lunes, 2 de febrero de 2026

Sal, luz, ciudad: el don y la responsabilidad se abrazan - San Mateo 5, 13-16 -.

Sal, luz, ciudad: el don y la responsabilidad se abrazan - San Mateo 5, 13-16 -

Después de pronunciar las bienaventuranzas, dirigidas a los discípulos y concluidas con la invocación al «vosotros» de los discípulos perseguidos (Mt 5,11-12), Jesús se dirige ahora a ellos, a los discípulos, con un discurso directo en el que los califica de «sal de la tierra» y «luz del mundo».

 

Y estos apelativos no tienen nada de triunfalista, ni mucho menos pueden generar en los propios discípulos presunción u orgullo, sino que son una llamada a una responsabilidad que puede ser desatendida.

 

Las palabras sobre la sal y la luz se refieren a la relación de los discípulos con el mundo, a su responsabilidad hacia los «hombres». Por lo tanto, detrás de la referencia a la «tierra», es decir, a la humanidad que vive en la tierra, y al «mundo», es decir, a los habitantes del mundo, hay una afirmación implícita de lo que la humanidad tiene derecho a esperar de los creyentes.

 

Hay una tarea que solo los discípulos de Jesús pueden cumplir y de la que no pueden sustraerse, so pena de volverse insignificantes, de perder su sabor, como la sal que se vuelve insípida, y de perder su fuerza irradiadora, como la luz que ya no ilumina. Por lo tanto, so pena de traicionarse a sí mismos y a su vocación.

 

Las palabras de Jesús pueden referirse y aplicarse a la modalidad de la presencia de los cristianos en el mundo.

 

En primer lugar, es importante subrayar que las palabras evangélicas sobre los discípulos «sal» y «luz» están en boca de Jesús y dirigidas por él a ellos. Es Jesús quien dice: «Vosotros sois la luz», no son los discípulos quienes dicen: «Nosotros somos la luz». Esto sería arrogancia y traición a la calidad de la luz que es Jesús y que los discípulos solo pueden reflejar viviendo el espíritu de las bienaventuranzas.

 

Las palabras de Jesús no afirman, por tanto, una situación de hecho, sino que introducen al discípulo en la labor de la escucha y la fe, ya que deben ser recibidas, acogidas y convertidas en práctica. Solo esta condición mantiene al creyente en la humildad y le permite participar en la sabiduría del Evangelio y dar testimonio de ella, así como acoger la luz de Jesús y difundirla.

 

Esto significa que ser luz y sal en relación con los hombres no es un dato adquirido por derecho, de una vez por todas, sino un acontecimiento que ocurre cada vez que el creyente escucha la palabra de Jesús y del Evangelio y la pone en práctica, en actitud de servicio hacia los hombres.

 

Imponer la propia luz, la propia verdad a los demás, sería una distorsión de la vocación que Jesús confía a los suyos.

 

Por otra parte, confiar la tarea de ser sal de la tierra no significa que el mundo deba convertirse en un salero. Y, de manera análoga, ser luz del mundo no significa hacer desaparecer las tinieblas y las zonas de sombra: una luz deslumbrante no ilumina, sino que produce ceguera.

 

No hay que hacer una interpretación absoluta, fundamentalista… de estas afirmaciones: la contribución mesiánica que los creyentes pueden dar a la humanidad, por fundamental que sea, es limitada y parcial. Cualquier declinación fundamentalista y absoluta es una traición a la lógica evangélica.


 

Las dos imágenes «vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5,13) y «vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14), tienen en común la posibilidad del fracaso.

 

La sal puede volverse insípida, traicionando su función; la lámpara puede dejar de iluminar, desmintiendo su sentido. Ahora bien, la sal es un elemento que tiene muchas funciones y significados. Aquí, sin embargo, es sin duda un símbolo de sabiduría tan contraria a la insensatez, necedad…

 

La sabiduría, palabra y realidad hoy marginada, indica algo que va mucho más allá de la información, hoy tan extendida, es más, que va incluso más allá y más en profundidad que el conocimiento.

 

Se trata de un saber que ayuda a vivir, que es amigo de la vida. Que no se reduce a una dimensión intelectual, sino que integra los sentidos y las emociones como factores de una inteligencia integral de uno mismo, de los demás y de la realidad.

 

Y es una sabiduría que el cristiano ve iluminada y guiada por el Espíritu que animó la vida del mismo Jesús.

 

En cuanto a la imagen de la luz, en el Antiguo Testamento se aplica a Dios (Sal 27,1) y a la Torá (Sal 119,105) y, por tanto, al pueblo de Israel que, instruido en la Torá y guiado por la voluntad de Dios, se convierte en «luz de las naciones» (Is 42,6; 49,6).

 

En el Nuevo Testamento se refiere al Mesías Jesús y se aplica también a sus discípulos, ya que participan de su vida. No son ellos, hay que repetirlo, la fuente de la luz. Pueden reflejarla en la medida de su fe y de su amor por Jesús.

 

Así se comprende cómo también esta responsabilidad suya puede fallar. Jesús expresa esta posibilidad con la imagen de la lámpara que, si se cuelga del candelero, es decir, de la varilla situada en el centro de la casa, ilumina todo el interior de la casa, pero que también puede ser ocultada y apagada por el celemín.

 

La sal que se vuelve insípida, la lámpara que no ilumina, la ciudad situada en una montaña y que permanece oculta y no visible: todas estas imágenes convergen en advertir severamente a los discípulos y a todos los cristianos de la posibilidad de fallar en su responsabilidad de fe. Entonces se volverían insignificantes para los hombres y este sería el peor juicio al que podrían incurrir.

 

El versículo final, al relacionar la luz de los discípulos que debe brillar ante los hombres y sus obras que, si se ven, llevan a los hombres mismos a dar gloria a Dios, establece la relación equilibrada entre la fe y la ética.

 

Lo esencial es la acogida de la luz de Jesús que, gracias a la fe, puede morar en el creyente y que encuentra en las obras «bellas» un lenguaje comprensible para los hombres, un lenguaje simbólico. Las obras bellas se convierten en un signo que remite al Padre que está en los cielos.

 

La sacramentalidad de la Iglesia se manifiesta cuando su actuar y obrar repercute en los demás y los lleva a reconocer la fuente de la luz, el Dios «padre de las luces» (St 1,17). La Iglesia expresa esta sacramentalidad cuando la luz que ha recibido y acogido como don de lo alto la refleja y la difunde por el mundo con su testimonio, sin guardarla celosamente para sí misma, porque eso significaría apagarla.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Evangelio es cuestión de atracción - San Mateo 5, 13-16 -.

El Evangelio es cuestión de atracción - San Mateo 5, 13-16 -

La luz como responsabilidad de los creyentes. La fe está llamada a convertirse en luz. Sabiendo bien que la luz no pertenece al creyente y que él solo puede acogerla y reflejarla.

 

Y Mateo subraya que la luminosidad del creyente se manifiesta en obras de justicia y caridad, en una manera evangélica actuar. Por eso su Evangelio subraya que la luz de los creyentes se traduce en obras buenas.

 

La exhortación a hacer el bien es ante todo una invitación a luchar: luchar para vencer la tentación de una ascética y una mortificación que son fines en sí mismas, que alejan de la relación con los demás y por tanto de la caridad y la justicia.

 

Es una invitación a luchar contra la tentación de la facilidad, la superficialidad y la fealdad en las que a menudo caemos sin siquiera darnos cuenta, y a oponernos a ellas con acciones bellas, es decir, sabias y sabrosas («ser sal»), cálidas y luminosas («ser luz»).

 

La luz de los creyentes debe brillar en esta historia que a menudo se percibe como opaca y en esas relaciones que a veces se consideran un obstáculo para una cualidad espiritual.

 

La luminosidad de los creyentes debe, por tanto, declinarse como belleza, pero una belleza que conjuga la dimensión estética y la dimensión ética y que encuentra su momento más alto en hacer el bien a quienes nos han hecho el mal, en responder con mansedumbre a las ofensas recibidas.

