Sí, me
levantaré y me pondré en camino
Ante nosotros, una vez más, un signo de la
misericordia de Dios, un signo de la posibilidad de esperar: estos cuarenta
días que nos separan de la Pascua son, de hecho, la señal de que Dios aún no se
ha cansado de nosotros, concediéndonos una nueva oportunidad para volver a Él.
La Cuaresma, esta Cuaresma, es una ocasión para
recuperar el aliento, una oportunidad para leer con mayor lucidez y conciencia
lo que está sucediendo. El tiempo que tenemos ante nosotros no es, ante todo,
un tiempo marcado por la penitencia y el sacrificio. Es, más bien, el tiempo en
el que con mayor determinación nos ponemos en camino hacia la luz.
Y la liturgia nos sugiere también un posible
itinerario: “volved a mí con todo vuestro corazón”. El profeta Joel se dirige a
un pueblo presa del miedo y la resignación, invitando a cada uno a asumir sus
responsabilidades públicas y a movilizarse para la recuperación. Han pasado
siglos y nuestra situación no es diferente: también nosotros reconocemos
sentimientos de impotencia, actitudes de resignación. Hoy, como entonces,
resuena la invitación a volver a la esperanza.
Volver a la esperanza: es decir, ponerse en marcha,
abandonar una situación de estancamiento sin temer afrontar el riesgo del
camino. Para que esto suceda es necesaria una decisión: la de ponerse en marcha.
Sin embargo, cada uno de nosotros sabe muy bien que hay en nosotros actitudes
que impiden cualquier posible partida.
De hecho, quien se siente realizado, quien se siente
satisfecho, quien no tiene ningún deseo de cambio, quien se exime de toda
responsabilidad, permanece donde está. Todos ellos no darán un paso. La
Cuaresma, por lo tanto, no es para ellos. En cambio, regresa quien no cede a la
cansada resignación y, por lo tanto, está dispuesto a luchar contra todos los
obstáculos. Vuelve quien es consciente de que nada está definitivamente
perdido.
Volver a tener esperanza significa, por lo tanto,
dejarse llevar por la nostalgia de algo más; significa que mi existencia no
puede reducirse a la mera satisfacción de necesidades, por legítimas que sean,
como la comida, la ropa, la salud o el trabajo. No solo de pan vive el hombre.
Volver a tener esperanza significa, además, encontrar
tiempo para expresar la importancia de la propia relación con Dios. Significa,
por tanto, disponibilidad, búsqueda, capacidad de resistencia.
Es posible volver a tener esperanza porque ante
nosotros no hay un Dios vengativo, sino un Dios siempre dispuesto a ofrecer
nuevas oportunidades, siempre dispuesto a volver a conceder créditos.
Jesús resume los signos de nuestro volver a la
esperanza en tres actitudes: la limosna, la oración y el ayuno, actitudes que
involucran toda la existencia.
La limosna, es decir, reencontrar gestos de
fraternidad que nacen de un corazón capaz de compartir. Gestos discretos,
delicados, respetuosos de la dignidad de quienes se encuentran en necesidad.
La oración, es decir, la disponibilidad para escuchar,
para custodiar un corazón capaz de acoger lo que el Señor quiera decirnos
precisamente en el tejido de la existencia cotidiana.
El ayuno, es decir, la disposición a recuperar el
equilibrio perdido en la relación con las cosas para no dejarse determinar por
ellas, en la relación con uno mismo para sentir el hambre de lo que realmente
importa, en la relación con Dios para sentir más fuerte el deseo de Él. El
ayuno como liberación de la ansiedad de poseer.
«No es lo que eres, ni siquiera lo que has sido, lo
que Dios mira con sus ojos misericordiosos, sino lo que deseas ser», dijo un
místico anónimo de la Edad Media.
Esta Cuaresma, por tanto, como tiempo para entrar en
contacto con lo que deseo ser para volver a tener esperanza.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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