Yo estoy con vosotros, siempre, todos los días - San Mateo 28, 16-20 -
«Allí donde nos ha precedido la gloria de la
Cabeza, es llamada también la esperanza del cuerpo», afirmaba San León
Magno a propósito de la Ascensión (Sermo 73,4). Una esperanza sostenida por la
cercanía y la compañía del Resucitado hacia los discípulos, que se ven así
apoyados en su compromiso cotidiano de servicio al Evangelio (Mt 28,16-20).
El pasaje evangélico constituye el final del Evangelio
de San Mateo. Ahora bien, el Evangelio según San Lucas termina mostrando a los
discípulos en el templo alabando y bendiciendo a Dios (Lc 24,53); el Evangelio
de San Mateo nos muestra a los discípulos que acompañan el gesto de adoración
con la duda de fe, se postran dudando en su corazón (Mt 28,17).
El Evangelio de San Marcos concluye con la nota de que
los discípulos predicaron por todas partes (Mc 16,20): el de San Mateo termina
recordando la orden del Resucitado a los discípulos de ir a todas partes (Mt
28,19), orden que queda sin cumplir.
La celebración de la Ascensión no nos lleva tanto a
contemplar las glorias celestiales, sino a considerar la realidad pobre e
insuficiente de la Iglesia y de los creyentes.
El mismo comienzo del pasaje evangélico nos pone ante la comunidad del Señor presentándonosla incompleta: «Los once discípulos». Es la primera y única vez que en Mateo se llama al grupo de discípulos «los once». El grupo elegido y constituido por Jesús era de doce (Mt 10,1.2.5; 11,1; 20,17; 26,14.20), y a ellos Jesús les había prometido solemnemente: «Os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt 19,28).
La ya pequeña comunidad de Jesús está incompleta,
carece de uno de sus miembros, de uno de los hermanos. Y esta ausencia no hace
más que poner de manifiesto la infidelidad de todos los demás hermanos, su
inconstancia, su incapacidad para seguir a Jesús hasta la cruz. Según San
Mateo, ninguno de los discípulos fue al sepulcro de Jesús. Solo algunas
mujeres.
Es una comunidad herida, más bien traumatizada. Ha
conocido el escándalo de la traición de Judas y también su trágico y conmovedor
final que San Mateo recuerda: Judas se suicidó. Tras darse cuenta de lo que
había cometido al entregar a Jesús por dinero, y reconocer su propio pecado,
Judas, presa del remordimiento, «arrojó las monedas de plata en el templo, se
alejó y fue a ahorcarse» (Mt 27,5).
Y todo esto ocurrió poco antes de que el propio Jesús,
el Maestro y guía de la pequeña comunidad, fuera arrestado, juzgado, condenado
a muerte y crucificado.
Una sucesión de acontecimientos conmovedores, devastadores y agotadores para la pobre comunidad de Jesús. San Mateo nos presenta una comunidad conmocionada, vacilante, insegura, con la confianza mutua minada, tan sorprendida por los acontecimientos que se sucedieron a un ritmo trepidante en los últimos momentos de la vida de Jesús, que no nos cuesta imaginarla indecisa, desorientada, dubitativa. Quizás al borde de la desintegración y la disolución.
En el momento de la detención de su Maestro, «todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron» (Mt 26,56); Pedro incluso lo negó abiertamente, maldiciendo y jurando en falso, con palabras violentas, tanto más gritadas cuanto más mentirosas y desesperadas: «Pedro comenzó a maldecir y a jurar: “No conozco a ese hombre”» (Mt 26,74).
He aquí a los Once. Un grupo perdido y asustado, que
debe hacer frente a profundas heridas dejadas por un pasado que no podrá pasar
rápidamente, sino que tendrá secuelas y recaídas durante quién sabe cuánto
tiempo.
Pero, hay una cosa que los discípulos aún saben hacer.
Una sola. Pero es lo esencial. Recuerdan la palabra que Jesús les había dicho y
la obedecen: «Se dirigieron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado»
(Mt 28,16).
Jesús se lo había dicho inmediatamente después de
anunciarles que se escandalizarían de Él y que sufrirían la dispersión: «Está
escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero, después
de que yo resucite, os precederé en Galilea» (Mt 26,31-32). Jesús
resucitado se lo había repetido a las mujeres que se habían dirigido al
sepulcro: «Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán»
(Mt 28,10).
