Todos estamos llamados a recibir un corazón de luz - San Mateo 17, 1-9 -
Jesús subió a una montaña alta. Las montañas son como dedos que apuntan hacia el misterio y las profundidades del cosmos, nos dicen que la vida es un ascenso hacia más luz, más cielo.
Allí arriba, el rostro de Jesús brilla como el sol,
sus vestiduras como la luz. Ese
rostro de sol es también nuestro rostro: cada uno tiene dentro de sí un tesoro
de luz, un sol interior - vosotros sois la luz del mundo -,
una belleza que compartimos con Dios.
Nos sorprende la Cuaresma, un tiempo que consideramos
triste, penitencial, violáceo, con un evangelio de luz, para recordarnos que la
vida espiritual consiste en el alegre esfuerzo de liberar la luz y la belleza
enterradas en nosotros, y en ayudar a los demás a hacer lo mismo.
Lo más bonito que un amigo puede decirme es: me siento
bien contigo porque sacas a la luz mi parte más bella. A menudo dormida en
nosotros, como en letargo. El Evangelio viene para esto, viene como una
primavera: trae el deshielo a los corazones, despierta esa parte luminosa,
sonriente, generosa y alegre que tenemos dentro, el núcleo, el corazón, nuestra
verdadera identidad.
El asombro de Pedro: ¡qué hermoso es esto! No nos
vayamos... nos hace comprender nuestra vocación. Todos estamos llamados a la
transfiguración, a recibir un corazón de luz.
Contemplando al Señor, somos transformados en esa
misma imagen (2 Cor 3,17-18). Contemplar transforma; te conviertes en lo que
miras con los ojos del corazón. Rezar nos transfigura a imagen del Señor.
El entusiasmo de Pedro nos hace comprender además que
la fe, para ser fuerte y viva, debe descender de un asombro, de un
enamoramiento, de un «¡qué hermoso!» gritado con todo el corazón.
¿Por qué creo? Porque Dios es lo más bonito que he
encontrado. Y de Él obtengo la belleza de vivir. Que es hermoso amar, abrazar, tener amigos, explorar,
crear, sembrar, porque la vida tiene sentido, va hacia un buen resultado, que
comienza aquí y fluye en la eternidad.
Entonces la Cuaresma, más aún que a la penitencia, nos
llama a la conversión: a volvernos hacia la luz, así como la naturaleza se
vuelve en estos días hacia la primavera. Dejemos, pues, de subrayar los errores
de los demás. ¡Busquemos, descubramos en nosotros y en cada uno la belleza de
la luz, en lugar de castigar las sombras!
Una nube luminosa los cubrió. Y una voz: Este es mi Hijo.
Escuchadle.
Suben a la montaña para ver y Dios responde ofreciendo
palabras, las palabras luminosas de Jesús: escuchadle. El primer paso para
dejarse contagiar por la belleza de Dios es escuchar, dedicar un poco de tiempo
y un poco de corazón a su Evangelio. Que hoy nos regala un rostro que rezuma
luz, para afrontar el momento en que la vida rezumará sangre. Pero incluso
entonces, recordemos: al final, vendrá la luz.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario