Jesús es el que vive - San Juan 20, 1-9 -
«El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres se dirigieron al sepulcro». Su amigo y maestro, el hombre amado que olía a cielo, que les había abierto horizontes infinitos, yace encerrado en un hueco en la roca. Han visto cómo rodaba la piedra. Todo ha terminado.
Pero ellas, María Magdalena, Juana y María, la madre
de Santiago, y «las otras que estaban con ellas» (Lc 24,10), lo aman incluso
muerto; para ellas, el tiempo del amor es más largo que el tiempo de la vida.
Van, pequeño rebaño asustado y valiente, a cuidar del
cuerpo de Jesús, con lo que tienen, como solo las mujeres saben: han preparado,
en el gran sábado, umbral temporal entre la vida y la muerte, los aromas para
el entierro.
Pero el sepulcro está abierto, como la cáscara de una
semilla; vacío y resplandeciente en el amanecer, y fuera es primavera. No lo
entienden.
Y he aquí dos ángeles que reanudan la narración: «¿Por
qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí. Ha resucitado».
¡Qué hermoso es este «no está aquí»!
Él está, pero no aquí; Él está, pero hay que buscarlo
fuera, en otra parte; está por las calles, está entre los vivos, es «el
que vive», un Dios al que hay que descubrir en la vida. Está en todas
partes, excepto entre las cosas muertas.
Se ha despertado, se ha levantado, está vivo: está en
los sueños de belleza, en cada elección por un amor más grande, está en los
gestos de paz, en el pan partido, en los abrazos de los amantes, en el hambre
de justicia, en el grito victorioso del niño que nace, en el último aliento del
moribundo. Y quien viva una vida como la suya recibirá como regalo su misma
vida indestructible.
Pero los ángeles no bastan. La señal que las hará
creer es otra: «Recordad cómo hablaba cuando estaba en Galilea». Y ellas, con
él desde el primer momento (Lc 8,1-2), «se acordaron de sus palabras».
Y todo estalla: las mujeres creen, porque recuerdan.
Creen por la palabra de Jesús, no por la de los ángeles. Creen antes de ver,
como todo discípulo. Han guardado sus palabras, porque las aman: en nosotros
solo vive lo que nos importa, vive mucho tiempo lo que es muy amado, vive para
siempre lo que vale más que la vida.
La fe de las mujeres se convierte inmediatamente en «anuncio»
y «relato»
a los once y a todos los demás. Extraordinaria doble misión de las discípulas:
«anunciaron
todo esto»: es la Buena Nueva, el Evangelio del Evangelio, el kerigma
cristiano a los apóstoles incrédulos; y luego «contaban» estas cosas, y
es la transmisión, la narración prolongada de las testigos oculares.
Al igual que para las mujeres en el amanecer de
Pascua, también para nosotros el recuerdo amoroso del Evangelio, amar mucho su
Palabra, es el principio de todo encuentro con el Resucitado.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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