miércoles, 26 de febrero de 2025

De cuando la hipocresía se generaliza...

De cuando la hipocresía se generaliza... 

El Evangelio de Lucas 6, 39-45 es la continuación del Evangelio del domingo pasado, que anunciaba el aspecto verdaderamente único y revolucionario del cristianismo: el perdón incondicional, por tanto «no oponer mal con mal», por tanto practicar la no violencia como estilo de vida y no como gesto aislado, aunque noble, de misericordia. 

De hecho, esto es lo que Jesús anuncia: un nuevo “estilo”, una actitud de fondo radicalmente distinta que afecta a toda la vida y ayuda a los hombres de todos los tiempos a liberarse y a ponerse en camino… ¡a abrir nuevos y significativos caminos comunitarios sólo por la Palabra! 

Jesús de Nazaret nunca fue un débil ni un cobarde, ¡nunca tuvo miedo de ser un profeta “incómodo” y alternativo! 

…Revolucionario tanto en relación, por ejemplo, al Antiguo Testamento en el que se aprobaba la venganza (ojo por ojo…), pero también en relación al mundo actual, en el que se desatan guerras de todo tipo, masacres, muros, campos de concentración… en el que se aprueban leyes de legítima defensa armada… Un mundo que, jugando con nuestros miedos, casi siempre inducidos por incesantes campañas mediáticas, nos ofrece soluciones, ¡tan violentas como “simples”! Y así la venganza se vuelve “santa”… la escala de valores se distorsiona y entonces: mi interés, mis cosas, mi propiedad, mi familia… está antes del respeto a la vida de los demás, está antes del dolor y el hambre de tantos hermanos y hermanas… ¡y terminamos justificando cada violencia, cada abuso! 

Jesús fue ciertamente revolucionario, también en relación a nuestro egoísmo innato que nos empuja a amar sólo a quien nos ama, nos aprecia, nos estima... que nos justifica (¡nuestra capacidad de auto-absolución es de hecho infinita!) a odiar, a marginar, a acosar a quien es diferente, al culpable, al malo, al pecador. Y con esto llegan incluso al punto de torcer el Evangelio para ponerlo al servicio de su perversa ideología… 

Pero el perdón, la no violencia, la no resistencia al mal es -como ofrecer la otra mejilla a quien te golpea- el único camino de salvación que se nos da: salvación que se hace visible ya aquí en la tierra (un mundo en paz, relaciones pacíficas, justicia difundida, derechos respetados, reparto de los bienes), salvación ante el Eterno que nos juzgará sobre esto. ¡Sí, porque habrá un juicio! 

Y sabemos también cuál será la medida… Nos lo recuerda bien el Evangelio de Mateo, en el capítulo 25… y entonces se dirá: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te recogimos, o desnudo y te cubrimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos? Y el Rey les responderá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.» Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”. 

El Evangelio de hoy continúa en la misma línea con algunas declinaciones del mismo concepto. El discurso presenta de hecho algunas similitudes: guía/ciego; viga/mota; árbol/frutos; maestro/discípulo… 

En este punto surgen al menos tres preguntas… 

1.- ¿Quién es el maestro ciego que nos conduce al hoyo? 

Es un falso maestro que ignora el fundamento de la buena noticia del Evangelio: aprueba la guerra y la violencia, no le importan los derechos violados, ignora el clamor de los últimos de la tierra, gestiona las relaciones con arrogancia y abuso... Es un maestro que hoy, como ayer, tiene muchos seguidores, tiene sus propios ritos y templos... Es él quien ha puesto en el centro de su existencia, no al Dios bíblico, sino a un ídolo: un tremendo Moloch en cuyos altares todo se vuelve prescindible: las personas, los recursos, el tiempo, la vida. 

Pero un mal maestro es también aquel que “baja el listón”, que intenta aguar, domesticar, edulcorar, suavizar. Alguien lo llamaba "gracia barata": es decir, dice “No es posible… No puede ser… Así funciona el mundo… ¡Tenemos que ser realistas!”. Y así, con su pensamiento y su acción, reduce el mensaje de Jesús a un bello y dulce cuento para ilusos, a una leyenda para niños... ¡lo trivializa edulcorándolo! 

Entre estos guías ciegos encontramos a quienes pretenden conocer otro camino de salvación, ya sea económico, político, social… 

Un mal maestro es entonces aquel que usa la autoridad para imponer conductas excluyentes y lecturas falsas del mundo… tergiversando también la Palabra para otros propósitos declarados o no, confesados e inconfesables… 

Es él maestro que repite bien lo que dijo Jesús pero lo aplica a los demás: así la Palabra ya no sirve para convertir/transformar sino que se convierte en “represalia”. 

