jueves, 26 de marzo de 2026

El salto de la fe - San Juan 20, 19-31 -.

El salto de la fe - San Juan 20, 19-31 - 

Los discípulos estaban encerrados en casa por miedo a los judíos. Han traicionado, han huido, tienen miedo: ¿qué hay menos digno de confianza que aquel grupito desorientado? Y, sin embargo, Jesús viene. 

Una comunidad en la que no se está a gusto, con puertas y ventanas cerradas, donde falta el aire. Y, sin embargo, Jesús viene. No desde arriba, no desde los márgenes, sino, dice el Evangelio, «en medio de ellos». 

Y dice: «La paz sea con vosotros». No se trata de un deseo o de una promesa, sino de una afirmación: la paz es. Ha descendido dentro de vosotros, ha comenzado y viene de Dios. Es paz sobre vuestros miedos, sobre vuestros sentimientos de culpa, sobre los sueños no alcanzados, sobre las insatisfacciones que empañan los días. 

Luego le dice a Tomás: «Pon aquí tu dedo; extiende tu mano y ponla en mi costado». 

Jesús va y viene por puertas cerradas, en el viento sutil del Espíritu. También Tomás va y viene de aquella habitación, entra y sale, libre y valiente. Jesús y Tomás, solo ellos dos buscan. Se buscan. 

Tomás no se había conformado con las palabras de los otros diez; no necesitaba un relato, sino un encuentro con su Maestro. Que viene con total respeto: en lugar de imponerse, se ofrece; en lugar de retirarse, se expone a las manos de Tomás: Pon, mira; extiende la mano, toca. 

La resurrección no ha cerrado los agujeros de los clavos, no ha cicatrizado los labios de las heridas. Porque la muerte en la cruz no es un simple incidente que superar: esas heridas son la gloria de Dios, el punto más alto del amor, y por eso permanecerán eternamente abiertas. En esa carne, el amor ha escrito su relato con el alfabeto de las heridas, ahora indelebles como el amor mismo. 

El Evangelio no dice que Tomás tocara realmente, que metiera el dedo en el agujero. A él le bastó ese Jesús que se presenta, una vez más, una y otra vez, con esta humildad, con esta confianza, con esta libertad, que no se cansa de salir al encuentro. Es su estilo, es Él, no te puedes equivocar. 

Entonces la respuesta: «Señor mío y Dios mío». Mío como el aliento y, sin él, no viviría. Mío como el corazón y, sin él, no sabría. Jesús le dijo: «Porque me has visto, has creído; ¡dichosos los que no han visto y han creído!». 

Gran educador, Jesús. Educa a la libertad, a ser libres de los signos exteriores, y a la seriedad de las elecciones, como hizo con Tomás. 

Qué bonito sería si también en la Iglesia, como en la primera comunidad, fuéramos educados más en la conciencia que en la obediencia; más en la profundización que en la docilidad. 

Estas cosas se han escrito para que creáis en Jesús, y para que, creyendo, tengáis vida. Creer es la oportunidad de estar más vivos y más felices, de tener más vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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