La despedida es un comienzo - San Mateo 28, 16-20 -
En primer lugar, Jesús dice que a Él se le ha dado «todo poder en el cielo y
en la tierra»: no hay que temer, pues, a los poderosos y prepotentes,
ni siquiera a los que matan. De hecho, la violencia no tiene poder: hace sufrir
mucho, sí, en el cuerpo y en el espíritu, pero tiene un final, termina, no es
algo que dure para siempre.
Todo poder ha sido dado a Jesús y no hay hombres más
poderosos que él, ni artefactos humanos ni calamidades naturales que sean más
fuertes que su amor y su capacidad de devolver la vida a lo que ha muerto.
En segundo lugar, dice: «Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones…». En
consonancia con lo que Él mismo vivió, Jesús pide a los discípulos que salgan a
difundir las enseñanzas que a su vez han recibido. Quizás la cultura y la
sociedad en las que vivimos nos han influido a veces para interpretar este
pasaje de manera suave: intentamos adaptarlo para que coincida al menos un poco
con nuestra vida.
A Jesús le interesa —y no debe asustarnos la posible
distancia que medimos entre su interés y el nuestro— que todos reciban el
mensaje que Él había entregado solo a algunos. Así como los bienes de la tierra pertenecen a todos, también el gran
bien del Reino, que es Jesús mismo, está destinado a todos. La fe, como
la tierra, no es una propiedad personal ni asociativa. Por eso los discípulos
deben partir, pero seguramente también por su propio bien.
Las palabras de Jesús, llenas de compasión y sabiduría, dejan entrever que encerrarse en una vida segura y de bienestar no sería una ganancia ni para los discípulos, ni para quienes esperan de ellos una palabra de consuelo, de salvación, de perdón (cf., por ejemplo, el Sermón de la Montaña).
Jesús, que en vida no tuvo «dónde recostar la cabeza»
(Lc 9,58), habló además de los discípulos como de la sal (cf. Mt 5,13): la sal
no sirve si se amontona toda en un solo punto. Hay que poner un poco en mucha
comida. Lo mismo ocurre con la levadura (cf. Mt 13,31): si la masa se queda
toda por un lado, y la levadura bien separada por otro, ¿cómo puede haber pan?
También por esto, creo, Jesús dijo a los discípulos: «Id». La sal y la levadura deben mezclarse con
aquello que no es sal, y con aquello que no es levadura.
Por último, Jesús dice a los discípulos que estará siempre con ellos,
todos los días hasta el fin del mundo. Es importante, cuando «se va»,
saber que se está acompañado «todos los días». El amor más bello,
que suscita una alegría profunda y duradera, y que hace que nada sea imposible,
es precisamente el que dice: «Ve, estoy contigo…»; o bien: «Id,
estoy con vosotros…».
Las palabras
que parecían de despedida, por tanto, son un comienzo: son el inicio para los discípulos de una vida más
profundamente arraigada en el amor y en las intenciones del corazón del Padre,
acompañada por la presencia de Jesús, quien a través del Espíritu les recordará
todo lo que juntos han vivido y aprendido.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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