Todos somos mendigos de luz como Pedro - San Mateo 17, 1-9 -
La Cuaresma, ese tiempo que podríamos definir como el tiempo de la penitencia, nos sorprende de inmediato con un Evangelio lleno de sol y luz.
De los cuarenta días en el desierto de arena al monte
de la transfiguración; del calor abrasador a los rostros bañados por el sol. La
Cuaresma sigue el ritmo de las estaciones, comienza en invierno y termina en
primavera, cuando toda la vida muestra su profunda verdad.
El camino de la realidad es como el del espíritu: un
crecimiento de la vida. Jesús
toma consigo a los tres discípulos más atentos, vuelve a llamar a los primeros
llamados y los lleva a una montaña alta, apartada.
Geografía sagrada: los lleva a lo alto, donde la
tierra se eleva en la luz, donde el azul se difumina suavemente en la nieve,
donde nacen las aguas que fecundan la tierra. «Y se transfiguró ante sus ojos».
No se menciona ningún detalle, salvo que las
vestiduras de Jesús se volvieron resplandecientes. La luz es tan intensa que no se
limita al cuerpo, sino que se extiende hacia el exterior, captura la materia de
las vestiduras y las transfigura. Las vestiduras y el rostro de Jesús son la
escritura, más aún, la caligrafía del corazón.
El entusiasmo de Pedro, esa exclamación de asombro:
¡qué hermoso es esto! nos hace comprender que la fe, para ser pan, para ser
vigorosa, debe descender de un asombro, de un enamoramiento, de un «qué
hermoso» gritado con todo el corazón.
La tarea más urgente de los cristianos es repintar el
icono de Dios: sentir y contar un Dios luminoso, solar, rico no en tronos y
poderes, sino cuyo tabernáculo más verdadero es la luminosidad de un rostro; un
Dios finalmente hermoso, como en el Tabor.
Pero a nosotros no nos interesa un Dios que solo se
ilumina a sí mismo y no ilumina al hombre, «no
nos interesa un divino que no haga florecer lo humano. Un Dios al que no le
corresponde el florecimiento de lo humano, el esplendor de la vida, no merece
que nos dediquemos a Él» - Dietrich Bonhoeffer -.
Como Pedro, todos somos mendigos de luz. Queremos ver
el mundo con otra luz, salir realmente a la luz, porque nacemos a medias y
necesitamos toda la vida para nacer por completo.
Viene una nube, y de la nube una Voz, que indica el
primer paso: ¡escuchadle! El Dios que no tiene rostro, tiene en cambio una voz.
Jesús es la Voz convertida en Rostro y cuerpo. Sus ojos y sus manos son la
palabra visible de Dios.
Como el Señor Jesús, no tenemos dentro un corazón de
tinieblas, sino una semilla de luz. El camino cristiano no es más que el
esfuerzo gozoso de liberar toda la luz y la belleza sembradas en nosotros.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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