Una cultura del discernimiento ético, pensamiento crítico y, llegado el caso, resistencia humanista en la era digital y artificial
Nuestros dispositivos, cada vez más sofisticados, son ahora capaces de sustituirnos en muchas funciones. Poco a poco, dejamos de percibir esta omnipresencia: tiende a transformarse en una especie de subconsciente tecnológico que influye profundamente en nuestra vida cotidiana y en nuestras relaciones con los demás.
Estamos tan inmersos en este proceso que no nos damos cuenta de lo mucho que está cambiando la realidad en la que vivimos.
Cambian las reglas, los paradigmas, las visiones del mundo y las formas de organización social. Casi sin darnos cuenta, se redefinen las normas y los estructuras que durante siglos han regulado nuestras vidas, nuestras proximidades y nuestras pertenencias: el imaginario colectivo, las referencias culturales, los valores, los afectos, las expectativas sobre el futuro. El cambio es profundo y trascendental, y ya nos encontramos en una fase histórica radicalmente nueva.
En esta reubicación tan rápida y desestabilizadora, quienes provienen de contextos marcados por reglas y visiones diferentes a menudo experimentan desorientación y fatiga. Se hace necesario un ejercicio continuo de reeducación, aprender a pensar de manera diferente a como se nos ha formado a lo largo de la vida.
Es aquí donde, para mí, que me reconozco en la fe cristiana, surge una cuestión que está siendo decisiva: la forma misma en que he sido educado para pensar y vivir la fe es cuestionada por la realidad digital.
Siento la necesidad de un profundo replanteamiento. Lo que irrumpe en la vida cotidiana no es solo un salto tecnológico, sino un auténtico acontecimiento cultural. La transformación digital cambia la forma en que trabajamos, nos comunicamos, aprendemos e imaginamos el futuro.
A un nivel aún más profundo, se cuestiona nuestra relación con el sentido, con el límite, con lo humano.
Y es en este espacio donde la espiritualidad y la cultura se convierten en claves interpretativas decisivas: no como residuos del pasado, sino como lugares críticos capaces de orientar el presente.
La realidad que toma forma dentro de la cultura de la inteligencia artificial está marcada por la centralidad de la eficiencia, la mensurabilidad de los procesos y la reducción de la complejidad a datos procesables. Los algoritmos y los modelos predictivos prometen anticipar comportamientos, optimizar decisiones y reducir la incertidumbre. Así, el mundo tiende a aparecer como un conjunto de problemas técnicos por resolver.
Y este paradigma no es neutral.
Porque tiende a transformar la experiencia humana en información, la relación en interacción funcional, el tiempo en una sucesión de prestaciones. El riesgo cultural no es tanto una deshumanización genérica, sino una colonización progresiva del imaginario, en la que lo que no es calculable se percibe como inútil, ineficaz o marginal.
Y la espiritualidad, en sus diversas formas religiosas y laicas, introduce, en cambio, otra gramática.
Porque afirma que no todo lo que importa puede medirse, que el sentido precede a la eficiencia y que lo humano no coincide con su función. En este sentido, la espiritualidad no se opone a la tecnología como tal, sino que cuestiona su pretensión totalizadora.
Desde el punto de vista cristiano, esta resistencia simbólica tiene sus raíces en la idea bíblica de una criatura frágil y relacional, llamada no a dominarlo todo, sino a custodiarlo.
Algunas experiencias fundamentales como el silencio, la espera, la vulnerabilidad, el perdón, la compasión y la esperanza no pueden ser replicadas ni sustituidas por la inteligencia artificial. No responden a la lógica de la optimización, sino a la de la gratuidad y al reconocimiento del otro como fin, nunca como medio.
Con la inteligencia artificial, las tecnologías digitales son hoy capaces de imitar el lenguaje humano, la escritura e incluso algunas formas de creatividad. Esto produce un efecto cultural ambivalente. Por un lado, pone en crisis las narrativas ingenuas sobre la singularidad de la inteligencia humana; por otro, hace aún más evidente lo que no es reducible a la imitación.
La conciencia, la responsabilidad moral, la experiencia del dolor y la alegría, el deseo de justicia y de sentido último no son simples funciones cognitivas. Son dimensiones existenciales. La tradición cristiana insiste en este punto: el ser humano no es solo aquel que piensa, sino aquel que sufre, ama, espera y confía. La inteligencia artificial sí puede acompañar algunos procesos, pero no puede habitarlos desde dentro.
En este escenario, la tarea de la cultura no es ni celebrar ni demonizar la inteligencia artificial, sino ejercer el discernimiento. Esto implica plantearse preguntas incómodas: ¿quién controla los algoritmos? ¿Qué intereses económicos y políticos los orientan? ¿Qué desigualdades corren el riesgo de amplificar? ¿Qué idea del ser humano presuponen?
La espiritualidad cristiana, particularmente en su dimensión profética, ofrece instrumentos valiosos para este discernimiento: la crítica de la idolatría (hoy en día, a menudo la de la eficiencia y el mercado), la centralidad de los últimos y los descartados, la primacía de la conciencia sobre los sistemas.
Y todo ello porque también ha llegado el momento de recordarnos que una tecnología es buena no cuando es poderosa, sino cuando sirve a la dignidad de todos, empezando por los más frágiles y los descartados del sistema.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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