La bendición y fecundidad de la Ascensión: ‘vosotros haréis cosas más
grandes’ - San Mateo 28, 16-20 -
Olvidad el cielo y cualquier otro lugar que pueda ilusionaros con la idea de que podréis reencontraros con Él. Olvidad el Doce, número de la plenitud, y en su lugar sentíos orgullosos de esa limitación, pérdida, pobreza que os ha convertido en Once, eternamente Once, aunque luego, aparentemente, seáis muchos.
Olvidad cuando erais un grupo compacto y lo seguíais
como niños mimados siguen al maestro. Olvidad a Jesús, dejad que la muerte
disuelva las fronteras, dejad que el Espíritu sea más grande que el Nazareno,
ya no es cuestión de una persona, ahora es Buena Noticia para todo el mundo. Olvidad a los amigos y a los
enemigos, ahora es anuncio de vida para
toda criatura.
Haréis
cosas más grandes, no habléis más de Jesús, alimentaos en cambio del
Espíritu, sed discípulos del Resucitado. Olvidad el cielo, eso es un símbolo, Él
está vivo y se ha sentado junto al Padre para deciros que ahora estáis llamados
a ser hijos también vosotros, como Él.
Olvidad las trayectorias celestiales, concentraos en
cambio en un renacimiento desde lo alto, que es el milagro más grande que
Cristo puede conceder. Olvidad mirar al cielo, caminad como hombres libres, no
prestéis atención a las fronteras, no dejéis que os detengan las razas y las
religiones, no dejéis que os detenga ni siquiera esa fiel mediocridad que nunca
os abandonará; id, en cambio, id porque Él ya no está en ningún lugar y está en
todas partes.
Id a suscitar una vida buena, este es el único mensaje, sois vosotros los que habéis cambiado, no el mundo; sois vosotros los que habéis renacido, por fin libres de ese miedo que no os permitía el camino. ¿No es esto acaso convertirse en hijos? No tener ya miedo de convertiros en libres. ¿No es esto lo que hizo el Hijo? Os convirtió en libres.
Ascender es nacer y caminar para decir que la vida se
puede salvar si se cree que se es digno de amor, si se cree que se está vivo
por el perdón gratuito. Solo se puede salvar la propia vida si se cree en quien
ve en nosotros una belleza inédita incluso a nuestros propios ojos.
Y entonces, ¿por qué seguís preguntándoos a quién y
cómo debéis bendecir? ¿Por qué no vais simplemente con ojos inocentes y
asombrados, por qué no vais convencidos de que el cosmos ya está bendecido, de
que no sirve ya ningún rito?
Id a decirles a quienes no se dan cuenta de que la
vida ya es bendición, que ellos pueden ser bendición para esta tierra
hambrienta de bien. Y si no veis nada que bendecir, cerrad los ojos y recordad
cómo Él devolvió la vista a los ciegos, orad para poder ver de nuevo.
Olvidad el cielo, la Ascensión es un nacimiento, es el milagro más grande, es la confianza de un Padre, es el parto del Maestro; no es solo sustracción, es habilitación para la vida, es el padre que confía en el hijo, es el maestro que se complace en el discípulo, es bendición.
No puede entenderlo quien nunca ha sido bendecido en
el momento de la muerte. No puede entenderlo quien nunca ha renacido. No puede entenderlo
quien no cree en la necesidad de la muerte. No puede entenderlo quien nunca se
quita de en medio.
La Ascensión es una profesión de fe, de Cristo en
nosotros. Porque la única manera de empezar a creer de verdad es que crean en
nosotros.
La Ascensión es sentir que Él crea un Vacío para
permitirme la libertad, es un horizonte desplegado bajo nuestros pies, es
inútil mirar al cielo, somos nosotros los que ascendemos a una nueva vida, por
fin libres del miedo, de la obsesión por el mal. Signo de la fe es dejar de
encallar nuestros discursos en las categorías del mal y del pecado.
No hacen falta amenazas a quien se siente amado. Ningún mal puede vencer el amor de una bendición paterna, pero si nunca la has recibido no puedes saberlo; que los padres vuelvan a bendecir a los hijos, esta es la única posibilidad que tiene la Iglesia para renacer. El problema no son los jóvenes, sino los viejos, que ya no saben morir bendiciendo.
La Ascensión es estar tan seguros de ser elegidos y
amados que podamos atrevernos a la fantasía, el amor que inventa nuevas
lenguas. Olvidad a Jesús, no repitáis aburridamente el pasado, soltad amarras,
olvidad las fronteras, se necesitan nuevas lenguas, gramáticas extravagantes,
riesgos lingüísticos, narraciones escandalosas. La Ascensión es burlarse del
límite.
La Ascensión es tomar en las manos la serpiente de la
duda. No creo en absoluto que el Padre me envidie, eso es un cuento para Adán y
Eva; yo, que he conocido a Cristo, yo, que he sido amado por un Padre, yo, que
he sentido que un Padre estaba orgulloso de mí, ahora sé que no será su envidia
la que dicte mis acciones.
La Ascensión es la historia de un Hijo que se ha
convertido en Padre, que se puede amar tanto como para no sentirse ya en la
obligación de demostrar a los hijos que es digno, que se puede amar tanto como
para poder decirle al hijo, sin miedo a la desvalorización, que él es mejor que
nosotros. Esto es la Ascensión. Yo soy la felicidad de un Padre, haga lo que
haga, de esto estoy seguro, esta es mi fe y mi única salvación.
Ascensión es beber por fin el veneno de los demás, reconocerlo y beberlo, ante sus ojos; si me siento amado por un Padre, si soy hijo de un amor ascendido a la plenitud, sabré dar el peso justo a las críticas, no permitiré que nadie envenene mi historia con sus mezquindades. Sentiré pena por su mezquindad. No tendré ningún temor a decir que soy un pecador, que no soy capaz, que podría haberlo hecho mejor. Beberé las palabras de quienes me odian, pero no les daré la oportunidad de envenenarme. Soy amado, este es el antídoto.
La Ascensión al cielo es olvidarse de las curaciones,
pero no perder nunca la ocasión de transformar cada enfermedad en una
posibilidad de curación.
La Ascensión es nacer a una nueva vida, es abrir los
ojos para aprender a reconocer al Padre en todo lo que hacemos, en cada paso,
en cada respiración. La Ascensión no es mirar al cielo preguntándose dónde
habrá ido Jesús, sino aprender a mirarse dentro y a mirar alrededor para
reconocerlo vivo, porque ahora el Padre actúa con nosotros y entre nosotros, y
yo solo quiero aprender de Él, a convertirme en Padre, a bendecir antes de
ascender a la vida eterna.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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