Sin hacer alarde de su categoría divina… asumió la condición humana de los pobres - meditación navideña -
Todos somos lo suficientemente maduros como para comprender que los relatos evangélicos sobre el nacimiento de Jesús no son una biografía ni la transcripción cronológica de hechos que realmente ocurrieron tal y como se narran. Por otra parte, esa no es su intención.
La lectura necesariamente teológica que se proyecta sobre estos textos marca (y marcará) la diferencia, aunque sigamos haciendo nuestros belenes (y por suerte) cristalizando la historia del acontecimiento navideño en el imaginario devoto de nuestro adn religioso.
Pero los Evangelios, que son interpretaciones (no manipulaciones) de los hechos, no pueden ocultar el carácter exquisitamente humano de esos acontecimientos. Al contrario. Y es mejor recordarlo. El nacimiento de Jesús, el Mesías esperado, tiene lugar ‘dentro de’ una historia de nombres y apellidos y una geografía de fronteras y ciudades: César Augusto y el gobernador Quirinio, Galilea y Judea.
No son detalles insignificantes: el Dios que viene al hombre decide no saltarse las condiciones espaciotemporales ineludibles del nacimiento de todo ser humano. Decide tener vínculos y afectos, un padre y una madre. La encarnación es esto, ante todo.
Pero, sobre todo, decide nacer 'como' un niño
cualquiera. Aunque Marcos y Juan no tienen el más mínimo interés por los
orígenes del hombre de Nazaret, porque en sus evangelios, Jesús ya se presenta
como el Cristo en toda su plenitud, no hay que huir inmediatamente de este
detalle tan singular: en Navidad nos encontramos ante un pequeño ser.
El mensaje del ángel es disruptivo y paradójico: «Os anuncio una gran alegría: encontraréis a un niño envuelto en pañales». ¿Pero cómo? Esperábamos a un Dios y ha llegado ‘solo’ un niño.
Y la cuestión no radica en la forma tan humana de Dios de venir al mundo, sino en nuestra forma de pensar ‘cómo’ Dios debe venir a nosotros. Podríamos haber imaginado todo… excepto la «forma» humana. Si tenemos que esperar a un Dios, nos gustaría que tuviera la ‘forma’ de lo sobrenatural, del poder, de lo sagrado, del milagro, como toda experiencia religiosa que se precie en la larga ola del «mysterium tremendum et fascinans» (Otto). Incluso el Evangelio tiene que indicar a los pastores «no temáis».
Por lo tanto, todo menos carne y sangre. Todo menos el cuerpo. Si a esto le añadimos que este extraño Dios viene al mundo en los barrios menos prestigiosos (¿qué hay de Jerusalén?), hijo de dos pobres (por decirlo así) que luchan por encontrar un lugar que no existe y no logran salir adelante con excesiva holgura, adorado por pastores de moralidad cuando menos dudosa, …, el cuadro está completo.
La pregunta sigue dando vueltas: ¿realmente debemos conformarnos con un Dios así?
Los cristianos no son solo aquellos que creen que Dios se hizo hombre (lo cual, obviamente, no es poco), sino que ese niño, que de mayor será expuesto a la barbarie político-religiosa, es verdaderamente Dios.
Y hay que añadir también: los cristianos no son
aquellos que creen en Dios. Son aquellos que creen en el Dios de Jesús.
Esa «de» marca la diferencia. Y define la auténtica identidad cristiana. Jesús, según la feliz intuición de René Luneau, es «el hombre que evangelizó a Dios», es decir, lo convirtió en una buena noticia para nosotros.
La Navidad no es una bonita historia, un bonito sueño. En Navidad, veo venir hacia mí a un recién nacido que, ya, es mi Maestro. Un niño que está a punto de enseñarme verdades muy elementales... Está a punto de enseñarme que, por un lado, hay estrategias, cálculos, fuerza, poder, envidia, dinero… Y que, por otro lado, hay atención al otro, olvido de uno mismo, apertura, bondad, don…
Desde el poder político de Herodes y más arriba, hasta el poder religioso de los Sumos Sacerdotes Ana y Caifás, no lo recibieron, lo rechazaron, lo combatieron, lo mataron.
Y nosotros lo podemos matar cuando falsificamos el Verbum, la Palabra, el Evangelio: es decir cuando lo domesticamos, purgamos, adulteramos, descafeinamos, incluso sacralizándolo, apartándolo y encerrándolo en sacristías, porque es molesto.