 

Las obras «bellas» de las que habla Jesús se arraigan en el corazón del creyente y suponen un trabajo interior.

 

El Evangelio ya había dicho que Jesús había comenzado a irradiar su luz en la zona de Galilea: «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz» (Mt 4,16). Ahora, después de presentar a Jesús proclamando las bienaventuranzas, Mateo muestra a los discípulos y a las multitudes que escuchan la luz. Solo escuchando la palabra luminosa de Jesús se llega a ver su luz. Es gracias a la escucha de su palabra que los discípulos pueden ser llamados «luz del mundo» y «sal de la tierra».

 

En la simbología bíblica, la luz es un atributo de la palabra de Dios: «Tu palabra es lámpara para mis pasos, luz en mi camino» (Sal 119,105). «Luz» es la primera palabra que sale de la boca del Dios creador (Gn 1,3). Y el mismo Jesús, «luz del mundo» (Jn 8,12), transmite su luminosidad a quienes aceptan dejarse guiar por su palabra a través de la escucha que se convierte en seguimiento.

 

«El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). La escucha y el seguimiento transmiten la luz al discípulo, que se convierte en un reflejo de ella y, a su vez, puede irradiarla.

 

Es significativo que estas palabras de Jesús a los discípulos, tan importantes y constitutivas sean imágenes: sal, luz y luego ciudad. Es un lenguaje simbólico y metafórico que no define ni norma con precisión los deberes y las tareas, sino que constituye un cauce en el que moverse, una dirección a seguir, un espacio en el que sumergirse. Y esto para que la presencia y el testimonio de los cristianos en el mundo tengan sentido.



Las imágenes de la sal, la luz y la ciudad remiten en su conjunto a lo que podemos llamar «sentido».

 

Mateo ha especificado que el discurso de Jesús en la montaña es una enseñanza y enseñar tiene que ver con el sentido, en todos los significados que tiene esa palabra y que están bien expresados por las metáforas de la luz, la sal y la ciudad.

 

Como luz, los creyentes recorren un camino y señalan una vía, una dirección. Su presencia tiene una importante dimensión ética. La luz, que permite ver y dar forma a las cosas, también tiene un valor significativo.

 

Como sal, dan sabor y dan gusto a la vida. Su presencia está llamada a ser sabrosa, no insípida, y tiene un valor estético en cuanto evocación y testimonio de la belleza.

 

En cuanto a la ciudad situada en una montaña, su sentido es el de atraer, orientar el deseo, proporcionar una meta al camino de los seres humanos. Así, simboliza la tarea de la Iglesia, que es «crecer no por proselitismo, sino por atracción» (Papa Benedicto XVI).

 

Lo que llama la atención en las imágenes utilizadas por Jesús es que todas ellas ponen de relieve la posibilidad del fracaso: la sal puede volverse «insípida» y una sal insípida no sirve para nada. La lámpara puede ponerse bajo el celemín y dejar de iluminar; una ciudad puede permanecer oculta y dejar de cumplir su función de acoger y ser habitada.

 

Jesús vislumbra la posibilidad de la insignificancia en la que pueden acabar los cristianos.

 

En este sentido esta página evangélica hasta puede reflejar gran parte de la situación actual de los cristianos en el mundo, o al menos en los países de antigua cristiandad.

 

¿Dónde está hoy el poder de atracción de la Iglesia? ¿Dónde está la promesa de vida, de sentido y de felicidad para las personas, en particular para las generaciones jóvenes? ¿Dónde y cómo es la Iglesia hoy sal? Es decir, ¿capaz de infundir sabor y dar belleza y gusto a la vida? ¿Y dónde y cómo es luz? Es decir, ¿dónde y cómo es capaz de indicar caminos a seguir, abrir el futuro y la esperanza, abrir senderos de sentido? A menudo nuestras iglesias se presentan como debilitadas, cansadas, sin pasión, agotadas, desgastadas.

 

La imagen de la sal que se ha vuelto insípida va acompañada de la constatación de que «ya no sirve para nada». Y no es de extrañar que la presencia cristiana a menudo solo suscite indiferencia. ¿Qué se necesita?

 

No se trata de indicar «cosas que hay que hacer», sino actitudes que hay que adoptar: valentía, imaginación, creatividad. Es decir, inteligencia creativa. La luz y la sal también indican inteligencia.

 

Y la inteligencia se atreve con valentía a afrontar los cambios, reconociendo que no se puede pretender que las cosas cambien si se sigue pensando de la misma manera de siempre y haciendo las mismas cosas de siempre.

 

La inteligencia analiza las situaciones y se atreve a imaginar soluciones inéditas, arrojando rayos de luz en zonas de sombra en las que se avanza a tientas. La inteligencia se atreve a dar forma creativa a modos de presencia, a lenguajes, a contenidos que traducen el evangelio eterno en el hoy histórico.

 

Quizás así podamos redescubrir lo que significan esas palabras: «Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo».



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


 

Hacer la guerra al hambre y alimentar la paz.

Hacer la guerra al hambre y alimentar la paz

Te invito a un momento de silencio escuchando esta canción “La hora del hambre” con sus imágenes y su letra: https://www.youtube.com/watch?v=dp_6TX4hCfg  

 

¿Hay algo nuevo que decir sobre el hambre en el mundo? ¿Algo que aún no se haya dicho?

 

¿Cabe seguir llamando la atención de una política, y probablemente también de una Iglesia, encerradas en sí mismas, sobre una situación planetaria que es intolerable?

 

Me refiero, como hecho intolerable, el dato de que millones de personas en el mundo estén malnutridas o pasen hambre no es una cuestión de mala suerte o de destino, es una cuestión de elecciones y de responsabilidad.

 

¿Se puede calificar de escándalo mundial la muerte por hambre?

 

Cabe mirar hacia otro lado y fingir que esto no existe. Cabe no ser más conscientes de nuestras elecciones alimentarias, que a menudo implican el desperdicio de alimentos y el mal uso de los recursos a nuestra disposición. ¿Todo eso, y mucho más, cabe?

 

El hambre no es un accidente de la historia, sino más bien un producto funcional del sistema alimentario y productivo en el que cada uno de nosotros desempeña un papel y tiene una parte.

 

Seguramente el cambio es radical. Ya no se centra solo en la ayuda que los ricos afortunados deben, por espíritu de caridad, a los hermanos más desafortunados. Porque quizás, con nuestro estilo de vida, somos parte del problema y no solo de la solución.

 

Todo apunta, creo, a que hay comida suficiente para alimentar a todos y que si hay voluntad, lo que tenemos no se acaba. Esa es la cuestión: el hambre es una vergüenza que se puede resolver, que se puede borrar de la historia en un plazo razonable.

 

¿Qué falta entonces? ¿Falta la voluntad política? ¿Falta la masa crítica de la ciudadanía que ponga en marcha el proceso?

 

Para el pueblo judío, las dos calamidades por excelencia eran el hambre y la esclavitud.

 

Para derrotar definitivamente la esclavitud, al menos la legalizada, se tuvo que esperar siglos, e incluso se travesaron períodos en los que la humanidad vivió sin pestañear ante contradicciones evidentes.

 

Como botón de muestra basta pensar en la Constitución estadounidense, redactada en 1787, dos años antes de la Revolución Francesa. Se sancionaba la igualdad de todos los hombres, pero durante casi un siglo, al mismo tiempo que estaba en vigor esa Constitución, en los estados del sur la esclavitud no solo era aceptada, sino incluso regulada.

 

El último estado del mundo en abolirla de su código fue Mauritania, en 1980, más de dos siglos después del nacimiento del movimiento abolicionista.

 

El hambre está siguiendo un camino similar.

 

Las Iglesias cristianas hablan del derecho dado por Dios a todos a tener acceso a una alimentación adecuada. Pero se debe añadir que también el derecho de los hombres consagra este punto firme.


En la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 se dice que «toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado para su salud y bienestar, así como el de su familia, incluyendo la alimentación...». O, por ejemplo, en la Declaración sobre la Seguridad Alimentaria Mundial de 1996 se da un paso más al afirmar «... el derecho de toda persona a tener acceso a alimentos sanos y nutritivos, de acuerdo con el derecho a una alimentación adecuada y con el derecho fundamental de todo ser humano a no padecer hambre».

 

Nadie cuestiona estas, y tantas otras bellas formulaciones, y sin embargo todos convivimos con la conciencia de la existencia de millones de personas desnutridas y que mueren de hambre.

 

Los mensajes de Manos Unidas, como siempre, son una extraordinaria exhortación moral, y deberían incluirse en un debate político que parece haber olvidado la importancia central una realidad que parece ser endémica: el del hambre.

 

El objetivo de acabar con el hambre debe ser una prioridad para todos nosotros, no solo por fraternidad universal, sino incluso por nuestro propio bienestar personal.

 

No podemos ser felices si los demás no lo son, por lo que hasta que no logremos erradicar esta vergüenza no podremos decir que nos hemos realizado plenamente.

 

Si una parte tan grande de la gran familia humana no tiene acceso a la comida, significa que no estamos cumpliendo con nuestro deber como seres humanos: el deber de ser hermanos.

 

En el ejemplo evangélico de la multiplicación de los panes y los peces, y al enterarse de la multitud de personas hambrientas que se habían reunido para escucharlo, Jesús no dudó y envió inmediatamente a sus discípulos a buscar comida para todos.

 

Esta es la cuestión: sin comida, ninguna palabra de salvación tiene sentido.

 

No solamente con motivo de la Campaña de Manos Unidas sino cada día es impensable imaginar futuros posibles, salidas a la crisis mundial, nuevos paradigmas de convivencia,…, si millones de personas no comen.

 

Por eso, el mensaje siempre actual de Manos Unidas es un mensaje de liberación. Debemos sacudirnos el óxido de tantas de nuestras cuestiones miopes para volar alto y afrontar retos verdaderamente trascendentales y fundamentales.

 

Nuestro sistema alimentario muestra cada día sus lados oscuros, desde cualquier punto de vista que se mire.

 

A los muertos por hambre se contraponen los obesos, a los desnutridos los hipernutridos, con la diferencia de que los hambrientos y los desnutridos no son artífices de sus propias elecciones alimentarias, sino que sufren la violencia del sistema inhumano que provoca el hambre de millones de seres humanos.

 

Tal vez, para acabar, qué mejor que hacerlo viendo el vídeo de la campaña de este año 2026 de Manos Unidas que lleva por título “Declara la guerra al hambre”: https://www.youtube.com/watch?v=q-rjdZKJaEw


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 1 de febrero de 2026

De Donald Trump o la banalidad.

De Donald Trump o la banalidad

Hay épocas en las que la crisis no adopta la forma de un acontecimiento, sino la de una permanencia. Nada explota, nada interrumpe el curso de las cosas y, sin embargo, algo ya se ha retirado hasta desaparecer.

 

Las instituciones siguen funcionando, el lenguaje sigue circulando, el poder se sigue ejerciendo.

 

Lo que falta no es el funcionamiento, sino el sentido.

 

Esta es la disfunción sin acontecimiento: una condición en la que el mundo no se acaba, pero deja de tener valor.

 

El rasgo decisivo de esta condición no es el caos, sino la equivalencia. Todo puede ponerse en el mismo plano porque nada tiene ya fundamento. Las diferencias no desaparecen, pero dejan de importar.

 

La verdad y la mentira, la decisión y la reacción, el juicio y la opinión se vuelven intercambiables, no porque sean idénticos, sino porque el mundo ha perdido la capacidad de distinguirlos.

 

La equivalencia no es igualdad: es indiferencia estructural.

 

En este régimen, el poder ya no necesita pensar. No planifica, no orienta, no fundamenta: simplemente ocupa.

