Fuera del sepulcro es primavera - San Juan 20, 1-9 -
La Pascua se nos presenta con un armonioso entrelazamiento de signos cósmicos: la primavera, la luna llena, el primer día de la semana, la primera hora del día.
Un marco de comienzos, de nuevos inicios: comienza una
nueva semana (unidad bíblica de medida del tiempo), comienza el día, el sol es
nuevo, la luz es nueva.
El primer día, temprano por la mañana, se dirigieron
al sepulcro. Los Evangelistas casi se olvidan del sujeto, pero no hace falta
que nos digan quiénes son, todos saben que son ellas, las mujeres, las mismas
que el viernes no retrocedieron ni un milímetro del pequeño perímetro alrededor
de la cruz.
Aquellas a quienes se les detuvo el corazón cuando
oyeron detenerse el latido del corazón de Dios. Aquellas que en el gran sábado,
bisagra temporal entre el viernes del fin y el primer domingo de la historia,
costura entre la muerte y el nacimiento de la vida, prepararon aceites
aromáticos para contrarrestar, como pudieron, la muerte, para tocar y acariciar
aún las llagas del crucificado.
Las mujeres son un bálsamo de Dios: van a llevar al
Señor su presencia y su cuidado. La presencia: el otro nombre del amor.
Ante el sepulcro vacío, ante el cuerpo ausente, es
necesaria una nueva anunciación, ángeles vestidos de destellos: ¿por qué
buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí. Ha resucitado.
Una cascada de belleza. El nombre ante todo: «el
Viviente», no simplemente uno entre los demás vivos, sino Aquel que es
la plenitud de la acción de vivir. Y luego: «¡no está aquí!» Él está,
pero no aquí; está vivo y no puede estar entre las cosas muertas; está en todas
partes, pero no aquí. El Evangelio es infinito precisamente porque no termina
con una conclusión, sino con un nuevo comienzo.
Pascua significa paso: tenemos un Dios que cruza fronteras,
un Dios migrante. No es una fiesta para residentes o sedentarios, sino para
migrantes, para quienes inventan senderos que nos hacen partir de nuevo y
traspasar nuestro yo.
Y ellas recordaron sus palabras. Las mujeres creen,
porque recuerdan. Creen sin ver; por la palabra de Jesús, no por la de los
ángeles; recuerdan sus palabras porque las aman.
En nosotros solo permanece vivo lo que nos importa:
vive lo que es amado, vive mucho tiempo lo que es muy amado, vive para siempre
lo que vale más que la vida misma. También para mí, creer comienza con el amor
a la Palabra, a un Hombre.
Lo que hace falta es la humanidad de Dios, que no se queda
lejos, sino que entra en nuestro pánico, en nuestro vacío, visita el sepulcro,
nos toma de la mano y nos saca de allí. Y fuera es primavera.
He aquí el corazón de la Pascua: el bien es más
profundo que el mal.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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