Otras veces reduciéndolo a un texto edificante de un pietismo sin historia, que consigue apagar toda pregunta y mortificar toda profundización crítica, un librito inofensivo que no molesta a nadie o, como mucho, un manual de instrucciones, una lista de actitudes correctas e incorrectas.
Al final… hasta podemos dejar sencillamente irrelevante el Dios de Jesucristo y su Buena Noticia de Reino.
Y, sin embargo, son los pobres los que le acogen.
Son los puros de corazón. Puros, libres de toda vanidad, de toda soberbia y arrogancia, de toda duplicidad e hipocresía, sobre todo libres de sí mismos, capaces de acoger, porque a su vez son misteriosamente acogidos, como Jesús, el hombre esencialmente libre que viene a liberar.
Son los ‘anawim’, los pobres del Señor, que logran hacer de su carencia el lugar de esperanza para esa plenitud que no pueden darse a sí mismos.
Son aquellos a quienes el deseo lleva más allá, los lejanos, los magos, los buscadores de sentido y de verdad que con esfuerzo y por gracia se ponen en camino hacia la luz de la estrella de la mañana.
Son los operadores de paz, los perseguidos por causa de la justicia, que no pueden permanecer indiferentes ante las atrocidades que ensangrientan el mundo.
Son aquellos a quienes las fatigas de la vida han
postrado y están sedientos de amor, de un amor grande,
generoso, acogedor, que no humilla, no se regocija con la injusticia, sino que
se complace con la verdad, y todo lo excusa, todo lo soporta, todo lo espera,
todo lo da.
Y todos aquellos que, aunque no sean conscientes de ello, viven el misterio de un Dios que se ha hecho carne, ese Dios que ama al hombre real tal como es, en su grandeza y en su miseria.
Oración al Niño
Bienvenido a un mundo
que sigue necesitando tu luz.
En este tiempo en el
que celebramos tu nacimiento, nos detenemos a contemplar tu llegada frágil y
humilde.
No naciste en un
palacio, entre honores y poder, sino en un establo, entre el heno y los
animales.
No te recibieron
reyes, sino pastores, hombres sencillos a menudo olvidados.
No era lo que
imaginaba el pueblo que te esperaba. Quizás ni siquiera lo que nosotros imaginábamos.
Pero era exactamente como Dios lo quiso.
Precisamente en la
vulnerabilidad de la pobreza, Dios reveló el corazón de su Reino: el Año de Gracia y la Buena Noticia.
Porque Tú, Señor, no
naciste para los fuertes, sino para los frágiles.
No viniste para
confirmar a los poderosos, sino para levantar a los pobres.
Y entonces te
pedimos: ven otra vez.
Ven donde el mundo no
mira.
Ven donde se llora,
donde se pasa hambre, donde se lucha por vivir.
Que nuestros ojos
miren donde nadie mira, que nuestras manos se tiendan hacia los que están al
margen.
Que nuestros
corazones endurecidos comprendan que tu Reino no es poder, sino amor que se
hace pequeño y concreto, siempre fiel y laborioso.
Nace de nuevo, Jesús,
allí donde el dolor parece no tener fin.
Nace donde cada día
es una lucha por la supervivencia.
Nace en la belleza de
la humanidad que resiste.
Nace en todos los
lugares donde la muerte ha sustituido a la vida.
Nace también aquí, en
nuestros dolores ocultos, en los vacíos secretos que llevamos dentro.
La humildad del Rey de reyes que no hizo alarde de su categoría divina, depositado en un pesebre, muestra que la humanización comienza cuando uno se despoja de lo que le pertenece para asumir la condición del Siervo.
Y nos enseña que podemos confiar en Su historia, sobre todo cuando nos sorprende, cuando la consideramos locura o necedad, cuando no la entendemos, porque Dios escribe historias perfectas, incluso a partir de lugares que nos parecen inadecuados como el pesebre, la cruz, el sepulcro que fueron los únicos lugares en los que el Hijo del Hombre reclinó su cabeza.
El nacimiento de Jesús nos dice que Dios no se equivoca de dirección cuando se abaja... hasta someterse y pasar inadvertido… Que podemos confiar, incluso cuando todo parece confuso, en Aquel que se pone a nuestros pies para lavarlos... Que la luz puede nacer en nuestros rincones más oscuros.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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