miércoles, 25 de marzo de 2026

¡Amigo!

¡Amigo! 

Judas y Jesús. Ambos murieron por medio de la madera: el primero, ahorcado tras suicidarse, y el segundo, crucificado. Desesperación y glorificación. Unidos por un destino: uno el de traicionar, el otro el de ser traicionado. 

Seguramente el análisis de las Sagradas Escrituras, más allá de lo que se puede deducir objetivamente de su lectura, ya sea desde una perspectiva espiritual o puramente literaria, abre numerosas posibilidades de interpretación sugeridas por la simbología. 

En la inmersión en los misterios de la Pasión, seguramente renace un pensamiento incómodo, una pregunta sobre aquel que, de hecho, hizo posible su cumplimiento: Judas. 

Su figura ha marcado la cultura occidental: en todas las lenguas modernas, o casi, «Judas» es sinónimo de traidor. El nombre arrastra una marca de infamia y desprecio: después de todo, la «entrega» de Jesús por parte de Judas es un acto de tal gravedad que, si en latín «traicionar» se dice prodo, en castellano «traicionar» es «entregar». 

Tantas veces nos hemos preguntado sobre Judas: ¿quién era realmente? ¿Qué le impulsaba? 

Algunos, interpretando su figura desde una perspectiva histórica, vieron en él a un discípulo lleno de fervor, uno de los muchos que, sin embargo, pensaban en el Mesías como en un revolucionario político; luego, al darse cuenta de que no era así, Judas habría actuado impulsado por la decepción y las esperanzas traicionadas. 

¿Podemos preguntarnos por la «otra pasión», precisamente la de Judas, que traiciona para que pueda consumarse el sacrificio del amigo y Maestro hasta suicidarse aislado en un sentimiento de culpa? ¿Fue la traición realmente necesaria? 

Jesús, que lo imaginamos presa de la inquietud en el momento supremo, ¿por qué debería ser sacrificado para propiciar la salvación? Jesús pronuncia, en la Última Cena, palabras sin apelación para el traidor: «El Hijo del Hombre se va, como está escrito de Él; pero ¡Ay de aquél por quien el Hijo del Hombre será entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido». 

¿Era inevitable el acto de Judas? ¿Y por qué no pudo salvar su alma pidiendo perdón? Una de las afirmaciones más recurrentes es que Judas mereció el infierno no tanto por la traición, sino por el pecado de la desesperación. Pero incluso Jesús abre las puertas de la misericordia de Dios también para con Judas llamándolo “amigo” mientras él lo besaba para traicionarlo: «¡Amigo, con un beso traicionas al Hijo del hombre!». 

La figura de Judas, en el fondo, es el símbolo por excelencia de una traición de la que nadie se salva: quien nunca haya traicionado a un amigo, un ideal, un propósito, que levante la mano; es más, que lance la primera piedra. 

Y tal vez, en su foro interno, el traidor se consuela con aquella máxima de Catalina de Médicis: «¿Qué es, en el fondo, la traición? La capacidad de adaptarse a los acontecimientos». 

Y entonces: ¿hay esperanza para los traidores? 

No sabemos qué le pasó por el alma. Es uno de los personajes más misteriosos que encontramos en la Pasión del Señor. ¡Y hay unos cuántos personajes misteriosos, incluso anónimos, en la Pasión! 

«¡Amigo, con un beso traicionas al Hijo del hombre!». 

¡Amigo! 

Esta palabra transmite la ternura de Jesús. Él había dicho en el Cenáculo: «No os llamaré siervos, sino amigos». Los discípulos se convirtieron en amigos del Señor: buenos o no, generosos o no, fieles o no, siguen siendo siempre amigos. 

Nosotros podemos traicionar la amistad de Jesús, pero Jesús nunca nos traiciona a nosotros, sus amigos; incluso cuando no lo merecemos, incluso cuando nos rebelamos contra Él, incluso cuando lo negamos. 

