El amor que vence a la muerte - San Juan 20, 1-9 -
Aún es de noche y las mujeres se dirigen al sepulcro de Jesús, con las manos cargadas de aromas. Van a cuidar de su cuerpo, con lo que tienen, como solo las mujeres saben hacerlo. En la oscuridad, guiadas por la brújula del corazón.
Jesús no tiene enemigos entre las mujeres. Solo entre
ellas no tiene enemigos.
Como el sol, Jesús tomó su impulso en el corazón de
una noche: la de Navidad —llena de estrellas, de ángeles, de cánticos— y lo
retoma en otra noche, la de Pascua: noche de naufragio, de terrible silencio,
de oscuridad hostil, donde vela un puñado de hombres y mujeres totalmente
desorientados.
Noche de la Encarnación, en la que el Verbo se hace
carne. Noche de la Resurrección, en la que la carne se reviste de eternidad, en
la que se abre el sepulcro, vacío y resplandeciente en el frescor del alba. Y
en el jardín es primavera. Así respira la fe, de una noche a otra.
La Pascua nos invita a poner nuestro aliento en
sintonía con ese inmenso soplo que une sin cesar lo visible y lo invisible, la
tierra y el cielo, el Verbo y la carne, el presente y el más allá.
El relato es de extrema sobriedad: entraron y no
encontraron el cuerpo de Jesús.
La primera señal de la Pascua es el sepulcro vacío. En
la historia humana falta un cuerpo en el balance de la violencia; sus cuentas
están en números rojos. Falta un cuerpo en la contabilidad de la muerte, su
balance es negativo. La historia cambia: el violento no tendrá para siempre
razón sobre su víctima.
¿Por qué buscamos entre los muertos a quien está vivo? El hermoso nombre que le dan los ángeles: ¡El
que está vivo!
Siento que aquí está la apuesta de mi fe: si Jesús
está vivo, ahora, aquí. No tanto si vive su enseñanza o sus ideas, sino si su
persona, si Él está vivo, me llama, me toca, respira conmigo, siembra alegría y
ama. No simbólicamente, no aparentemente, no idealmente, sino realmente vivo.
¿Por qué resucitó Jesús? Dios lo resucitó para que
quedara claro que un amor así es más fuerte que la muerte, que una vida como la
suya no puede perderse.
«¡Fuerte como la muerte es el amor!»,
dice el Cantar de los Cantares. El verdadero enemigo de la muerte no es la
vida, sino el amor.
En el amanecer de Pascua, no es casualidad que quienes
se dirigen a la tumba sean aquellos que han experimentado el amor de Jesús: las
mujeres, María Magdalena, el discípulo amado; ellos son los primeros en
comprender que el amor vence a la muerte.
Todos estamos aquí en la tierra para hacer cosas que
merecen no morir. Todo lo que vivamos en el amor no se perderá.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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