 

Ocupa el espacio discursivo, la atención, el tiempo.

 

Gobierna no a través de la decisión, sino a través del flujo.

 

No es un poder fuerte, sino un poder vacío, que obtiene su eficacia de la ausencia de criterios, de la suspensión del juicio, de la renuncia al pensamiento.

 

Las fracturas del orden internacional no son más que una manifestación de esta condición.

 

La crisis de las alianzas, la imprevisibilidad de las grandes potencias, la transformación de la cooperación en instrumento de presión no solo indican un cambio geopolítico. Señalan la disolución de un mundo compartido.

 

El orden basado en normas no se ha derrumbado: ha dejado de creer en sí mismo. La fuerza que lo sostenía ya no organiza el mundo, sino que lo expone a una desarticulación permanente.


Donald Trump no es el origen de esta disfunción. Es su figura reveladora. Modélica. Paradigmática.

 

No introduce una nueva ideología, no funda un nuevo orden, no inaugura una ruptura histórica. Más bien muestra que la ruptura ya se ha producido.

 

Su lenguaje carente de interioridad, su acción sin duración, su poder sin pensamiento no son desviaciones, sino formas coherentes con un mundo ya vaciado.

 

El verdadero umbral no fue su elección, sino el descubrimiento de que el vacío podía gobernar.

 

Lo que inquieta no es el exceso, sino la banalidad.

 

Un poder que no necesita justificarse porque nada pide ya justificación.

 

Un lenguaje que no persuade porque ya no apunta a la verdad, sino a la presencia.

 

Una política que no decide porque reacciona.

 

La disfunción se vuelve normal precisamente porque no aparece como tal. Simplemente funciona.

 

Esta lógica atraviesa Occidente en su conjunto.

 

En Europa de manera emblemática se manifiesta como un aplanamiento simbólico: la sustitución de la acción por el reconocimiento, del proyecto por la imagen, del sentido por la visibilidad.

 

La política renuncia a fundar el mundo y se limita a exponerse a la mirada de los medios de comunicación y de las redes sociales.

 

Todo es el síntoma de una política que ya no sabe producir valor y trata de aparentar. La apariencia de lo políticamente correcto de las buenas formas sustituye a la responsabilidad.

 

No es astucia, sino adaptación al régimen del vacío.

 

No existe un retorno posible a la normalidad. Lo que se querría restablecer ya está sostenido por la inercia más que por el pensamiento.

 

El problema no es lo que salió mal, sino lo que siguió funcionando sin sentido.

 

La disfunción sin acontecimientos no se corrige con reformas técnicas ni con cambios de liderazgo.


Pensar, aquí, no significa producir soluciones inmediatas, sino reabrir la posibilidad de la reflexión.

 

Devolver peso a las palabras y, de paso, límite al poder.

 

Reconstruir un mundo en el que algo cuente más que otra cosa.

 

Mientras todo sea equivalente, nada es responsable.

 

Figuras como Donald Trump no son accidentes de la historia democrática, sino revelaciones históricas.

 

Muestran lo que sucede cuando el pensamiento se retrae y el mundo del sentido común pierde consistencia.

 

La verdadera amenaza no es el desorden, sino un orden sin sentido.

 

Y contra esto no basta con oponerse: hay que volver a pensar.

 

Y esto, me temo, no es fácil ni sencillo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Vic (Barcelona), una ciudad bella a la medida humana.

Vic (Barcelona), una ciudad bella a la medida humana

Hay algo silenciosamente inquietante en la estética del mundo contemporáneo.

 

Las ciudades funcionan, los objetos son eficientes, los espacios responden a criterios racionales y medibles. Y, sin embargo, cada vez más a menudo, carecen de belleza. 


No son feos en un sentido provocativo o expresivo, sino simplemente pobres, escuetos, anónimos. No son bellos. ¿Esta progresiva renuncia a la belleza está relacionada con una pérdida de espiritualidad?

 

La estética moderna es fruto de una necesidad concreta: hacer más con menos y a menor coste. El siglo XX, marcado por las guerras y las reconstrucciones, impuso la velocidad y la estandarización.

