jueves, 30 de abril de 2026

Dios cree en los testigos - San Mateo 28, 16-20 -.

Dios cree en los testigos - San Mateo 28, 16-20 -


«Que el Espíritu ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis a qué esperanza habéis sido llamados», nos dice San Pablo. 

Ahora, aquí, en este momento, en esta época frágil, en esta época oscura, en esta Iglesia renqueante y agitada, sumida en una profunda transformación.

 

Aquí, en este momento en que el miedo y el victimismo nos impiden mirar hacia el futuro.

 

A mí, tal y como soy, el Señor me dirige esta Palabra interpelante y consoladora.

 

Aunque no sea capaz. O no vea. O no tenga fuerzas. A mí, que me estoy descubriendo amado. Y que, si Dios quiere, elijo finalmente amar.

 

No soy capaz, claro, no lo somos.

 

Pero es el Espíritu, el gran esperado, el que ilumina, aclara, enciende, calienta, sacude. Es Él quien hace posible lo imposible.

 

Estamos llamados a la esperanza, que es el presente de nuestro futuro - Santo Tomás de Aquino -. A sembrar esperanza, a vivirla. A tener el corazón colmado, aunque dudemos, a pesar de la resurrección, a pesar de las muchas pruebas que también nosotros, como los apóstoles, hemos visto y vemos.

 

Porque el Señor está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

 

Porque a nosotros, a mí, el Señor nos confía el anuncio del Reino. 

 

Se va, el Resucitado, vuelve al Padre. Se va para quedarse, para llevar al corazón de Dios el corazón de un hombre, de cada hombre.

 

Realizando un gesto de fe sin precedentes. Deslumbrante y profético, grandioso y fecundo.

 

Un gesto de fe en la humanidad, en nosotros, en mí.

 

Confía a un pequeño grupo de discípulos, hombres y mujeres frágiles, la tarea de continuar el anuncio, de construir el Reino, hasta que Él venga.

 

Hombres y mujeres que aún dudan, mientras que, postrados, lo reconocen como Mesías y Señor.

 

Porque, como hemos visto con Tomás, la duda es parte esencial de la vida del creyente, y el dudoso, es decir, el curioso, el indeciso, es una espina estimulante en el costado que impide a la Iglesia volverse arrogante ante Dios.

 

El Resucitado tiene fe en nosotros. Confiándonos las palabras, sus palabras, la Palabra, y lo poco que logró construir en sus tres años de vida pública. A nosotros que, en cambio, querríamos huir, pedir ayuda, dejarlo todo en sus manos.

 

Se invierten las posiciones, en cambio.

 

Dios no resuelve, confía.

 

No interviene, pide.


¿Qué hay que celebrar?

 

Se celebra un regreso, no una partida. Y sentimos, tras la sonrisa de fachada, la nostalgia desgarradora de una despedida, de un intercambio desfavorable, de una injusticia.

 

Nosotros, consternados como los discípulos de la Escritura. ¿Pero cómo? ¿Justo ahora que habían comprendido, tras el gran susto de la cruz, se encuentran solos?

 

¡Si pudiéramos comprender que Dios nos trata como adultos! ¡Si tuviéramos el valor de la audacia de Dios que nos hace hombres y mujeres, santos y profetas, sacerdotes y reyes! ¡En lugar de quedarnos a remolque, eternos subordinados!

 

Jesús asciende al cielo para ser el siempre-presente.

 

Sin estar limitado por un cuerpo, sin estar marcado por el espacio y el tiempo. Pero presente.

 

Desde el día de la Ascensión tenemos a un Dios al acecho en cada esquina de la calle.

 

¡Paradoja insostenible del cristianismo!

 

Primero nos pide que creamos que el Dios invisible se hizo hombre.

 

Ahora nos pide que creamos que el Dios accesible se entrega a las frágiles manos de hombres pecadores e incoherentes.


El relato de la Ascensión de Lucas se inspira en gran medida en la ascensión de Elías, una página muy conocida en Israel y punto de referencia también para los judíos que abrazaban el cristianismo.

 

Encontramos el relato de la ascensión de Elías en el Segundo Libro de los Reyes: el gran profeta es arrebatado al cielo sobre un carro de fuego, desaparece entre las nubes y su discípulo, Eliseo, tiene la certeza de recibir al menos una parte del espíritu profético, al haberlo visto desaparecer.

 

Lucas describe el acontecimiento de la ascensión utilizando el mismo paradigma: las nubes, símbolo del encuentro con Dios (¿recordamos el Sinaí? ¿O el Tabor?), los dos hombres que recuerdan a los dos ángeles testigos de la resurrección, el blanco de las vestiduras, signo del mundo divino…

 

El núcleo del relato no es, por tanto, la descripción de un prodigio, sino la descripción de una entrega: así como Eliseo recibe el espíritu de la profecía de parte de Elías, así los Apóstoles reciben el mandato del anuncio de parte del Resucitado.

 

La Ascensión marca el inicio de la era de la Iglesia.


Son los ángeles quienes dan la clave interpretativa del acontecimiento: no miréis al cielo, mirad a la tierra, mirad la concreción del anuncio.

 

Los discípulos del Resucitado están llamados a anunciarlo, hasta que Él venga, a hacerlo presente. La Iglesia, entonces, se convierte en el lugar del encuentro privilegiado con el Resucitado, y cumple su tarea solo cuando hace presente el Evangelio. Esta Iglesia, santa y destartalada.

 

Y Mateo nos dice cómo.


A diferencia de Lucas, Mateo sitúa la despedida en Galilea, en un monte.

 

Una montaña que representa el lugar de la experiencia divina: solo quien lo ha encontrado puede contarlo con credibilidad.

 

Y en Galilea: el lugar de la frontera, del mestizaje, del límite, de los paganos, de los traidores, pero también el lugar donde todo comenzó, el lugar del encuentro, del enamoramiento.

 

Solo recurriendo a las experiencias que nos han convertido podemos anunciar con verdad al Señor.

 

Esto es lo que significa no mirar al cielo: partir de la pobreza de mi comunidad, de la sensación de malestar que siento al vivir en un mundo conflictivo, de la impresión de vivir al final de un Imperio que se derrumba pesadamente bajo un montón de verborrea, en la incertidumbre de un futuro marcado por la incertidumbre y la violencia.

 

Pero, también, aquí y ahora, una Iglesia que tiene el valor de cuestionarse a sí misma. Que quiere, de verdad, escuchar al Espíritu.

 

Aquí estamos llamados a realizar el Reino, a hacer presente la esperanza.


 

Aquí, en esta Iglesia frágil, en un mundo frágil. Que Dios ama.

 

Entonces no sorprende la duda de los discípulos, que es la nuestra.

 

El Resucitado nos tranquiliza: no estamos solos, Él está con nosotros.

 

Ha comenzado el tiempo de la Iglesia, formada por hombres y mujeres frágiles que han experimentado a Dios y lo cuentan en la Galilea de los pueblos.

 

Dios nos necesita.

 

Tiene fe en nosotros y nos confía la tarea de hacerlo presente en obras y palabras.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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