Jesús es la misma Resurrección - San Juan 20, 1-9 -
María Magdalena, en esa hora entre la oscuridad y la
luz, entre la noche y el día, cuando las cosas no se ven pero el corazón las
intuye, va sola y no tiene miedo. Como la novia del Cantar de los Cantares:
durante la noche busco al amado de mi corazón.
El amanecer de Pascua está lleno de aquellos que han
vivido más intensamente el amor de Jesús: María Magdalena, el discípulo amado,
Pedro, las mujeres.
La primera señal es tan humilde: no una aparición
gloriosa, sino un sepulcro vacío en el frescor del amanecer. Es poco y no es
fácil de entender. Y María no lo entiende, corre hacia Pedro no para anunciar
la resurrección del Maestro, sino para denunciar una artimaña de los enemigos,
un dolor más: se han llevado al Señor. Ya ni siquiera tenemos un cuerpo sobre
el que llorar.
Todos corren en esa madrugada: María, Pedro, Juan...
No se corre así por una pérdida o por un duelo. Sino porque algo inmenso está
surgiendo, asoma la cabeza, urge el nacimiento de algo enorme, confuso y
grandioso.
Llegan al sepulcro y les ayuda otra pequeña señal: los
lienzos colocados, el sudario envuelto con cuidado. Si alguien se hubiera
llevado el cuerpo, no lo habría liberado de los lienzos ni del sudario. Ha sido
otra cosa la que ha liberado la carne y la belleza de Jesús del velo oscuro de
la muerte.
Nuestra fe comienza con un cuerpo ausente. En la
historia humana falta un cuerpo para cerrar en empate el recuento de víctimas,
falta un cuerpo en la contabilidad de la muerte. Sus cuentas están en números
rojos. Y esto abre una brecha, un espacio de rebelión, una zambullida más allá
de la vida asesinada: la muerte no vencerá para siempre.
Aunque ahora parezca triunfante: el mal del mundo me
hace dudar de la Pascua, es demasiado; el terrorismo, el cáncer, la corrupción,
la multiplicación de muros, barreras y naufragios; niños que no tienen comida,
agua, hogar, amor; las finanzas que dominan al hombre me hacen dudar.
Pero luego veo inmensas energías de bien, mujeres y
hombres que transmiten vida y la custodian con amor divino; veo a jóvenes
fuertes que cuidan de los débiles; a ancianos creadores de justicia y belleza;
a gente honesta hasta en las cosas pequeñas; veo ojos de luz y sonrisas más
bellas de lo que la vida permite. Estos hombres y estas mujeres nacieron la
mañana de Pascua, llevan dentro la semilla de Pascua, el cromosoma del
Resucitado.
Porque Jesús no es simplemente el Resucitado. Él es la
Resurrección misma, es la acción, el acto, la savia continua del resurgir, que
hace que la vida vuelva a empezar desde el principio, la conduce de inicio en
inicio, arrastrándola hacia lo alto consigo: fuerza ascendente del cosmos hacia
una vida más luminosa.
Y no descansará hasta que se rompa la tumba de la
última alma, y sus fuerzas logren hacer florecer la última rama de Vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario