miércoles, 18 de marzo de 2026

¿Quién eres tú, José?

¿Quién eres tú, José?

Qué figura tan singular la tuya, José.

 

El célebre Jacques Benigne Bossuet (1627-1704), escribía así sobre él: «José, con tu silencio nos hablas a nosotros, hombres de mil palabras; con tu modestia eres superior a nosotros, hombres de mil orgullos; con tu sencillez comprendes los misterios más ocultos y profundos; con tu discreción has estado presente en los momentos decisivos de la historia de la humanidad».

 

¿Quién eres realmente José?

 

La iconografía te representa casi siempre como un hombre atento y, al mismo tiempo, pensativo. Tu rostro delata no pocas perplejidades: «¿Quién es este hijo que no es mío? ¿Es posible dar crédito a un sueño?».

 

Se te presenta como el hombre justo, pero la justicia evangélica no se refiere al ámbito moral, sino a la capacidad de vivir gracias a la fe. Justo es aquel que se contrae ante la presencia de Dios, que retira sus pretensiones, que acepta el plan del Altísimo incluso allí donde desconcierta su propio plan.

 

Tú, José, nos recuerdas que la fe no es solo disponer de un bagaje de verdades, sino que es también pasión, un camino no siempre lineal que a veces conoce el esfuerzo de la subida.

 

Tu fe madura en un auténtico tormento interior. No es en absoluto una fe ingenua o infantil. Es una fe que se enfrenta a lo que el Señor le sugiere y a lo que él siente en su corazón.

 

Tu fe se traduce en la disposición a dejar que Dios actúe. Si de Abraham se dice que tuvo fe esperando contra toda esperanza; de José se nos recuerda que creyó en un Dios que llama a la existencia las cosas que aún no existen.

 

Tú, José, creíste que Dios puede obrar al límite de lo absurdo y en el terreno de lo imposible. Si María debe poner su vientre a disposición del Espíritu, tú debes poner a disposición tu mente, tu forma de ver las cosas.

 

Serás verdadero esposo y verdadero padre. Ninguna espada se te clavará en tu corazón. Ninguna reacción. O, mejor dicho, la elección del silencio. No pocas veces el silencio es la forma más elevada de sufrir.

 

Tú, José, nos recuerdas que cuanto más graves son las situaciones en las que nos encontramos, mayor es la obra que Dios quiere realizar a través de nuestra disposición a confiar en Dios: a creer sin haber visto.

 

Tú, José, nos muestras ese «algo más» que nos lleva a la plena madurez.

 

Ayúdanos, José, a acoger con gran confianza la invitación que resuena en nuestras noches: ¡No temas! Nunca temas cuando la realidad supere vuestras expectativas.

 

Ayúdanos, José, a detenernos ante el Misterio, a descalzarnos, desarmados, y a adorar ese Misterio que nos supera, pero que, a través de nosotros, puede encontrar su cumplimiento.

 

https://www.youtube.com/watch?v=5JmLXV99RYE


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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