domingo, 15 de febrero de 2026

Vivir es el esfuerzo de «liberar» la belleza - San Mateo 17, 1-9 -.

Vivir es el esfuerzo de «liberar» la belleza - San Mateo 17, 1-9 -

Como una flor de luz en nuestro desierto, así aparece el rostro de Cristo en el Tabor. El rostro es como la caligrafía del corazón, su escritura.

 

Ese rostro de sol nos asegura que a cada hijo de Adán no se le ha dado un corazón de sombra, sino una semilla de luz, como nuestro rostro secreto. Adán es una luz guardada en una cáscara de barro: alternancia de tinieblas y luz, de sombra y sol, de tentación y transfiguración.

 

Pero en camino, como una línea ascendente, que avanza sin retorno. Cada hombre habita la tierra como un icono aún inacabado, escrito como los iconos auténticos, sobre un fondo dorado que es nuestra semejanza con Dios.

 

Vivir no es más que el esfuerzo gozoso de liberar la luz y la belleza sembradas, por gracia, en nosotros.

 

Jesús toma consigo a Pedro, Juan y Santiago, los primeros llamados, y los lleva a una montaña alta, donde la tierra se eleva en la luz, donde lo celeste se condensa en la blancura de la nieve, nacimiento de las aguas que fecundan toda vida.

 

Allí aparece un rostro «Totalmente Otro» - Karl Barth - para que también el rostro del hombre se convierta en algo totalmente distinto de lo que es. El rostro «alto» del hombre solo es comprensible a partir de Jesús.

 

Toda antropología es una cristología incompleta. Toda cristología es una antropología que se trasciende a sí misma en plenitud.

 

Es hermoso que estemos aquí. Estar aquí, ante este rostro, donde todo converge: la ley, los profetas, el sol; el único lugar donde podemos vivir y permanecer. Aquí estamos en casa, en otros lugares siempre estamos fuera de lugar; en otros lugares no es hermoso, y solo podemos caminar, no quedarnos. Aquí está nuestra identidad, el final del viaje, el regreso a casa de un exiliado. Encontrar a Cristo es encontrar el sentido y la belleza de la vida.

 

Pero, como todas las cosas bellas, la visión no fue más que una flecha de un instante: una nube los cubrió y se oyó una voz: Escuchadle.

 

El Padre toma la palabra, pero para desaparecer detrás de la palabra de su Hijo: «Escuchadle». La fe bíblica es una religión no de la visión, sino de la escucha. Subes a la montaña para ver, y te remiten a la escucha.

 

Bajas de la montaña y te queda en la memoria el eco de la última palabra: Escuchadle. La visión del rostro cede ante la escucha del rostro.

 

El misterio de Dios y el misterio del hombre están ahora todos en Jesús. Ese rostro habla, y al escuchar a Jesús, oyente perfecto del Padre, también nosotros nos convertimos, como Él, en hijos y rostro del Padre.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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