Nos encontramos ante una comunidad pobre, una
comunidad herida, en la que el peso del pasado y de las experiencias personales
ha dejado huellas profundas y cicatrices difíciles de curar. Y, sin embargo,
las palabras de las mujeres (que «corrieron a dar la noticia a los discípulos»:
Mt 28,8) han despertado en los discípulos el recuerdo de las palabras que el
mismo Jesús les había dicho inmediatamente después de la Última Cena.
Y ahora ellos, cuya poca fe es también falta de memoria, olvido de las palabras del Señor, al recordar las palabras del Señor retoman los hilos de su historia de seguimiento de Jesús y obedecen la orden transmitida por las mujeres y se dirigen a Galilea.
Lo que le había sucedido individualmente a Pedro
cuando, tras la triple negación, recordó la palabra que Jesús le había dicho y
lloró amargamente (Mt 26,75) recuperando su verdad, así ahora es todo el grupo
de los discípulos el que recuerda la palabra de Jesús, recuperando su propia
verdad como comunidad del Señor y reanudando su camino de seguimiento y
obediencia.
En el monte de Galilea tiene lugar, pues, el encuentro
entre el Resucitado y los discípulos, los once. «Cuando lo vieron, se postraron,
pero dudaban» (Mt 28,17). Hay un gesto de postración y hay una duda.
Todo es simultáneo. Es una comunidad de algunos que creen y de algunos que dudan.
O quizá esa división se produce en cada uno de los Once. En el corazón de cada
uno, la fe y la falta de fe se yuxtaponen y conviven.
Pero la obediencia a la palabra de Jesús que logran
recordar los ancla a la única realidad que puede darles un futuro, una
dirección, un sentido: la palabra que les dijo el Señor. Al obedecer la palabra
del Señor llegan a encontrarse con Él.
Ellos hacen lo que Jesús les había dicho que hicieran.
Han ido al lugar que Jesús les había indicado. Ese Jesús al que escucharon,
siguieron, amaron y abandonaron, ese Jesús que fue crucificado, al que las
mujeres encontraron al actuar como mediadoras ante ellos de su mensaje de
Resucitado, ahora le obedecen y van adonde Él dice que vayan.
¿Qué esperan encontrar? ¿A Jesús mismo? Quizás, quizás solo algunos albergan esta esperanza. Sin embargo, si dudaban incluso mientras se postraban ante Él, en su presencia, es muy probable que dudaran también antes, cuando no lo veían y no lo tenían delante.
No obstante, el poder de la obediencia, o quizás,
mejor dicho, de la palabra de Jesús a la que obedecen, es tal que solo y
únicamente gracias a ella llegan a encontrarse con el Resucitado. Y a
convertirse así en depositarios de la promesa en la que podrán apostar toda su
vida. El Resucitado les promete: «Yo estoy con vosotros, siempre, todos los
días».
Se trata de una promesa que compromete la fe de los
discípulos, quienes cada día deberán ejercitarse en el arte de discernir y
creer en la presencia del Resucitado. Y deberán, y nosotros con ellos, renovar
su propia promesa personal basándose en la promesa fiel del Señor Jesús: «Yo
estoy con vosotros».
Esta solemne promesa del Resucitado evoca la fórmula
de alianza por la que Dios se une al pueblo («Yo seré vuestro Dios»), y
sobre todo evoca la presencia de Dios en medio del pueblo, en el templo.
Esas palabras fundan la comunidad cristiana como lugar
de la santa presencia de Dios, como templo, pero templo de cuerpos y de
relaciones. La promesa «Yo estoy con vosotros» compromete al
«vosotros»
a perseverar, a permanecer en la caridad fraterna y a hacer reinar en sus
relaciones el Nombre de Dios («Yo soy») revelado por Jesús de
Nazaret. La presencia del Señor se experimenta como un don gracias a la
fidelidad de los creyentes.
A su vez, la laboriosa fidelidad cotidiana («todos
los días») de los creyentes se sustenta en la esperanza suscitada por
la promesa. La fidelidad de Jesús hacia sus discípulos temerosos y de poca fe
se convierte en el fundamento de la fidelidad de los creyentes: la promesa de
aquel que es fiel puede sostener la perseverancia cotidiana de los creyentes en
la historia, «hasta el fin del mundo».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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