Un ángel en el
cielo de nuestras metrópolis - San Mateo 4, 1-11 -
Como en una parábola de nuestros días, intento
imaginar el Evangelio de las tentaciones en una grande ciudad.
El diablo llevó a Jesús a una metrópoli, lo colocó en
lo alto, sobre la aguja central de una Catedral, y le mostró la ciudad a sus
pies. Y había multitudes en la calle,
turistas y policía. Algunos mendigos abrazaban a un perrito en su regazo, tal
vez para darse un poco de calor, tal vez para despertar un poco de compasión.
Sobre el asfalto gris, confeti y serpentinas de
carnaval, y la ligera lluvia de finales de invierno. Alguien, con ojos tristes
y piel oscura, vendía algo a los transeúntes. Mirando bien, también se veía a
los que se dejaban llevar: por la soledad, la vejez, la depresión, que se
dejaban morir por el dolor.
Entonces el diablo le dijo a Jesús: «¡Todo
esto es mío! ¡Todo será tuyo si te arrodillas ante mí!».
Señor, ¿por qué no le llamaste mentiroso? Diciéndole,
y diciéndonos a nosotros, que no es cierto, que no todo es suyo, que la ciudad
no es su reino, que hay justos y niños y enamorados y poetas.
Déjame mostrarte algo, Señor, precisamente a ti, que
no reaccionaste. En la ciudad, que el Enemigo dice que es suya, hay lugares
donde se secan lágrimas durante todo el día, donde mujeres y hombres interceden
por la ciudad, la conectan con el cielo, y otros que intentan hacer de su poco
algo que sirva a alguien.
Hay madres que dan la vida por sus hijos y gente
honesta incluso en las pequeñas cosas; hay padres que transmiten rectitud a sus
hijos y miradas sinceras. Se oye el grito del mal, lo oigo fuerte y me aturde
algunos días, pero aún más fuerte es el silencioso fermento del bien.
Señor, si miras bien en la ciudad que el diablo dice
que es suya, no solo hay competencia, puedes encontrar la pasión por la
justicia, el susurro de la honestidad, gente limpia sin segundas intenciones.
Y si te acercas un poco más, también puedes
encontrarme a mí, porque yo también estoy allí y soy de los que aún creen en el
amor, y no se consultan con sus miedos, sino con sus sueños.
¡Lánzate, te dijo, vendrán los ángeles a llevarte en
sus manos!
Sé que vendrán, cuando con el último, con el mayor
acto de fe, me lance hacia Ti el día de mi muerte, confiando.
Si hay un ángel en el cielo sobre la ciudad, le pido
que me acompañe en mi último viaje, tomándome de la mano, porque tengo un poco
de miedo, y que me diga en ese último tramo de cielo solo esto: «Ven, has
intentado amar, ¡tu deseo de amor ya era amor!». No pido nada más, solo que lo
diga con una sonrisa.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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