Un Dios que hace resplandecer la vida - San Mateo 17, 1-9 -
Del desierto de piedras al monte de luz. De las tentaciones a la transfiguración. El camino de Jesús es el de todo discípulo, un camino ascendente y liberador: desde la oscuridad de las tentaciones atravesadas hasta la luz de Dios.
¿Qué es la luz de Dios? Es energía y belleza. Para el
cuerpo: sostiene nuestra vida biológica. Para la mente: sabiduría que nos hace
ver y comprender. Para el corazón, que nos hace capaces de amar bien.
Y se transfiguró delante de ellos: su rostro
resplandeció como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
Como el sol, como la luz. Cuántas veces en la Biblia,
en los salmos, Dios surge glorioso como un sol: el sol llama a la vida, a
florecer, a madurar, a dar fruto. Enciende la belleza de los colores y de los
ojos. Como la planta que captura la luz del sol y la transforma en vida, así
nosotros, hilos de hierba ante Dios, podemos empaparnos, imbuirnos de su luz y
traducirla en calor humano, en alegría, en sabiduría.
Jesús tiene un rostro de sol, porque tiene un sol
interior, para decirnos que Dios tiene un corazón de luz. Pero ese rostro de sol es también el rostro del
hombre: cada uno tiene dentro de sí un tesoro de luz, un sol interior, que es
nuestra imagen y semejanza con Dios. La vida espiritual no es más que la alegría
y el esfuerzo de liberar toda la luz que hay enterrada en nosotros.
Señor, Pedro toma la palabra: ¡qué hermoso es estar
aquí! Quedémonos aquí juntos.
El entusiasmo de Pedro, su exclamación de asombro:
¡qué hermoso! Nos hacen comprender que la fe, para ser fuerte y viva, debe
descender de un asombro, de un enamoramiento, de un «¡qué hermoso!» gritado con
todo el corazón. Como Pedro en la montaña: ¡es hermoso estar contigo, Señor!
Este Evangelio nos dice que la Cuaresma, más que un
tiempo de luto y penitencia, es un volverse hacia la belleza y la luz. Adquirir
la fe significa adquirir la belleza de vivir, adquirir que es hermoso amar,
abrazar, dar a luz, explorar, trabajar, sembrar, volver a empezar porque la
vida tiene sentido, va hacia un buen resultado, aquí y en la eternidad.
San Pablo escribe a Timoteo una frase preciosa: Cristo
vino e hizo resplandecer la vida. No solo su rostro, no solo sus
vestiduras en el Tabor, no solo nuestros sueños. Sino la vida, aquí, ahora, de
todos.
Jesús ha reavivado la llama de las cosas. Ha puesto en
las venas del mundo fragmentos de estrellas. Ha dado esplendor y belleza a la
existencia. Ha dado sueños y canciones hermosas a nuestro caminar como hombres
y mujeres.
Bastaría con repetir sin cansarnos: ha hecho
resplandecer la vida, para reencontrar la verdad y la alegría de creer en este
Dios.
Entonces toda la creación se vuelve transparente y lo
divino trasluce en el fondo de cada ser - Teilhard de Chardin - y cada rostro
humano rebosa de luz.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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