Ante sus ojos y ante su corazón, seguimos siendo siempre amigos del Señor. Judas es amigo del Señor incluso en el momento en que, al besarlo, consumaba la traición al Maestro. 

¿Cómo es que un apóstol del Señor acabó como traidor? ¿Conocemos el misterio del mal? ¿Sabemos decir cómo nos volvemos malos - valga la expresión -? 

Ninguno de nosotros, en un momento dado, ha descubierto el mal dentro de sí mismo. Hemos visto crecer el mal, ni siquiera sabemos por qué en ocasiones hasta nos hemos abandonado al mal. Ni siquiera sabemos por qué le hemos dado la espalda al bien. En un momento dado, he aquí que salió el mal, ¿de dónde salió? ¿Quién nos lo enseñó? ¿Quién nos corrompió? ¿Quién nos quitó la inocencia? ¿Quién nos quitó la capacidad de creer en el bien, de amar el bien? 

Tal vez alguien debe de haber ayudado a Judas a convertirse en el Traidor. Hay una palabra en el Evangelio que no explica el misterio del mal de Judas, pero que nos lo pone ante los ojos de una manera impresionante: «Entonces Satanás entró en Judas». Se apoderó de él. Alguien le sedujo y le introdujo en el mal. 

El oficio de Satanás es destruir la obra de Dios, desolar la humanidad, sembrar la duda, insinuar la incredulidad, quitar la confianza en Dios, borrar a Dios de los corazones de tantas criaturas... Esta es la obra del mal, es la obra de Satanás. Ha actuado en Judas. Y puede actuar también dentro de nosotros. 

Tal vez también por eso Jesús había dicho a sus discípulos allí, en el Huerto de los Olivos, cuando los había llamado a su lado: «Velad y orad para no caer en tentación». 

El Viernes Santo, al descubrir la cruz, incluso podemos ver que hay dos patíbulos: está la cruz de Jesús. Y hay un árbol donde el traidor se ahorcó. Seguramente el mayor de los pecados no fue el de vender a Jesús… sino el de desesperar. 

También Pedro había negado al Maestro; y luego lo miró y se echó a llorar, y el Señor lo volvió a colocar en su lugar. Todos los discípulos abandonaron al Señor y regresaron, y Jesús los acogió de nuevo con la misma confianza. 

¿No habría habido lugar también para Judas si hubiera querido, si se hubiera llevado a los pies del Calvario, si lo hubiera mirado al menos en una esquina o en un recodo del camino del Vía Crucis? La salvación habría llegado también para él. 

La cruz de un Inocente y el árbol de un Traidor. Los clavos y una cuerda. Tal vez hasta podemos comparar estos dos finales. 

No podemos evitar pensar que para Judas la misericordia de Dios, ese abrazo de caridad, esa palabra «amigo» que le dijo el Señor mientras él lo besaba para traicionarlo, …, esa palabra no haya calado en su pobre corazón. 

Y tal vez en el último momento, recordando esa palabra y la aceptación del beso, también Judas sintió que el Señor aún lo amaba y lo recibía entre los suyos allá. 

Quizás, yo no lo sé, fue el primer apóstol que entró junto a los dos ladrones en el paraíso. Ésta sería una muestra más de la grandeza de su misericordia. 

Nos adentramos ahora en el misterio de la Semana Santa. También quiero pensar por un momento en el Judas que hay dentro de mí. Y quiero pedirle a Jesús, al Jesús que entra en trance de Pasión, al Jesús que nos acepta tal como somos, que me llame amigo. Ésta es la gracia pascual que le pido. 

La Pascua es esta palabra dicha a un pobre Judas como yo. Esta es la alegría: que Jesus me ama, que Jesús nos perdona, que Jesús no quiere que desespere. Incluso cuando… recordar siempre que para Él siempre seré «¡Amigo!». 

¡Amigo!

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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