Una meditación enamorada y contemplativa de la Ascensión (a modo de confesión espiritual) - San Mateo 28, 16-20 -
«Los once discípulos se dirigieron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado»: palabra a palabra, lentamente, quiero saborear hasta el fondo el buen sabor de esta frase.
Sonidos que evocan y custodian, palabras que celebran
un pasado y luego giran, en un tono prometedor, y se abren, como un fruto
maduro, para construir una posible dulzura para el presente.
Se necesita contemplación para adentrarse en una frase
así, se necesita tiempo, desconfianza hacia las apariencias y familiaridad con
todo lo que habita en lo profundo, lo lento, lo silencioso.
«Los once», porque al final de la
aventura humana nunca llegamos todos enteros, porque en el camino de la vida
nuestro nombre se carga de algo que muere, de algo que traiciona, de algo o de
alguien que faltará para siempre, de elecciones que hoy interpretaríamos de
manera diferente.
El Evangelio toma a esos Once que somos, ese cuerpo
marcado, y lo besa y nos reconoce dignos de cuidado, incluso de confianza. Once
no es una vergüenza, es nuestro nombre: nosotros somos Once. La falta ya no hay
que ocultarla, la traición no es un error de camino, todo, realmente todo está
en ese nombre: Once. Y toda nuestra historia es reconocida.
A menudo pienso que mucho mal (a menudo involuntario) proviene de personas que querrían protegernos de nuestros errores, hombres y mujeres aparentemente cómplices de nuestra serenidad, gente que nos engaña haciéndonos creer que somos Doce, plenitud.
El Evangelio no finge, por suerte. El Evangelio recoge
toda nuestra historia, no extiende un velo de olvido sobre nuestros errores, no
oculta el pasado bajo montones de justificaciones; el Evangelio nos mira a los
ojos llamándonos por el nombre que nos hemos construido. Con el tiempo. Sin
vergüenza ni culpa. Once.
Yo soy Once, y no es cierto que Judas ya no esté,
Judas está ahí, lo llevo dentro, encarnado en mi nombre que no finge plenitudes
para nada humanas.
Once es la Iglesia, en esas Iglesias casi vacías,
imagen de un Dios débil que no detiene ninguna fragilidad.
Yo soy Once, yo soy también el discípulo que no
traiciona, yo estoy bajo la cruz, yo soy el que huye, yo soy el renegado, yo
soy el que pide Su cadáver, yo soy Judas, yo soy el Centurión. Yo soy Once, y
en ese nombre toda la historia, que habla de mí, que habla de cada uno de
nosotros.
Yo soy el Undécimo, y estoy invitado a la vida, soy un
náufrago de la navegación y, sin embargo, estoy realmente llamado, ahora,
buscado por un Evangelio que no deja de seguirme, paciente y fiel más que
cualquier otra cosa en el mundo.
Yo soy el Undécimo, ya no soy el discípulo que intenta
ocupar el lugar a la derecha del Hijo, ese lugar ahora lo tengo, es mío, lo
ocupo, porque he comprendido que a la derecha y a la izquierda del Crucificado
hay verdaderos pecadores.
Yo soy el Undécimo, ahora puedo responder a la llamada
del Maestro, ahora empiezo a comprender. Por eso Galilea, no por un simple
retorno a los orígenes, sino por el complejo juego de la libertad, esa que
permite releerse con mayor conciencia.
Yo soy el Undécimo, ahora puedes llamarme de verdad
por mi nombre, Señor, yo soy el Undécimo. Y ya no tengo nada que demostrar
salvo que te echo muchísimo de menos.
Yo soy el Undécimo y vuelvo al monte que Tú me has
señalado, un monte de Galilea, un monte en mi casa, en el lugar que me ha
elegido como hijo. Ese monte siempre ha estado ahí, pero yo no lo veía. Ahora
que soy el Undécimo, sin embargo, lo reconozco: se llama transfiguración,
bienaventuranza y calvario. A partir de hoy, también Ascensión.
Esa montaña es todas las montañas que hemos subido juntos, y por fin entiendo los tres años contigo, y por fin comprendo las diferentes manifestaciones de lo divino y tu firme seguridad al hacernos bajar de cada montaña; ninguna altura sagrada podía ser definitiva. Había que subirlas todas y llegar hasta aquí.
Yo soy el Undécimo, solo ahora comprendo que cada
pedazo de tierra es una montaña que habla de Ti, que en cada fragmento de
historia puedo sentir que estás a mi lado y espero aprender, antes de morir, a
ver la luz en la sombra, la resurrección en la cruz, la bienaventuranza en la
pobreza. La vida en la muerte.
Yo soy el Undécimo y no me avergüenza decirte que te
veo mientras me postro ante cada ser que vive de Ti, y no me avergüenza decir
que dudo de Ti. Como ocurre con todo amor que no se entrega a la banalidad.
Como Undécimo quiero y puedo, encuentro el valor, no tengo nada que perder, Tú
finalmente me has llamado con un nombre que reconozco. Que no debe ser
defendido, que solo puede ser mostrado.
«Id y haced
discípulos (…) bautizándolos», si aún estuviera en la ilusión del Doce
habría sido el maestro, en cambio voy a ser el discípulo entre los discípulos,
y lo hago con ligereza, y no tengo miedo de decepcionar porque ya he
decepcionado y aún decepcionaré, ni siquiera de traicionar porque soy un Judas,
ni siquiera de equivocarme porque aún me estoy equivocando.
Yo soy el Once, y soy amado; no creo que haya nada más
cercano a la fe. Yo soy el Once, no salvaré el mundo; yo soy el Once, el mundo
me bautiza a cada instante; creo que el único pecado es quedarse en seco, no
tener el valor de emprender la inmersión de este camino a cada Galilea.
Yo soy el Once. Pero es precisamente esa grieta
abierta en mi nombre, ese espacio de no plenitud, esa distancia con el Doce, lo
que me salva. Yo soy el Once y, por lo tanto, no puedo hacer otra cosa que ver,
postrarme y dudar. Pero eso es todo, todo lo que estoy llamado a hacer. No debo
explicar a Dios, convencer a nadie, ganarme el paraíso. Debo ver, postrarme y
dudar. Basta. El resto lo haces Tú. «Jesús
se acercó».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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