Vivir es el esfuerzo de «liberar» la belleza - San Mateo 17, 1-9 -
Como una flor de luz en nuestro desierto, así aparece el rostro de Cristo en el Tabor. El rostro es como la caligrafía del corazón, su escritura.
Ese rostro de sol nos asegura que a cada hijo de Adán
no se le ha dado un corazón de sombra, sino una semilla de luz, como nuestro
rostro secreto. Adán es una luz guardada en una cáscara de barro: alternancia
de tinieblas y luz, de sombra y sol, de tentación y transfiguración.
Pero en camino, como una línea ascendente, que avanza
sin retorno. Cada hombre habita la tierra como un icono aún inacabado, escrito como
los iconos auténticos, sobre un fondo dorado que es nuestra semejanza con Dios.
Vivir no es más que el esfuerzo gozoso de liberar la
luz y la belleza sembradas, por gracia, en nosotros.
Jesús toma consigo a Pedro, Juan y Santiago, los
primeros llamados, y los lleva a una montaña alta, donde la tierra se eleva en
la luz, donde lo celeste se condensa en la blancura de la nieve, nacimiento de
las aguas que fecundan toda vida.
Allí aparece un rostro «Totalmente Otro» - Karl
Barth - para que también el rostro del hombre se convierta en algo totalmente
distinto de lo que es. El rostro «alto» del hombre solo es comprensible a
partir de Jesús.
Toda antropología es una cristología incompleta. Toda
cristología es una antropología que se trasciende a sí misma en plenitud.
Es hermoso que estemos aquí. Estar aquí, ante este rostro, donde todo converge:
la ley, los profetas, el sol; el único lugar donde podemos vivir y permanecer.
Aquí estamos en casa, en otros lugares siempre estamos fuera de lugar; en otros
lugares no es hermoso, y solo podemos caminar, no quedarnos. Aquí
está nuestra identidad, el final del viaje, el regreso a casa de un exiliado.
Encontrar a Cristo es encontrar el sentido y la belleza de la vida.
Pero, como todas las cosas bellas, la visión no fue
más que una flecha de un instante: una nube los cubrió y se oyó una voz:
Escuchadle.
El Padre toma la palabra, pero para desaparecer detrás
de la palabra de su Hijo: «Escuchadle». La fe bíblica es una religión no de la
visión, sino de la escucha. Subes a la montaña para ver, y te remiten a la
escucha.
Bajas de la montaña y te queda en la memoria el eco de
la última palabra: Escuchadle. La visión del rostro cede ante la escucha del
rostro.
El misterio de Dios y el misterio del hombre están
ahora todos en Jesús. Ese rostro habla, y al escuchar a Jesús, oyente perfecto
del Padre, también nosotros nos convertimos, como Él, en hijos y rostro del
Padre.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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