de la vida. Que es hermoso amar, tener
amigos, explorar, crear, sembrar, porque la vida tiene sentido, va hacia un
buen resultado, que comienza aquí y fluye en la eternidad.
Esa visión en la montaña deberá permanecer viva y
presente en el corazón de los Apóstoles. Jesús con el rostro del sol es una
imagen que hay que conservar y custodiar en el viaje hacia Jerusalén, un viaje
muy duro e inquietante, como signo de esperanza y confianza.
Deben custodiarla para el día más oscuro, cuando su
rostro sea golpeado, desfigurado, ultrajado. En el momento álgido de la prueba,
un hilo mantendrá unidos los dos rostros de Jesús. El rostro que en la montaña
rezuma luz, en la última noche, en el monte de los olivos, derramará sangre.
Pero incluso entonces, recordemos: al final, vendrá la luz. En la cruz ya
respira desnuda la resurrección.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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