¡La Biblia, en esta perspectiva distorsionada, se convierte en un objeto para acusar y golpear a otras personas! Un arma para ser utilizada y blandirla “contra” alguien… 

Así, por ejemplo, pronunciamos discursos absurdos y medievalistas sobre las mujeres, la familia, los homosexuales, otras religiones y culturas,…, contra cualquiera que no piense como “nosotros” que tenemos la verdad en el bolsillo… casi como si fuera un manojo de llaves. 

Este tipo de ciego se arrastra a sí mismo y a los demás al abismo porque “con la medida con que juzgáis, seréis juzgados”. 

2.- ¿Quién es el maestro ciego para Jesús? 

En el tiempo de Jesús estaban los fariseos, los escribas, los sumos sacerdotes... Hombres que vivían y respetaban la ley mosaica de manera absoluta... pero lo que se había interrumpido, perdido para ellos, era la relación con el Dios bíblico: un Dios "dinámico", nómada, que camina con los hombres, adaptando su paso y sus palabras a su ritmo y a sus capacidades... 

Para Lucas, o más bien para la comunidad lucana, el ciego es el cristiano que juzga y condena… es decir, que no es compasivo y misericordioso, que no absuelve y no perdona. Y esto es cierto tanto en la vida comunitaria como en el comportamiento individual, en su vida cotidiana… 

¡El ciego es el irreprochable y el justo según la ley! 

¡El ciego es el hijo mayor de aquella parábola que conocía tanto la ley de la justicia que había olvidado por completo la ley de la gracia! 

Pero como dice San Pablo a los Gálatas: «Cuando vino la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos». 

3.- ¿Quién es el ciego hoy, en nuestra realidad, en nuestra vida cotidiana…? 

a.- El que critica el mal ajeno sin ver el propio es por tanto un hipócrita. 

¿Cómo podemos entonces oponernos a esta hipocresía, a esta incomprensión…? La no violencia evita la necedad, la presunción de criticar a los demás, de sentirse con derecho a herirlos con el juicio, de sentirse mejores, más justos y más amados… 

De hecho, la crítica debe ejercerse, en primer lugar, "contra uno mismo", contra las propias distorsiones... Nadie puede arrogarse el derecho de actuar como guía para los demás: ¡todos somos ciegos! ¡Todos somos incapaces de ver y necesitamos amor y perdón! 

¡Y éste es el nuevo modo de pensar de Jesús! Pensemos en la adúltera que estaba a punto de ser lapidada… Jesús no la juzga ni a ella ni a sus agresores: nos hace tomar conciencia de la debilidad individual de cada persona (“El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra…”). 

b.- Ciego es aquel que se cree más grande que el Maestro Jesús y su Evangelio. 

Si miramos a nuestro alrededor notamos un “florecimiento” de las llamadas revelaciones personales, hechos prodigiosos,…, y comienza el ballet de lo mágico, lo extraordinario, lo sobrenatural… ¡de una fe cada vez más privada, incorpórea, obradora de milagros! 

Y he aquí vírgenes que aparecen e incluso se dejan fotografiar, videntes en delirio místico, estatuas que lloran, hostias que rezuman sangre, supersticiones de diversa índole... ¡Esto no es fe… es tribalismo! 

Ciego, pues, es también quien busca nuevos caminos de salvación, una salvación efímera, porque no se funda en la exigente Palabra de Dios y en un camino comunitario. Una salvación construida para uso y consumo de occidentales aburridos o siguiendo al gurú o influencer de turno que promete éxito, felicidad… salvación. 

Todo esto sucede porque no somos capaces de confiarnos a Dios y a su Palabra de salvación… ¡Porque buscamos una salvación “privada”, individual, exclusiva y excluyente… para salvarnos a nosotros mismos! 

En este pasaje del Evangelio, Jesús utiliza una palabra importante: “¡Hipócrita!”… Pero tengamos mucho cuidado con el uso: no significa “pretensión”, sino “protagonismo”. 

Es decir, ¡significa ver el mal de los demás y no el propio! 

Cuando el juicio y la crítica llueven como un hacha… ya no se trata de un método de corrección fraterna sino de una forma de abuso y de violencia. 

La crítica, necesaria en ciertos casos, nunca debe ser opresiva o insultante, arrogancia o dureza, sino más bien una ayuda al discernimiento. ¡Reflexionar seriamente, y en primer lugar - negro sobre blanco - sobre el propio testimonio de vida! 

Jesús mismo nos lo enseña: en sus actitudes y en sus palabras con sus críticos Jesús es claro y radical pero no destructivo, decidido pero no excluyente, buscando siempre un “puente”… Pensemos, al respecto, en los mil encuentros “misericordiosos” del maestro de Nazaret. 

Y ahora, llegados a este punto, nos queda hacernos una pregunta que nos remonta al principio del capítulo 6 del Evangelio de Lucas, a la llamada de los apóstoles: «¿Soy capaz, con tu palabra Señor, de echar mis redes? ¿De convertirme día a día? ¿De luchar para que venga tu Reino? ¿Un Reino de nuevos cielos y nueva tierra?». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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