domingo, 15 de marzo de 2026

Una semilla de cielos nuevos y tierra nueva - San Juan 20, 1-9 -.

Una semilla de cielos nuevos y tierra nueva - San Juan 20, 1-9 -

 

Largas secuencias de oscuridad, escasos fotogramas de luz. Nuestros días parecen cuestionar la victoria de la Pascua: «la muerte devorada por la vida», según la liturgia pascual, sigue, en cambio, imperturbable, devorando hijos. Y no consuela repetir con Qohelet: «no hay nada nuevo bajo el sol».

 

Esta idea es bíblica, y sin embargo es errónea. Hay algo nuevo bajo el sol, algo que nadie había previsto jamás, el acto más revolucionario de la historia: la resurrección de Jesús. El hombre ha arrastrado a Dios a la muerte, pero la Víctima resucita y nos arrastra con Él, eleva nuestro planeta de tumbas hacia un mundo diferente, «donde el hombre ya no acepta la idea de que el verdugo tenga razón sobre su víctima para siempre» - Max Horkheimer -, donde los imperios fundados en la violencia y la mentira se derrumban; donde las llagas que la vida ha infligido a todos los hijos de Adán generan luz, constelaciones de luz, abiertas por la primavera de Aquel que se llama “Amante-de-la-vida”.

 

Un artículo, casi olvidado, del Credo dice: «descendió a los infiernos». ¿Qué significa esto?

 

Los infiernos son el lugar donde Jesús comienza a resucitar, son la profundidad de la materia, los subterráneos de la historia, los lugares del dolor, la dimensión oscura del hombre.

 

Jesús ha descendido a mis infiernos, a los océanos interiores que me amenazan y me engendran para llevarles dirección, orientación, luz. Ha descendido a las víctimas y también a los verdugos, incluso al corazón de quien ama la muerte, y allí obra como energía mansa y poderosa, como semilla de otro mundo, como levadura de comunión, inicio de la eternidad.

 

Jesús ha descendido y está presente en el principio y en el fondo de toda realidad, actuando y vivo. Esta es nuestra esperanza: no mi fuerza, sino su presencia; no mi energía, sino su sangre. La sangre que cubre al Crucificado es sangre ardiente, que aún derrite, consume, transforma, impulsa… palpita de vida.

 

Ha descendido a los infiernos: «¡Si expulsan a Cristo de la tierra, lo encontraremos bajo tierra! Y entonces nosotros, los hombres del subsuelo, entonaremos en las entrañas de la tierra un himno trágico, al Dios de la alegría...» - Dimitrij Karamazov -.

 

Aunque Jesús parezca alejado de la casa del mundo, está en la habitación más íntima del mundo. Y aquellos que no aceptan que el mundo avance así, que se perpetúe así, aquellos que quieren cielos nuevos y una tierra nueva, saben que la Pascua madura como una semilla de luz en la tierra, como una semilla de fuego en la historia.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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