martes, 23 de diciembre de 2025

El misterio de la encarnación: el Evangelio de la ternura - San Lucas 2, 1-20 -.

El misterio de la encarnación: el Evangelio de la ternura - San Lucas 2, 1-20 -

«Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo Señor». Este es el Evangelio que resuena en Nochebuena. Este es el Evangelio y este es el canto de la revolución no violenta, revolución evangélica, contra los poderosos y los prepotentes de este mundo, como César Augusto, que con sus títulos que lo divinizan quiere extender su control sobre todos y cada uno, ordenando un censo de la tierra habitada. 

El censo bíblicamente es usurpación del lugar de Dios, es pretensión del hombre que se erige en señor de otros hombres, y es expresión de la voluntad de control y dominio que se ejerce sobre súbditos, no sobre personas libres, y la Biblia lo declara blasfemo porque solo Dios conoce a los suyos y porque Dios no quiere ser adorado por súbditos, sino por hombres libres. 

Pero he aquí que, en la ciudad de David, Dios manifiesta su señorío sobre la historia a través del acontecimiento invisible del nacimiento de un niño que es el Salvador, el Cristo Señor.

Un acontecimiento insignificante, irrelevante a los ojos del mundo, que brota precisamente durante el censo, mostrando la fuerza suave pero paciente e implacable de la frágil flor, el tierno brote de la estirpe de David, el retoño que atraviesa la fortaleza más resistente, la coraza más impenetrable. 

Y este nuevo canto, que es evangelio, liberación y rebelión, suscita el canto de las huestes celestiales que alaban a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que él ama». 

En esa pequeñez se encuentra el germen del Evangelio, de la liberación evangélica, de la revolución evangélica, de la subversión evangélica. Porque esa pequeñez es una invitación al amor. 

Si el hombre divinizado, César Augusto, mortifica a los seres humanos controlándolos y contándolos para utilizarlos con fines militares y fiscales, en el Dios hecho niño que nace en un escondite, todos los hombres están llamados a renacer a la plenitud de la vida, están llamados a hacerse plenamente dignos de su nombre de humanos. 

El nacimiento de Jesús en Belén es narrado por Lucas como una historia de resiliencia.

José y María se ven obligados a hacer lo que el emperador ha decretado, a someterse a un viaje fatigoso y también peligroso, dadas las difíciles condiciones de una mujer embarazada y a punto de dar a luz. 

Al llegar al lugar donde debían censarse, se producen los dolores del parto y la imposibilidad de encontrar alojamiento, un lugar donde acoger a la parturienta. Una nueva contradicción a la que se someten los dos esposos, adaptándose a lo que es posible y encontrando un refugio improvisado. 

Los acontecimientos adversos no los empañan, no los llevan a maldecir o a rebelarse contra el destino, sino a hacer lo posible a partir de su pobreza, de su invisibilidad social, de su falta de poder para cambiar las cosas. 

Y de esa manera se forja la fuerza apacible, humilde y mansa, la fuerza que nace de la debilidad, de haber sufrido acontecimientos contradictorios sin dejarse doblegar por ellos, sino viviéndolos y aprendiendo a confiar en sí mismos, en sus propios recursos interiores, una fuerza que consigue arañar y romper, suave pero inexorablemente, incluso las resistencia más resistentes. 

Y he aquí el milagro: no solo el nacimiento del Salvador, sino la manifestación de la ternura, la mansedumbre, el cuidado y la bondad. 

En realidad, Lucas no solo nos narra el cumplimiento de las promesas y profecías mesiánicas en el nacimiento de Jesús en Belén, sino también el cumplimiento de la historia de la fe en la actitud de María y José. Y la fe es siempre «sacar fuerza de la debilidad» (Hb 11,34). 

Desde el principio se comprueba que el nacimiento del Salvador, es decir, la aparición de la gracia de Dios, enseña a vivir, orienta la vida, moldea una forma de vivir, da forma a la humanidad. 

Desde que es un recién nacido acostado en el pesebre, Jesús es el Señor que enseña su estilo. 

Es el estilo que en María se convierte en acogida y cuidado, es decir, ternura: lo acuesta en el pesebre, lo envuelve en pañales. Al milagro divino del nacimiento del hijo de Dios en carne humana se acompaña el milagro humano de la ternura de María, que lo acoge y lo cuida. Milagro muy humano, milagro que permite al recién nacido comenzar a tomar forma incluso cuando no tiene fuerzas, pero no es más que debilidad confiada a otros. 

Sí, la gracia de Dios aparecida en un rostro humano, manifestada en el niño nacido en Belén, nos enseña a vivir, y de esta enseñanza forma parte la ternura. Es la ternura la que concede al momento pasivo del nacimiento, es decir, a la pasividad originaria, un valor constructivo, es más, consigue dar vida al que viene al mundo: el recién nacido no vive sin quien lo acoge, lo atiende y lo cuida. 

Los pastores que van a ver al niño nacido en Belén no encuentran solo al niño, sino a «María, José y el niño». El recién nacido tiene un nombre propio, es él, es infaliblemente él y no otro, y sin embargo, cada recién nacido, y también el recién nacido Jesús, es él mismo incluso en la pasividad total de ese acontecimiento del nacimiento. El niño Jesús sin la ternura no sería y no tendría futuro y no viviría. 

La ternura es la promesa de un futuro para el otro, es la infusión de vida en el otro. La ternura originaria que el Evangelio de Lucas nos presenta en María es la base de la historia de Jesús y de su práctica de humanidad. 

Aquella misma práctica que consistirá en cuidar la vida de los demás y acoger a quienes no eran acogidos ni reconocidos por los demás. La ternura es el milagro humano que permite que el milagro divino del nacimiento del Espíritu Santo no se desvanezca y se convierta en historia, que tenga una historia, una duración, una consistencia. 

Como una caricia, la ternura deja una huella delicada e indeleble en el otro y se convierte en el recuerdo de un sí incondicional y gratuito pronunciado sobre nosotros. Guardar este recuerdo nos lleva a ser más humanos, a vencer la rigidez, a evitar la dureza, a practicar la mansedumbre, a detestar las pretensiones del ego, a huir de las tentaciones del control, de la posesión, de dominar a los demás. 

Una vez más, nos encontramos ante la ternura como revolución que se opone a la despersonalización deseada por César Augusto. La ternura es cuidar la vida del otro, es sensibilidad hacia su vulnerabilidad, es servicio al devenir del otro. 

Y ciertamente no es solo la actitud de una madre hacia su hijo recién nacido. Es incluso constitutiva del amor maduro de cada uno hacia el otro en todas las etapas de la existencia. Porque la ternura es un aspecto de aquella humanidad del hombre Jesús, Aquel que nos enseña a vivir y nos pide que reconozcamos nuestra ignorancia de la vida para empezar siempre de nuevo, cada día hasta el final de nuestros días, a aprender de Él y del Evangelio… de la ternura. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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