San José, Patrón de la Buena Muerte
Hoy es el día de San José. El Patrón de la Buena Muerte. Otras reflexiones sobre San José se encuentran en este blog.
En cuanto termine todo esto, porque terminará, de una
forma u otra, pero terminará, quiero volver a lo único por lo que siento que
estoy en el mundo, lo único que he comprendido, lo único que hoy me atrevo a
llamar «vocación»: quiero volver a aprender a morir.
Aprender a morir, día tras día. Y aprender a amar, claro,
pero quizá sea lo mismo. Hay que enfrentarse a la vida y a la muerte,
prodigioso duelo.
Quiero volver a casa, arriba, al silencio, a ese hogar
elegido lejos de la ilusión de que el mundo es algo dado por sentado, disponible,
fácil. Lejos de un mundo que se engaña creyendo que nunca tendrá que morir.
Lejos del engaño de que todo está siempre a nuestra disposición.
En el mundo se muere cada día, es la historia de cada
día la que lo cuenta, demasiada muerte como para seguir engañándonos,
demasiados escombros de un tiempo que ya no volverá. Demasiados recuerdos,
demasiados abandonos, demasiados vacíos.
La muerte no se esconde. La vida y la muerte están
sentadas a la misma mesa. Uno ya ha comenzado a aprender a no dar nada por
sentado. El silencio no da miedo. Porque donde muchos ven una derrota… yo sé,
en mi corazón, que es precisamente una victoria: la rendición de quien ha
dejado de huir.
La naturaleza marca los ritmos. Y la naturaleza sabe que no hay vida sin muerte.
Llega un día en el que la agenda se ha vaciado. Donde
ya no tengo que hacer ni demostrar nada a nadie. Donde mi «no hacer» es una
sonrisa a la vida al morir. Donde ya he dejado morir gran parte de mí, donde
aún tengo que aprender a acompañar muchas cosas hacia el final.
Volver a casa... antes de que haga noche oscura.
Quiero volver a casa, quiero volver a aprender a morir, y a amar.
Quiero caminar despacio y detenerme, caminar hacia
el hogar y ser acogido con toda mi precariedad y que este yo pueda cargarse de aquella verdad original… en aquel abrazo sin fin, cuando Alguien se me eche al cuello y me cubra
de besos... y haga fiesta por mí.
No, por favor. No es el momento de respuestas. Menos aún de consuelos fáciles.
Ni he hecho ninguna pregunta. Ni pretendo ser consolado.
Solo quiero ir a la casa paterna. Solo quiero ampliar un espacio de silencio en
este camino. Solo quiero desplegar el silencio y vivir este tramo de
peregrinación.
No, no es el momento de crear ni de construir nada. Vaciar, dejar ir. Morir. Aligerar y deprenderse.
Soltarse. Morir de nuevo. Para ser sostenido otra vez de manera definitiva, de la mano más fuerte, o en el
abrazo más fuerte.
Es el momento de seguir desarmando la ansiedad por la
eficacia del rendimiento y dar dignidad al misterio de la vida.
Y no tener más miedo a fracasar porque no hay ningún
objetivo salvo el de fracasar.
Y hacer solemne cada derrota.
Y dejar de pretender y ansiar.
Y soltarme.
Y ser acogido y acoger... en el surco de la tierra.
Y dejar que suceda el encuentro en la casa paterna, en el banquete del hogar. Con todos... sin exclusión. Para siempre.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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