 

El mundo soviético, por ejemplo, era un ejemplo emblemático: edificios macizos, repetitivos, sin ornamentación, diseñados para responder a necesidades colectivas inmediatas y extremadamente prácticas. No estaban diseñados para gustar, sino para contener y durar.

 

En un contexto diferente, pero con resultados similares en definitiva, la lógica capitalista del máximo beneficio ha producido objetos y arquitecturas funcionales, pero a menudo estéticamente insignificantes. El criterio dominante ya no es un resultado grato, sino el beneficio en términos de coste y, por lo tanto, la eficiencia.


No hay nada intrínsecamente negativo en ello: el pragmatismo es una virtud cuando evita el despilfarro y responde a necesidades reales. Pero reducir el entorno humano a la mera funcionalidad significa olvidar que el ser humano no vive solo de pan, en un momento histórico, en Occidente, en el que no es el estómago el que tiene hambre, sino el espíritu. 


El espacio que habitamos educa nuestra mirada y moldea nuestra forma de estar en el mundo.

 

La cuestión se vuelve aún más compleja en el ámbito artístico. El arte contemporáneo ha declarado a menudo haber superado la belleza. La armonía, la proporción y el placer se han percibido como engañosos, consoladores, incapaces de decir la verdad de un mundo herido.

 

Pero, ¿se trata realmente de una superación o más bien de una pérdida de contacto con lo sublime? Lo sublime no es simplemente lo que es bello, sino lo que excede, lo que desorienta, lo que abre una brecha hacia lo más allá. 


Si la sociedad pierde el sentido de una realidad que trasciende lo útil y lo calculable, también el arte deja de buscarla. En este sentido, el arte no traiciona la belleza: registra fielmente la dirección tomada por un mundo desencantado... que se aleja de la medida humana...

 

En una cultura dominada por el rendimiento, el espacio para la introspección se reduce. La belleza requiere tiempo, silencio, disponibilidad interior,…, todos ellos elementos percibidos como improductivos y, por lo tanto, inútiles. La belleza no es eficiente. La belleza tampoco es medible.


Pero sin lugares y formas que favorezcan la contemplación, el alma se atrofia. La fealdad nunca es neutra: acostumbra al descuido y acaba haciendo aceptable la indiferencia. Los entornos deshumanizantes no solo afectan a la vista, sino también a la forma en que nos percibimos a nosotros mismos y a los demás.

 

Pienso y escribo esta reflexión después de más de un año de vida en mi nueva ciudad de Vic (Barcelona): una ciudad a la medida humana.


Durante siglos, las ciudades buscaron también la belleza como vía privilegiada hacia lo trascendente. Quizás por ostentación, pero también para suscitar el asombro, la percepción de la grandeza del Dios que las habitaba y de la creación. La belleza era lenguaje humano. También teológico.

 

Algunas urbanizaciones contemporáneas, en cambio, adoptan una estética austera, a veces brutal: hormigón, volúmenes anónimos, indiferencia… Las razones son conocidas: contención de costes, funcionalidad... pero el resultado es a menudo un espacio que cuesta que llegue a la medida del corazón.

 

El problema no es elegir entre belleza y funcionalidad, entre esplendor y sobriedad. El problema es preguntarse si nuestro mundo, tan eficiente, todavía deja espacio para la belleza… para el misterio...

 

La belleza no salva… pero abre espacios de contemplación. No sustituye a la espiritualidad… pero la prepara predisponiendo el alma. 


Y quizás la verdadera pregunta no es si necesitamos la belleza para encontrar el misterio... sino si, sin belleza, corremos el riesgo de olvidarnos de buscarlo.


Por eso, hoy prefiero Vic (Barcelona) para vivir.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Sal, luz, ciudad: el don y la responsabilidad se abrazan - San Mateo 5, 13-16 -.

Sal, luz, ciudad: el don y la responsabilidad se abrazan - San Mateo 5, 13-16 - Después de pronunciar las bienaventuranzas, dirigidas a los ...