domingo, 15 de febrero de 2026

Esa luz enterrada en nosotros - San Mateo 17, 1-9 -.

Esa luz enterrada en nosotros - San Mateo 17, 1-9 -

Jesús se transfigura «en un monte alto». Quizás porque en el monte se posa el primer rayo de sol y se demora el último, porque allí el día es más largo y la noche más corta: el monte es el lugar de la luz.

 

También Moisés y Elías son hombres de la montaña, han escalado el Horeb para ver al Señor. Ahora aparecen en el Tabor y conversan con Jesús: porque escuchar a Jesús equivale a ver a Dios. Moisés y Elías, la Ley y los profetas, toda la Sagrada Escritura, han alcanzado así su meta.

 

Mi meta también es la transfiguración, con el punto de partida y el de llegada indicados por dos palabras pronunciadas allí arriba.

 

La primera está dirigida a los discípulos, es decir, a todos nosotros: es mi Hijo. ¡Escuchadle!

 

Así comienza la transfiguración: quien le escucha se vuelve como Él. Escucharle significa ser transformados; la Palabra llama, hace existir, cura, cambia el corazón, fortalece, hace florecer la vida, la hace bella.

 

Y es la segunda palabra, la experiencia de Pedro y de todos los discípulos: qué bueno es para nosotros estar aquí. Aquí en el Tabor, en la luz, y también aquí, al pie de la montaña, donde la Palabra ha puesto su tienda.

 

Es hermoso estar aquí: en esta tierra que está llena de luz, dentro de esta humanidad que se está transfigurando. Es hermoso ser hombres, la tristeza no es mi verdad inmediata. Es hermoso ser de Cristo, que es luz de luz, como dice el Credo, porque yo también, si Cristo está en mí, soy en cierta medida luz de luz. Toda la existencia no es más que la alegría y el esfuerzo de liberar toda la luz que está enterrada en nosotros.

 

Pablo escribe hoy a su amigo Timoteo una frase de emocionante belleza: Cristo Jesús ha hecho resplandecer la vida. Jesús ha hecho espléndida la existencia, no solo su rostro y sus vestiduras, no solo el futuro o los deseos, sino la vida aquí y ahora, la vida de todos, la vida secreta de cada criatura.

 

Jesús ha reavivado la llama de las cosas, ha hecho resplandecer el amor, ha dado esplendor a los encuentros y belleza a las vidas, nuevos sueños y hermosas canciones a nuestra sangre. Y los sentidos son teclados divinos que prueban los acordes de una sinfonía que habla de una alianza gozosa con todo lo que vive.

 

Si pudiéramos llevarnos una palabra de este Domingo, que sea esta: El Señor ha hecho resplandecer la vida.

 

Repetirla como un eco de esperanza y bondad: la transfiguración ya ha comenzado, en las venas del mundo corren fragmentos de estrellas. Y sembrar los signos de la bondad y la luz, sembrar ojos nuevos que sepan ver y dar gracias e imitar a las criaturas que son buenas y luminosas, que tienen pasión por la justicia y que dan la vida.

 

Y bienaventurados aquellos que tienen el valor de ser ingenuamente luminosos en la mirada, en el juicio, en la sonrisa. Es realmente hermoso para nosotros estar aquí, junto a ellos.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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